Tres puntos sobre cine, agitación y autonomía social

Nuestra originalidad es nuestra hambre
Glauber Rocha

1. Naturaleza constructiva y social del cine.

A pesar del origen infame que muchos ven en el espectáculo y el arte cinematográfico, nadie puede negar, a pesar del carácter inalcanzable que presenta esta disciplina por lo caro de sus recursos, la especialización de sus procesos y la infranqueable barrera del estrellato, que el cine es un arte colectivo. Un oficio que encadena varias acciones y competencias conformando así un proceso múltiple en el que numerosas personas participan en su producción; destinada, además, al consumo masivo, a una proyección amplificada en la arena pública y social de la cultura. Ningún ojo está a salvo de los productos fílmicos y visuales hoy en día. Y desde el punto de vista de su creación y producción el cine es tal vez el paradigma más poderoso del carácter cada vez menos romántico, fugaz e individual del arte en nuestros tiempos. En el cine no basta con tener una buena idea o estar inspirado, son muchas las personas de las que depende un filme. Y así, el cine, con su carácter abiertamente colectivo, ofrece un vivo ejemplo de la realidad de la producción social contemporánea y de la modalidad —no enteramente nueva— de la creación y la expresión humanas en esta época; acciones fragmentadas que involucran muchas creatividades. Visto de este modo el cine vale para nosotros en cuanto pone toda una serie de competencias, fuerzas, saberes y capacidades individuales en juego colectivo; sintonía de deseos distribuidos en tareas que trabajan y cooperan para un mismo fin de orden expresivo y de gran precisión en el que se improvisa y resuelve de manera conjunta. Alegoría viva de la cooperación y la creación colectivas que debiera comenzar a transformar las jerarquías del proceso mismo de creación cinematográfica. Desde este flanco no es sino un gran laboratorio que nos enseña a desmitificar la técnica, la tecnología y, consecuentemente, la realidad misma en su versión de marca registrada con copyrights. Ya no metáfora, sino ejercicio contundente del quehacer cultural y civilizatorio de los hombres. No por nada para el cineasta soviético Dziga Vertov el cine era la expresión más acabada y total de la obra de arte social.

2. Recreación crítica de la realidad, herramienta de la autonomía.

Sin embargo, el cine posee aún sus cualidades mágicas e inalcanzables. Hechizo cuyo descrédito corre a cargo de las distintas militancias y experimentalismos audiovisuales nacidos, paradójicamente, a la par de la enervada penetración mercantil del objeto tecnológico en la vida privada de la familia pequeñoburguesa. Así, el capitalismo contribuye —a sus expensas— a mostrar, por un lado, la imposibilidad de lo privado e individual en el ámbito del registro y producción de imágenes y sonidos en la era de la videocámara. Democratizado el artefacto, el capitalismo nos ha dado armas a todos. Estamos, pues, frente a la invasión que sufre la recámara por parte de la plaza pública y su caos social y popular; nadie está a salvo del escrutinio y de la diseminación visual de su mezquina vida privada: creación, distorsión y reapropiación de imaginarios y actualización, no siempre voluntaria pero no por ello menos intensa, de ciertos fantasmas y monstruos sociales que hoy son expuestos a la vista de todos. Hablamos por supuesto de ese electrodoméstico —la videocámara— que ha servido como arma de primer orden en los proyectos de contrainformación, resistencia y contraeducación de los movimientos de lucha social más importantes desde los años 70’as a la fecha. No sólo la propaganda anticolonial que hirvió en Latinoamérica en los 60’as y 70’as, sino también ese documentalismo subterráneo que permite a las subculturas narrar desde su realidad su manera de ser, vivir y ver el mundo y las causas de su mundo. Producir, pues, imágenes socialmente interesadas. Un cine que sea socialmente productivo a esa multitud que abriga múltiples centros de acción y miles de líneas de expresión. Se trata, como deseaba Deleuze, de producir “imágenes capaces de automovimiento”: imágenes autocríticas.

3. De la dialéctica del espectador al ojo depredador de la multitud.

Su destino como producto cultural es la multitud donde quiera que esta se encuentre. Sembradas por doquier, en cualquier rincón, esquina, espacio público, transporte urbano o emplazadas en los escaparates de las tiendas, las pantallas —ya sean planas o portátiles, hechas en China, Taiwán o México— se encuentran ahí para que la voluntad omnívora de la multitud devore y banalice cualquier producto visivo de la industria fílmica o televisiva. Así, la obscenidad mediática posmoderna terminó por enfrentarse, al menos en los llamados países del tercer mundo, a las implacables fauces del proletariado social urbano que no sólo ha roto mediante la piratería las expectativas lucrativas del usufructo artístico y espectacular, sino que se ha constituido en un tipo de espectador a prueba de hechizos y encantamientos hollywoodenses. Un espectador que aunque no se afilie a un programa político de centro-izquierda, improvisa con efectividad formas de sobrevivencia callejera o se enfrenta en la vía pública con la policía, luego haber visto la última película de Termintaor.

COOPERATIVA DE TRABAJO HORMIGA / d.f oct 2005

~ por 666ismocritico en marzo 2, 2007.

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