Sonido

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Deleuze, López, Lucier, Pardo, Solís, Westerkamp: hacia una poética de lo inaudito 

 Van ustedes a escuchar… quizá. En cualquier caso, han comenzado a escuchar… ¡BOUM! (¿Han oído?) En este momento están ustedes escuchando las primeras líneas de un texto.

Francis Ponge  

Los textos de este número pretenden construir un argumento a la manera en que se construyen los senderos. Sólo el paso del tiempo podrá decirnos si en el espacio recorrido por los autores seleccionados hay un camino, o si éste desaparecerá ante el crecimiento de nuevas hierbas que, como el pensamiento, echarán raíces en una cultura sónica apenas susurrada. Sonidos, rizomas, senderos entreverados cuyas partes sumadas jamás se encontrarán con el muy mentado oído absoluto. Lo único absoluto en nuestras vidas es el silencio de la muerte, y de lo que aquí se trata, de lo que aquí trataremos, es de la Vida. Rousseau pensaba que el primer signo perseverante de la vida en la tierra era el suspiro de la naturaleza, después el habla de los animales y al final el canto de la técnica. Su conclusión era que la vida suena, se escucha, como un largo continuum que va desde nuestro llanto inicial hasta el último suspiro de la agonía final. Pensando en ello podríamos concluir que, fuera del esforzado silencio de las piedras, el mundo de la vida es un reservorio de sonidos sin fin. 

Cuando John Cage presentó la pieza 4’33”, fue recibida como un estudio sobre el silencio. Hoy en día, podríamos decir que se ha transformado en un estudio paradigmático sobre la persistente invasión del ruido y el accidente sonoro en la vida moderna. El presente número abarca distintos estudios en torno a los sonidos encontrados en la naturaleza y los producidos en la cultura contemporánea. Muy en el fondo, son maneras de rodear el espinoso asunto de una sujetidad en construcción bajo el capitalismo tardío. Se hablará, entonces, del más singular y menos explorado de todos los órganos activos, el oído, y de su prolongación ontológica: el rumor del mundo. Del precipitado discurrir del lenguaje de las artes, que pretenden ser signos de vida.  

Distintos en apariencia, los autores convocados comparten una búsqueda depurada de la escucha, del tempo e historia de los ritmos sociales y de su necesaria relación con los sonidos musicales y sus adversos, los “naturales” y los que provienen de la naturaleza (cualquier cosa que signifique esta palabra). Resulta curioso que, siendo parte de bloques discursivos enfrentados, dos extremos como lo son Francisco López e Hildegard Westerkamp encuentren una filiación secreta de continuidad en la reflexión que realiza James Tenney sobre Alvin Lucier, en la charla que desgrana Deleuze en la sesión del IRCAM, en las respuestas que nos prodiga Pardo y en algunos momentos de la conversación con Refugio Solís. Por ello están dispuestos de esta manera un tanto artificial: su búsqueda de lo inaudito los acerca y los separa. No hay un solo mundo sonoro, sino que infinitas son sus versiones. 

La escucha propia de la materia musical se encuentra en fuga, se ha trasladado a otras disciplinas de las humanidades. La encontramos en la ontología, la hermenéutica, la estética, la medicina, la psicoterapéutica, incluso en la astrofísica. ¡En fin!, que se ha fugado y eso permite que se le encuentre de muy diversas maneras. Esta diversidad se ha reunido en las siguientes páginas y se explica con la presencia muy variada de artistas, filósofos y activistas que reflexionan sobre la singularidad del mundo a partir del sonido. Quienes busquen la palabra música, posiblemente dejen el fanzine desorientados. Eso nos parece bien, podrían empezar por rescatar sus oídos de la indigencia en que se encuentran.  

La música no es solamente asunto de músicos en la medida en que vuelve sonoras fuerzas que no lo son, y que pueden ser más o menos revolucionarias, más o menos conformistas, como por ejemplo la organización del tiempo.

Gilles Deleuze 

Expliquemos la presencia de Hildegard Westerkamp. Discípula de Murray Schaffer, escribe sobre la excursión sonora bajo la influencia clara de las tesis en torno al paisaje sonoro desarrolladas por su maestro. De la excursión sonora nos interesa resaltar su carácter eminentemente pedagógico: esta labor en la escucha es resultado de los posibles usos de una etnografía ciega, pero atenta a lo que surja. Escuchar es fundar un territorio sonoro, es establecer una cartografía del espacio aural que sin lugar a dudas despierta en quien la practica la imaginación ante mundos posibles plenamente explorables. Las discusiones al interior de la Cooperativa en torno a la pertinencia del texto y a sus posibles fugas metafísicas —“imperialistas”, como las califica Francisco López en la entrevista— han dejado de ocuparnos, para nosotros no tienen sentido. Los problemas no los encontramos en la presencia cotidiana de la “esquizofonía” de los urbanitas contemporáneos, lo que nos encabrona es la desaparición celebratoria del sujeto que produce la escucha. De algunos sonidos que provienen de las máquinas, lo único que escuchamos es la presencia fantasmática del silencio a muerte proveniente de la tecnología idiota de los tecnócratas. 

En cada sonido buscamos la singularidad de las vidas en este mundo y no el indescifrable olvido de la finitud y sus silencios. De los paisajes sonoros nos gusta la irrupción del mundo de la cosmópolis. El  reto se encuentra en liberar de la aburrición y la monotonía el sonido de motor y el sonido de cascada. El ruido no molesta, ¡por el contrario!, posibilita el roce, el encuentro y la formación de los sonidos complejos de la sociedad actual. Pensamos que los sonidos procesados de la cascada y el motor son capaces de comunicar su —nuestra— existencia. Que el sonido de los árboles aserrados sea nuestra experiencia contemporánea del capitalismo salvaje nos interesa más que el pasado idílico de los bosques a punto de desaparecer. Si el destino del paisaje sonoro se convierte en trabajo de archivo, se condena ante el estricto razonamiento de lo útil, tan vano y necesario a una ética del desperdicio capitalista. Citando a nuestros clásicos: no queremos administrar la miseria sonora del capitalismo, sino crear los ruidos necesarios ante el advenimiento esperanzado de lo por venir. 

Consideramos más importante escuchar la irrupción monstruosa de los tránsitos y avenidas de la “Ciudad Monstruo”, que va camino a la realización de lo post humano. Lo “monstruoso” es un cuerpo cyborg, conformado por pneuma acerada y materia feroz. Una poética de lo monstruoso nos habla de cruces inevitables entre naturaleza y cultura, nos cuenta historias de tiempos convulsos, salidos de madres, que luchan por convocar a lo social ahí donde el sentido “natural” de los sonidos suele convocar a la nostalgia de lo irremediablemente perdido. Pero no se confundan, volveremos a plantearlo: no celebramos la pérdida de los referentes a manos de una tecnología alucinada y sorda a los deseos de realización (post)humana. La voz silenciada ante el insidioso ronroneo de la máquina híbrida habla —¡nos habla!— del silencio sujetado por el capitalismo en su versión tecno. Ahí donde habla la voz sujetada buscamos en su reconversión el nacimiento de nuevas sujetidades, la producción resistente de sujetidades otras, a veces salvajes, por momentos a la defensiva, siempre irreductibles. Parafraseando a Tenney: la tecnología se usará de manera distinta a la mayor parte de la actual producción musical, no por sí misma, ni siquiera por sus productos, sino más bien para revelar algún aspecto de nuestra naturaleza, y ¿de qué esta hecha nuestra naturaleza? Nadie lo sabe aún, sigue siendo un misterio. Somos pozos de humanidad deseante en busca de nuestra realización plena en esta vida. Una poética de lo sonoro debería hablar de nosotros en tanto posibilidad de una aventura distinta, no de esta pobreza celebratoria del mundo tal como lo conocemos y escuchamos. Disfruten el número, no se arrepentirán.

Inti Meza Villarino   

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