¿Quién le teme a Lydia Lunch?

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En la antigüedad, el vocablo latino persona se usaba para referirse a las máscaras que ocultan el rostro de los actores. Con el tiempo, la palabra pasó a designar a quien se oculta detrás de la máscara. Así, hablar de persona es hablar de la cercanía que existe entre el carácter del personaje creado y el creador. En 30 años de carrera, Lydia Lunch ha hecho cine, música, fotografía, spoken word y performance y ha escrito varios libros. En su enorme producción siempre está presente una persona furiosa y depredadora, histérica y audaz, insaciable y provocadora. Basta mirar las fotografías de sus discos o de sus entrevistas o los fotogramas de sus películas para encontrar en cada uno de sus gestos a un personaje perfectamente bien delineado. Lydia Lunch adopta el papel de la cabrona, de la puta, de la mujer que no calla, que grita, la mujer que rechaza la sexualidad pasiva; en fin, todos aquellos aspectos de la mujer que suelen ser la pesadilla del patriarcado. En su persona hay algunas reminiscencias de las brujas, vampiresas, ninfomaníacas e histéricas. Y es que Lydia Lunch siempre ha estado del lado de la furia.

No hay persona sin cuerpo, es la afirmación latente en la obra de Lydia Lunch, que gira en torno al deseo, la violencia, la adicción y la enfermedad. Los cuerpos que habitan las ciudades que describe Lydia Lunch recorren las calles buscando saciar su interminable deseo, transformándose en víctimas y victimarios, victimarios y víctimas, en un ciclo sin fin en el que el dolor y el placer son inseparables.

Cuando Lydia Lunch se estableció en Nueva York, apenas tenía 16 años, de los cuales había pasado unos cuantos recorriendo las calles de su natal Rochester recitando sus primeros trabajos. Pronto se integró a la escena del CBGB, el famoso bar neoyorkino en donde desde mediados de los setenta comenzaron a reunirse las bandas que prefigurarían el punk rock. Es larga la lista de los que pasaron por ahí —Patty Smith, Blondie, Ramones, Talking Heads, New York Dolls, Richard Hell, X, Television—, que conformaron toda una generación de músicos cuya única regla era no respetar ninguna regla y aventurarse sin restricciones en el sonido. Lydia vivía en una comuna en donde ensayan bandas como MARS y DNA, y por las noches se iba a trabajar como mesera en el CBGB. Allí conoció a James Chance, con quien planeó su primera banda, Teenage Jesus and the Jerks. Desgraciadamente, esa relación no duró mucho y James Chance formó su propia banda. En 1976 Lydia era una adolescente salvajemente furiosa. Apenas tenía 16 años y ya se imponía en el escenario con su rostro infantil y su gesto de fiera hambrienta. Un set de Teenege Jesús and the Jerks duraba en promedio siete minutos, tiempo suficiente para que los gritos de Lydia Lunch y esa guitarra, que a decir de Lester Bangs parecía un cámara de tortura chilena, causaran el efecto de violencia y sensualidad exigido por las letras. La banda no duró mucho, pero se convirtió en un clásico del No Wave. En 1981 apareció en la recopilación No New York junto con The Contortions (la banda más famosa de James Chance), MARS y DNA. Un par de años después de que desapareció Teenege Jesús, Lydia se refirió a su sonido de esta manera: “era aturdidor, agresivo, furioso, hostil, brutal; era yo”.

A finales de los setenta se propagó el movimiento punk en Inglaterra y los Sex Pistols llegaron a las listas de popularidad sin que el conservadurismo pudiera evitarlo. Se dice que antes de lanzar a los Sex Pistols, Malcolm Mclaren había visitado el CBGB, donde quedó maravillado con la estética de lo roto de los New York Dolls, y que eso lo inspiró a impulsar una nueva moda en Inglaterra. Su mayor astucia fue crear una banda que se pitorreaba de los códigos de la industria musical, pero que al mismo tiempo tenía el impacto de una buena banda de pop. Básicamente, el punk era rock and roll desmadrado. Poco importaba la destreza de los músicos, se trataba ante todo de una actitud. El punk era Chuck Berry, un poco más lento o un poco más rápido, pero rock and roll al fin. La vida del punk inglés fue muy breve: tres años más tarde las disqueras estaban impulsando el new wave. En esa misma época, en Nueva York estaba el no wave, que musicalmente no tenía nada que ver con los dos anteriores. El no wave era una búsqueda experimental que no utilizaba los acordes básicos del rock and roll, sino que se trataba ante todo de investigaciones en torno al ruido. Sin embargo, había en los neoyorquinos una actitud punk, si así queremos llamarle al espíritu provocador que recorría algunas ciudades de finales de los setenta. Lo cierto es que si bien Lydia Lunch salió de este ambiente, con el tiempo mostró que su trabajo tenía un carácter sumamente personal, de tal forma que sobrevivió a la muerte del punk y a la desaparición del new wave.

Beirut Slump fue un proyecto simultáneo a Teenage Jesus and the Jerks en el que Lydia Lunch continuó con sus exploraciones con la guitarra. Incluso hizo versiones de clásicos del blues que nunca llegaremos a escuchar porque desgraciadamente la cinta despareció. Beirut Slump también tuvo una vida corta, pero rápidamente le siguió 8 Eyed Spy, una banda mucho más cercana a la tradición rock. El cover de la canción “Diddy wah diddy” de Bo Diddley es una de las mejores apropiaciones femeninas del canon del rock and roll masculino. Lydia empezaba a moverse entre dos tradiciones: el rock and roll y el sonido girly. Cantaba canciones de Nancy Sinatra, había cambiado las botas negras por blancas y sus minifaldas rosas apenas lograban ocultar a la loba juguetona detrás de la caperuza. Después de 8 Eyed Spy, Lydia continuó sus exploraciones “retro”. En 1980 grabó el álbum Queen of Siam, un proyecto completamente distinto a los anteriores. Fue su primer disco sola y su cuarto proyecto musical en sólo un par de años. Musicalmente, Queen of Siam no tenía nada que ver con sus antiguas bandas, pero sí seguía unida temáticamente a todo su trabajo anterior. La sexualidad aparece de nuevo —más bien, deberíamos decir que nunca se ha ausentado del trabajo de Lydia—, pero ahora bajo la forma de la seducción. La música de cabaret, el sonido big band, la forma de cantar que por momentos recuerda a Marilyn Monroe o Katherine Mansfield son los elementos que le permiten mostrar el poder de la mujer nocturna: la seducción.

Con el disco 13.13 (1982), estaba de regreso al sonido experimental de sus primeras producciones, menos salvaje, pero igualmente sorprendente. Después de este lp, comenzó a trabajar con otros músicos bastante cercanos a ella, como Nick Cave y otros miembros de Birthday Party, Rowland S. Howard, Lee Renaldo, Sonic Youth, Foetus (quien a veces tomaba el nombre de Clint Ruin) y Kim Gordon, con quien formó el proyecto Harry Crews. En 1997 grabó Matrikamatra, un cd doble de spoken word y música de Joseph Burdenholzer. En 1984 fundó la compañía Widowspeak Productions, que le permitió trabajar de forma más libre en sus propios proyectos, así como producir trabajos de otra gente afín, como la poeta Wanda Coleman y Excene Cervenka. La primera producción de Widowspeak fue Uncensored Lydia Lunch, un álbum de spoken word, al que le siguió una retrospectiva que reunía bajo el nombre de Hysterie (1986) una buena muestra de todos sus trabajos anteriores.

Las historias de Lydia Lunch siempre han sido explosivas —las de sus libros, las de sus guiones de cine—, pero es en el spoken word donde realmente hace estallar las palabras, donde la palabra finalmente consolida su unión con el cuerpo, se convierte en acto y con ello adquiere su verdadero sentido. Es ahí donde las experiencias personales dejan de ser privadas: el abuso del padre, las relaciones de poder entre hombres y mujeres, el deseo y la violencia. Es en el spoken word donde se puede ver que la obra más acabada de Lydia Lunch es su persona. Lydia ataca en el escenario, irrumpe con la fuerza de la victima y el victimario. Conoce el discurso de la violada y del violador, pero no se somete a ninguno de los dos. Sabe que la violencia es lo que establece una complicidad entre ellos y busca romper ese lazo.

La escritura de Lydia Lunch comparte los intereses de Hubert Selby Jr., Henry Miller, el marqués de Sade, Juan Goytisolo y Anais Nin, sus autores predilectos. Sólo que la sexualidad, el poder, la violencia, la seducción y el incesto son vistos desde la perspectiva de una mujer furiosa, que no está dispuesta a tolerarle nada al patriarcado. Hace casi 10 años, Lydia Lunch escribió Paradoxia. Diario de una depredadora, unas memorias ficticias que bien podrían definirse como un ensayo de las obsesiones que han acompañado su trabajo. El texto inicia de la siguiente manera:

Mi padre y los hombres me influyeron de tal manera que llegué a ser como ellos. Todo lo que adoraba en los hombres, ellos lo menospreciaban en mí: grosería, soberbia, insensatez, distancia, crueldad, una naturaleza fría y calculadora, inmune a lo que no fuera mi propio interés. Era incapaz de admitir las consecuencias de mi comportamiento, vivía ajena a la brutalidad y al egoísmo con que laceraba a los demás.

En este diario de batalla, Lydia ataca los principios de la dominación masculina y lo hace travestida de hombre, consciente de que cuando se quite el atuendo habrá puesto al enemigo en cuestión. Como las histéricas del siglo XIX, conoce los poderes del histrionismo y los usa para poner en jaque las certezas del patriarcado. Recordemos que si bien la histérica actuaba para un público masculino, lo hacía para poner en escena su carácter insumiso. El engaño es el arma secreta del histrionismo, y la simulación, su camuflaje. Así, Lydia logra su objetivo: convertirse en una depredadora del universo masculino.

El discurso feminista de Lydia Lunch es cercano al de sus contemporáneas Karen Finley y Annie Sprinkle. Al igual que ellas, apuesta por el placer del cuerpo femenino, aborrece la censura y da la batalla en contra del feminismo conservador que se estableció como hegemónico en los años ochenta en Estados Unidos. Mientras Andrea Dworkin vociferaba en cuanto micrófono encontraba que la pornografía era la peor forma de degradación femenina, Annie Sprinkle sonreía ante la cámara con un enorme falo entre los senos, mostrándose como una diosa del placer. Por su parte, Lydia Lunch hacía una apología del deseo en el contenido y la forma de narrar sus historias, si bien distinta del esoterismo porno-hippy de Sprinkle, igualmente agresiva contra el puritanismo antiporno. Cercanas al body art y al performance que venían de los setenta, Annie Sprinkle, Karen Finley y Lydia Lunch se encargaron de resaltar los aspectos silenciados en torno al cuerpo femenino —el placer, las enfermedades y la violencia—, mostrando ante el público lo que en la hegemonía masculina se consideraba estrictamente privado. Las tres tienen una conciencia muy clara del cuerpo, conocen las formas en que se lo coloniza y las subvierten. Saben que en el discurso de dominación las mujeres son consideradas como una extensión pasiva de la naturaleza: se les coge, se les violenta y se construyen los discursos en torno a su cuerpo (la medicina y la moral). Por eso las tres apelan a una sexualidad activa: el placer como motor de las acciones. Saben de la violencia, pero no se victimizan, sino que apuntan el gatillo hacia el padre violador (tema común de Lunch y Finley). Y construyen una visión alterna del cuerpo femenino. En unos de sus primeros performances, Annie Sprinkle permite que quien desee observe el interior de su vagina, que la fotografíe, que desmitifique el interior del cuerpo femenino. En su proyecto Psycho-Menstrum, Lydia Lunch hace un recorrido por el universo de las enfermedades femeninas, las enumera y las carga de un sentido nuevo. En la visión de Lydia Lunch, el cuerpo es carne, sangre, destrucción, enfermedad y placer, de ahí proviene su materialismo sensual y su idea nada apacible del encuentro de los cuerpos.

New York Girl

La carrera de Lydia Lunch está llena de encuentros afortunados, tanto en sus producciones musicales como en sus exploraciones visuales. A principios de los ochenta estuvo dos años en Inglaterra y regresó a Nueva York interesada en el performance. Consiguió un espacio para presentarse una vez a la semana en el sótano de un club. De inmediato buscó gente con quien trabajar, quería a los “visionarios” más degenerados, y una amiga le recomendó a Richard Kern, con quien inició una fructífera relación. Ambos tenían intereses comunes: la exploración erótica, el deseo de victimización que le da la vuelta a las visiones maniqueas en torno a las relaciones de poder que se establecen en la sumisión. Juntos hicieron varias películas, entre ellas The Right Side of my Brain (1985), Fingered (1986) y Submit to Me Now 1987. Lydia escribía los guiones y actuaba. La intención de ambos en las películas no era primordialmente erótica o pornográfica, sino que buscaban explorar los mecanismos de atracción y mostrar que en el juego de la seducción no hay reglas.

A través de la fotografía, Richard Kern muestra el poder de la sexualidad de las mujeres. En las fotografías que le tomó a Lydia Lunch logró captar su persona, caracterizada no sólo por su sensualidad agresiva, sino por su carácter exhibicionista. El voyeurismo de Richard Kern encuentra en el deseo de mostrarse de Lydia Lunch su complemento. Se da lo que el mismo Kern ha denominado una relación de complicidad entre la musa y el fotógrafo que hace difícil distinguir la naturalidad del artificio. Las imágenes del fotógrafo neoyorquino (básicamente retratos de mujeres) le dan una nueva dimensión a lo cotidiano: al fin logra expulsar domesticidad del universo femenino. Podemos afirmar que de todas las musas de Richard Kern, Lydia es una de las más atractivas new york girls que ha fotografiado.

En los últimos años, Lydia Lunch ha vivido fuera de Nueva York. Pasó una larga temporada en España y lleva un par de años de gira por Europa. Seguramente ha aumentado la colección de armas que inició en los setenta; por cierto, a este gusto se ha sumado el de fotografiar policías. Es muy probable que dentro de poco podamos ver un documental con imágenes de uniformados de varios países luciendo orgullosamente sus armas y atuendos, ignorantes de la mirada irónica que los observa detrás de la cámara. Lydia conserva sus obsesiones, pero no se repite, sino que siempre encuentra nuevas maneras de expresarlas. Su persona es una construcción constante, una provocación renovada a la cultura contemporánea.

Miriam Licón

~ por 666ismocritico en marzo 1, 2007.

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