Radio Ñomndaa. Suljaa’ Guerrero, México.

•Noviembre 6, 2009 • Dejar un comentario

david v.                                          Nueva orden de aprehensión

Se ha girado otra orden de aprehensión en contra de nuestro compañero David Valtierra Arango

Herman@s, compañer@s de lucha, organizaciones sociales, organizaciones y comunidades indígenas, Centros independientes de Derechos Humanos, ONGs, Colectivos y compañer@s en lo individual, Radios y Medios Libres y comunitarias:

Una vez más nos dirigimos a ustedes para solicitar su solidaridad y darles a conocer la situación que estamos viviendo como pueblo, como organización y en especial la difícil situación que está viviendo nuestro compañero David Valtierra Arango, uno de los fundadores de Radio Ñomndaa.

Como tod@s ustedes ya tienen conocimiento, nosotr@s somos una pequeña organización que es parte de una lucha más amplia: la lucha por el respeto y el reconocimiento de los derechos colectivos de los pueblos originarios de este país y en la medida de nuestras limitadas posibilidades, en los últimos casi cinco años, hemos estado ejerciendo en los hechos, el derecho que como pueblo tenemos a poseer y operar nuestros propios medios de comunicación, como es Radio Ñomndaa, La Palabra del Agua. Como ya les hemos venido informando, desde que iniciamos transmisiones hemos recibido hostigamiento y criminalización de nuestra lucha por parte de las autoridades federales, estatales y municipales y de caciques de la región. En comunicados pasados les hemos dado a conocer varios casos de represión, hostigamiento y persecución jurídica que hemos padecido por defender nuestros legítimos derechos. Queremos en esta ocasión darles a conocer que el día viernes 30 de octubre del presente año, hemos confirmado con el apoyo del Centro de Derechos Humanos de la Montaña “Tlachinollan” que nuevamente nuestro compañero David Valtierra Arango tiene otra demanda en su contra, ahora bajo la causa penal 257-III/2009 y que desde el día 13 de octubre del presente año, el Juez Penal de Primera Instancia del Distrito de Abasolo con sede en Ometepec, Gro., el Lic. Derly Arnaldo Alderete Cruz, ha girado la orden de aprehensión en contra de nuestro compañero, quien está acusado por los delitos de “privación de la libertad personal y robo, en agravio de Ariosto Rocha Ramírez”.

Queremos recordarles que es la segunda demanda que enfrenta nuestro compañero, actualmente ya va para dos años que está enfrentando un delito igual, “por privación ilegal de la libertad personal en agravio de Narcico García” por lo que está bajo fianza y cada fin de semana ha tenido que ir a firmar al mencionado juzgado. Ambas demandas están basadas en invenciones y mentiras, y como ustedes ya se habrán dado cuenta, esto es una persecución, es la criminalización del trabajo de nuestro compañero por participar de manera decidida en los defensa de nuestro derechos indígenas ante los hechos arbitrarios de la cacique priísta Aceadth Rocha Ramírez, actual diputada local, dos veces presidente municipal de Xochistlahuaca y varias veces diputada local. Como es muy evidente y como lo hemos venido denunciando, detrás de estas demandas está la mencionada cacique. Ahora el “agraviado” es su hermano Ariosto Rocha Ramírez, quien es conductor del “espacio noticiero” de la radio pirata “La líder” propiedad de la cacique, instrumento de desinformación y ataque a los opositores.

 Según nos hemos enterados, no es solamente nuestro compañero David Valtierra Arango el que cuenta con orden de aprehensión, sino que hay vari@s opositores de los diferentes partidos políticos que han disputado el poder al gobierno caciquil de Aceadth Rocha Ramírez. Con esto es muy evidente la persecución a todo opositor que resiste o denuncia los robos, las injusticias, los saqueos, malversaciones de los recursos públicos de parte del gobierno caciquil. El día de hoy domingo 01 de noviembre, se llevaron a cabo varios operativos a cargo del Ministerio Público con la finalidad de aprehender a los opositores: se puso un operativo en la entrada a la comunidad de Xochistlahuaca, otro operativo en el lugar conocido como “las cruces”, desviación hacia Tlacoachistlahuaca, afortunadamente hasta el momento nadie ha caído. Con estos hechos en pleno días de fiesta de los muertos, se intimida y se hostiga a los opositores, todo esto bajo la aprobación del “estado de derecho” y con el respaldo de las instancias de “procuración y justicia”, que como todos ya lo sabemos porque lo hemos padecido, se vende al mejor postor.

 Ante estos hechos, no nos queda más que acudir a su solidaridad, solicitando la difusión de estos hechos y pedirles que estén al pendiente de lo que pudiera ocurrir en Xochistlahuaca en estos días que vienen.

 Por nuestra parte vamos a seguir informándoles, ya estamos también organizándonos para detener de manera colectiva, como pueblo y como organización este nuevo ataque de la cacique.

¡Ni un compañer@ más a la cárcel!

¡Libertad a tod@s l@s pres@s políticos!

 ¡Nunca más un México sin Nosotr@s!

¡Nunca más un México sin Nuestra Palabra! 

Atentamente Coordinación General de Radio Ñomndaa, La Palabra del Agua.

 Suljaa’, Guerrero, México, a 01 de Noviembre del 2009.

ASARO / 666 Satan Ismo Critico Presentan:

•Octubre 22, 2009 • Dejar un comentario

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Cooperativa de Trabajo Hormiga en Oaxaca

•Octubre 12, 2009 • Dejar un comentario

Valeria [imagen]

Tiqqun – Insurrección

•Octubre 3, 2009 • Dejar un comentario

PINTURAS DE LA INSURRECCION

TIQQUN

– ¿C ó m o h a c e r ?

Don’t know what I want,

but I know how to get it.

Sex Pistols, Anarchy in the UK

I

Veinte años. Veinte años de contra-revolución. De contra-revolución preventiva.

En Italia.

Y fuera de Italia.

Veinte años de un sueño de alambre de espino, poblado de vigías. De un sueño de los

cuerpos, impuesto por el toque de queda.

Veinte años. El pasado no pasa. Porque la guerra continúa. Se ramifica. Se prolonga.

En una articulación mundial de dispositivos locales. En un calibrado inédito de las

subjetividades. En una nueva paz de superficie.

Una paz armada

bien hecha para cubrir el desarrollo de una imperceptible

guerra civil.

Hace veinte años, era

el punk, el movimiento del 77, el área de la Autonomía,

los Indios metropolitanos y la guerrilla difusa.

De un golpe surgía,

como salido de alguna región subterránea de la civilización,

todo un contra-mundo de subjetividades

que ya no querían consumir, que ya no querían producir,

que no querían ni siquiera ya ser subjetividades.

La revolución era molecular, la contra-revolución no lo fue menos.

SE dispuso ofensivamente,

después duraderamente,

toda una compleja máquina para neutralizar lo que era portador de intensidad.

Una máquina para desactivar todo lo que podría explotar.

Todos los individuos de riesgo,

los cuerpos indóciles,

las agregaciones humanas autónomas.

Luego fueron veinte años de estupidez, de vulgaridad, de aislamiento y de desolación.

¿Cómo hacer?

Alzarse. Alzar la cabeza. Por elección o por necesidad. Poco importa, en verdad, desde

ahora.

Mirarse a los ojos y decir que volvemos a comenzar. Que todo el mundo lo sepa,

lo más rápido posible.

Volvemos a comenzar.

Se acabó la resistencia pasiva, el exilio interior, el conflicto por sustracción, la

supervivencia. Volvemos a comenzar. En veinte años, hemos tenido el tiempo de ver.

Hemos comprendido.

La demokracia para todos, la lucha “anti-terrorista”, las masacres

de Estado, la reestructuración capitalista y su Gran Obra de depuración social,

por selección,

por precarización,

por normalización,

por “modernización”.

Hemos visto, hemos comprendido. Los métodos y los objetivos. El destino que SE nos

reserva. El que SE nos rechaza. El estado de excepción. Las leyes que ponen a la

policía, a la administración, a la magistratura por encima de las leyes. La

judicialización, la psiquiatrización, la medicalización de todo lo que se sale del cuadro.

De todo lo que huye.

Hemos visto.

Hemos comprendido.

Los métodos y los objetivos.

Cuando el poder establece en tiempo real su propia legitimidad,

cuando su violencia se vuelve preventiva

y su derecho es un “derecho de injerencia”,

entonces ya no sirve de nada tener razón. Tener razón contra él.

Hay que ser más fuerte, o más astuto. Es por esto también

por lo que volvemos a comenzar.

Volver a comenzar no es nunca volver a comenzar algo. Ni retomar un asunto justo

donde lo habíamos dejado. Lo que vuelve a comenzar es siempre otra cosa. Es siempre inaudito.

Porque no es el pasado lo que nos empuja, sino precisamente lo que en él no ha advenido.

Y porque somos también nosotros mismos, entonces, quienes volvemos a comenzar.

Volver a comenzar quiere decir: salir de la suspensión. Restablecer el contacto entre

nuestros devenires.

Partir,

de nuevo,

desde donde estamos,

ahora.

Por ejemplo, hay golpes

que ya no SE nos darán.

El golpe de la “sociedad”. A transformar. A destruir. A volver mejor.

El golpe del pacto social. Que algunos quebrarían mientras que los otros pueden fingir

“restaurarlo”.

Estos golpes, no SE nos darán más.

Hay que ser un elemento militante de la pequeño-burguesía planetaria,

un ciudadano verdaderamente

para no ver que ya no existe,

la sociedad.

Que ha implosionado. Que ya no es más que un argumento para el terror de los que

dicen re/presentarla.

A ella que se ha ausentado.

Todo lo que es social se nos ha vuelto extranjero.

Nosotros nos consideramos absolutamente desligados de toda obligación, de toda

prerrogativa, de toda pertenencia social.

“La sociedad”,

es el nombre que ha recibido a menudo lo Irreparable,

lo Inasumible.

Quien rechaza este cebo deberá dar

un paso de distancia.

Operar

un ligero desplazamiento respecto de la común lógica del Imperio y de su contestación,

la de la movilización, respecto de su común temporalidad, la de la urgencia.

Volver a comenzar quiere decir: sumarse a la secesión social, a la opacidad, entrar

en desmovilización,sustrayendo hoy a tal o tal red imperial de producción-consumo los

medios de vivir y de luchar para, en el momento elegido, barrenarla.

Nosotros hablamos de una nueva guerra,

de una nueva guerra de partisanos. Sin frente ni uniforme, sin ejército ni batalla

decisiva.

Una guerra cuyos focos se despliegan a distancia de los flujos mercantes aunque

conectados a ellos.

Hablamos de una guerra totalmente en latencia. Que tiene el tiempo.

De una guerra de posición.

Que se libra ahí donde estamos.

En el nombre de nadie.

En el nombre de la existencia misma,

que no tiene nombre.

Operar ese ligero desplazamiento.

Ya no temer a su tiempo.

“No temer a su tiempo es una cuestión de espacio”.

En el squat. En la orgía. En la revuelta. En el tren o el pueblo ocupado. En la búsqueda,

en medio de desconocidos de una free party inencontrable. Hago la experiencia de ese

ligero desplazamiento.

La experiencia de mi desubjetivación. Yo devengo, me vuelvo

una singularidad cualquiera. Un juego se insinúa entre mi presencia y todo el aparato de cualidades que me están ordinariamente vinculadas.

En los ojos de un ser que, presente, quiere estimarme por lo que yo soy, saboreo la

decepción, su decepción por ver que he devenido tan común, tan perfectamente

accesible. En los gestos de otro, es una inesperada complicidad.

Todo lo que me aísla como sujeto, como cuerpo dotado de una configuración pública de atributos, siento que se derrite. Los cuerpos se deshilachan en su límite.

En su límite, se indistinguen. Barrio tras barrio, lo cualquiera arruina la equivalencia. Y yo alcanzo una desnudez nueva,

una desnudez impropia, como vestida de amor.

¿Se evade uno alguna vez solo de la prisión del Yo?

En el squat. En la orgía. En la revuelta. En el tren o el pueblo ocupado. Nos volvemos a

encontrar.

Nos volvemos a encontrar

como singularidades cualquiera. Esto es

no sobre la base de una común pertenencia,

sino de una común presencia.

Es esto

nuestra necesidad de comunismo. La necesidad de espacios de noche, donde podamos

reencontrarnos

más allá

de nuestros predicados.

Más allá de la tiranía del reconocimiento. Que impone el re/conocimiento como

distancia final entre los cuerpos. Como ineluctable separación.

Todo lo que SE –el novio, la familia, el entorno, la empresa, el Estado, la opinión– me

reconoce, es por ahí por donde SE cree que me tienen.

Por el recuerdo constante de lo que soy, de mis cualidades, SE querría abstraerme de

cada situación. SE me querría exigir en toda circunstancia una fidelidad a mí mismo que es una fidelidad a mis predicados.

SE espera de mí que me comporte como hombre, empleado, parado, madre, militante o filósofo.

SE quiere contener entre los bordes de una identidad el curso imprevisible de mis

devenires.

SE me quiere convertir a la religión de una coherencia que SE ha escogido para mí.

Más soy reconocida, más mis gestos se encuentran trabados, interiormente trabados.

Heme aquí capturada por la malla ultra-ajustada del nuevo poder. En las redes

impalpables de la nueva policía: LA POLICÍA IMPERIAL DE LAS CUALIDADES.

Hay toda una red de dispositivos en los que me hundo para “integrarme”, y que me

incorporan esas cualidades.

Todo un pequeño sistema de fichaje, de identificación y de policiaje mutuos.

Toda una prescripción difusa de la ausencia.

Todo un aparato de control comporta/mental, que apunta al panoptismo, a la

privatización transparencial, a la atomización.

Y en el cual yo forcejeo.

Necesito devenir anónima. Para estar presente.

Más soy anónimo, más estoy presente.

Necesito zonas de indistinción

para acceder a lo Común.

Para no reconocerme ya en mi nombre. Para no escuchar en mi nombre sino la voz que lo llama.

Para hacer consistir el cómo de los seres, no lo que son, sino cómo son lo que son. Su

forma-de-vida.

Necesito zonas de opacidad en donde los atributos,

incluso criminales, incluso geniales,

ya no se separen de los cuerpos.

Devenir cualquiera. Devenir una singularidad cualquiera, no está dado.

Siempre posible, pero nunca dado.

Hay una política de la singularidad cualquiera.

Que consiste en arrancar al Imperio

las condiciones y los medios,

incluso intersticiales,

de experimentarse como tal.

Es una política, porque supone una capacidad de enfrentamiento,

y porque una nueva agregación humana

le corresponde.

Política de la singularidad cualquiera: liberar esos espacios en los que ningún acto ya es asignado a ningún cuerpo dado.

Donde los cuerpos reencuentran la aptitud al gesto que la sabia disposición de los

dispositivos metropolitanos –computadoras, automóviles, escuelas, cámaras, portátiles,

gimnasios, hospitales, televisiones, cines, etc.– les había disimulado.

Reconociéndolos.

Inmovilizándolos.

Haciendo que giren en el vacío.

Haciendo existir la cabeza separadamente del cuerpo.

Política de la singularidad cualquiera.

Un devenir-cualquiera es más revolucionario que no importa qué ser-cualquiera.

Liberar los espacios nos libera cien veces más que no importa que “espacio liberado”.

Más que de poner en acto un poder, gozo de la puesta en circulación de mi potencia.

La política de la singularidad cualquiera reside en la ofensiva. En las circunstancias, los

momentos y los lugares en los que serán arrancados las circunstancias, los momentos y los lugares de un anonimato tal, de una parada momentánea en estado de simplicidad, de un anonimato tal, la ocasión de extraer de todas nuestras formas la pura adecuación a una presencia,

la ocasión de estar y ser, al fin,

ahí.

II

¿Cómo hacer? No ¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? La cuestión de los medios. No la de los

fines, la de los objetivos, de lo que hay que hacer, estratégicamente, en lo absoluto.

La cuestión de lo que podemos hacer, tácticamente, en situación,

y de la adquisición de esta potencia.

¿Cómo hacer? ¿Cómo desertar? ¿Cómo funciona? ¿Cómo conjugar mis heridas y el

comunismo? ¿Cómo permanecer en guerra sin perder la ternura?

La cuestión es técnica. No un problema. Los problemas son rentables.

Alimentan a los expertos.

Una cuestión.

Técnica.

Que se redobla en cuestión de las técnicas de transmisión de esas técnicas.

¿Cómo hacer? El resultado contradice siempre al fin. Porque plantear un fin

es todavía un medio,

otro medio.

¿Qué hacer? Babeuf, Tchernychevsky, Lenin. La virilidad clásica reclama un

analgésico, un espejismo, cualquier cosa. Un medio para ignorarse un poco. En tanto

que presencia.

En tanto que forma-de-vida. En tanto que ser en situación, dotado de inclinaciones.

De inclinaciones determinadas.

¿Qué hacer? El voluntarismo como último nihilismo. Como nihilismo propio

a la virilidad clásica.

¿Qué hacer? La respuesta es simple: someterse una vez más a la lógica de la

movilización, a la temporalidad de la urgencia. Bajo pretexto de rebelión. Plantear fines,

palabras. Tender hacia su cumplimiento. Hacia el cumplimiento de las palabras.

Mientras tanto, dejar la existencia para más tarde. Ponerse entre paréntesis. Alojarse en la excepción de sí. A distancia del tiempo. Que pase. Que no pase. Que se pare. Hasta…

Hasta el próximo.

Fin.

¿Qué hacer? Dicho de otra manera: vivir es inútil. Todo lo que no habéis vivido, la

Historia os lo devolverá.

¿Qué hacer? Es el olvido de sí que se proyecta sobre el mundo.

Como olvido del mundo.

¿Cómo hacer? La cuestión del cómo. No de eso que un ser, un gesto, una cosa es, sino

de cómo es eso que es. De cómo sus predicados se relacionan con él.

Y él con ellos.

Dejar ser. Dejar ser la abertura entre el sujeto y sus predicados. El abismo de la

presencia. Un hombre no es “un hombre”. “Caballo blanco” no es “caballo”.

La cuestión del cómo. La atención al cómo. La atención a la manera en que una

mujer es, y no es,

una mujer –hacen falta dispositivos para hacer de un ser de sexo femenino “una mujer”,

o de un hombre con la piel negra “un negro”.

La atención a la diferencia ética. Al elemento ético. A las irreductibilidades que le

atraviesan. Lo que pasa entre los cuerpos en una ocupación es más interesante que la

ocupación misma.

¿Cómo hacer? quiere decir que el enfrentamiento militar con el Imperio debe ser

subordinado a la intensificación de las relaciones en el interior de nuestro partido. Que

lo político no es más que cierto grado de intensidad en el seno del elemento ético. Que

la guerra revolucionaria no debe ser ya confundida con su representación: el

movimiento bruto del combate.

La cuestión del cómo. Volverse atento al haber-lugar de las cosas, de los seres. A su

acontecimiento. A la obstinada y silenciosa prominencia de su temporalidad propia

bajo el aplastamiento planetario de todas las temporalidades

por la de la urgencia.

El ¿Qué hacer? como ignorancia programática de esto. Como fórmula inaugural

del desamor atareado.

El ¿Qué hacer? vuelve. Desde hace varios años. Desde mitad de los años 90, más que

desde Seattle. Un revival de la crítica hace como si se enfrentara al Imperio con slogans, las recetas de los años 60. Salvo que esta vez, se simula. Se simula la inocencia, la indignación, la buena consciencia y la necesidad de sociedad. Se vuelve a poner en circulación toda la vieja gama de los afectos social-demócratas. De los afectos

cristianos.

Y de nuevo, las manifestaciones. Las manifestaciones mata-deseos. Donde no pasa

nada.

Y que ya no manifiestan

sino la ausencia colectiva.

Hasta el fin.

Para los que tienen nostalgia de Woodstock, de la ganja, de mayo del 68 y del

militantismo, están las contra-cumbres. SE ha reconstruido el decorado, falta lo posible.

He aquí lo que ordena el ¿Qué hacer? hoy: ir a la otra parte del mundo a contestar

la mercancía global.

A la vuelta, está la foto en los diarios… ¡Todos solos juntos!… Érase una vez…

¡Qué juventud!

Lástima para esos cuantos cuerpos vivos perdidos allí, buscando en vano un espacio

para su deseo.

Vuelven un poco más fastidiados. Un poco más vaciados. Reducidos.

De contra-cumbre en contra-cumbre, acabarán al fin comprendiendo. O no.

No se contesta al Imperio por su gestión. No criticamos al Imperio.

Nos oponemos a sus fuerzas.

Ahí donde estemos.

Decir lo que a uno le parece tal o tal alternativa, ir allí donde SE nos llama, todo esto ya

no tiene sentido. No hay proyecto global alternativo al proyecto global del Imperio.

Pues no hay proyecto global del Imperio. Hay una gestión imperial. Toda gestión es

mala. Los que reclaman otra sociedad harían mejor comenzando por ver que ya no

quedan. Y tal vez cesarían entonces de ser aprendices-gestores. Ciudadanos. Ciudadanos indignados.

El orden global no puede ser tomado por enemigo. Directamente.

Pues el orden global no tiene lugar. Al contrario. Es más bien del orden de los no-lugares.

Su perfección no es la de ser global, sino la de ser globalmente local. El orden global es

la conjura en acto de todo acontecimiento porque es la ocupación acabada, autoritaria,

de lo local.

Uno no se opone al orden global sino localmente. Por la extensión de las zonas de

sombra sobre los mapas del Imperio. Por su puesta en contacto progresiva.

Subterránea.

La política que viene. Política de la insurrección local contra la gestión global. De la

presencia recobrada sobre la ausencia de sí. Sobre la extrañeza ciudadana, imperial.

Recobrada por el robo, el fraude, el crimen, la amistad, la enemistad, la conspiración.

Por la elaboración de modos de vida que sean también

modos de lucha.

Política del tener-lugar.

El Imperio no tiene lugar. Administra la ausencia haciendo planear por todas partes la

amenaza palpable de la intervención policial. Quien busca en el Imperio un adversario

al que medirse encontrará el aniquilamiento preventivo.

Ser percibido, de aquí en adelante, es ser vencido.

Aprender a devenir indiscernibles. A confundirnos. Volver a degustar

el anonimato,

la promiscuidad.

Renunciar a la distinción,

Para desarticular la represión:

componer en el enfrentamiento las condiciones más favorables.

Volverse astutos. Devenir despiadados. Y para esto

devenir cualquieras.

¿Cómo hacer? es la cuestión de los niños perdidos. Aquéllos a los que no se ha

preguntado. Los que no son seguros en sus gestos. A los que nada ha sido dado. Cuya

criaturalidad no deja de traicionarse.

La revuelta que viene es la revuelta de los niños perdidos.

El hilo de la transmisión histórica ha sido roto. Incluso la tradición revolucionaria nos

deja huérfanos. El movimiento obrero sobre todo. El movimiento obrero que se ha

vuelto instrumento de una integración superior al Proceso. Al nuevo Proceso,

cibernético, de valorización social.

En 1978, el PCI, el “partido de manos limpias”, lanzó en su nombre

la caza a la Autónoma.

En nombre de su concepción clasista del proletariado, de su mística de la sociedad,

del respecto del trabajo, de lo útil y de la decencia.

En nombre de la defensa de los “avances democráticos” y del Estado de derecho.

El movimiento obrero que se habrá sobrevivido en el operaísmo.

Única crítica existente del capitalismo desde el punto de vista de la Movilización Total.

Doctrina temible y paradójica,

que habrá salvado el objetivismo marxista no hablando más que de “subjetividad”.

Que habrá llevado a un refinamiento inédito la denegación del cómo.

La reabsorción del gesto en su producto.

La urticaria del futuro anterior.

De lo que toda cosa habrá sido.

La crítica se ha vuelto vana. La crítica se ha vuelto vana porque equivale a una ausencia.

En cuanto al orden dominante, todo el mundo sabe a qué atenerse. Nosotros no tenemos

ya necesidad de teoría crítica. No tenemos necesidad de profesores. La crítica gira a

favor de la dominación, desde ahora. Incluso la crítica de la dominación.

Ella reproduce la ausencia. Nos habla desde donde no estamos. Nos propulsa a otra

parte. Nos consume. Es cobarde. Y permanece al abrigo cuando nos envía a una

carnicería.

Secretamente enamorada de su objeto, no cesa de mentirnos.

De ahí los idilios tan cortos entre proletarios e intelectuales comprometidos.

Esos matrimonios de razón donde no se tiene la misma idea ni del placer ni de la

libertad.

Más que nuevas críticas, son nuevas cartografías las que necesitamos.

Cartografías no del Imperio, sino de las líneas de fuga hacia fuera de él.

¿Cómo hacer? Necesitamos mapas. No mapas de lo que está fuera del mapa.

Sino mapas de navegación. Mapas marítimos. Herramientas de orientación. Que no

tratan de decir, de representar lo que hay en el interior de los diferentes archipiélagos de la deserción, sino que nos indican cómo llegar, cómo unirnos a ellos.

Portuarios.

III

Estamos a Martes 17 de Septiembre de 1996, poco antes del alba. El ROS

(Reagrupamiento Operacional Especial) coordina en toda la península el arresto de 70

anarquistas italianos.

Se trata de poner término a 15 años de investigaciones infructuosas que tenían por

objeto a anarquistas insurreccionales.

La técnica es conocida: fabricar un “arrepentido”, hacerle denunciar la existencia de una vasta organización subversiva jerarquizada.

Después acusar sobre la base de esta creación quimérica a todos aquéllos a los que se

quiere neutralizar por formar parte.

Una vez más, secar el mar para coger a los peces.

Incluso cuando no se trata más que de un estanque minúsculo.

Y de algunos gobios.

Una “nota informativa de servicio” escapó al ROS

en relación a este asunto.

Se expone su estrategia.

Fundada sobre los principios del general Dalla Chiesa, el ROS es el servicio imperial

tipo de contra-insurrección.

Trabaja sobre la población.

Allí donde una intensidad se produce, allí donde algo ha pasado, él es el french doctor

de la situación. El que pone,

con el pretexto de profilaxis,

los cordones sanitarios cuyo objeto es aislar

el contagio.

Lo que teme, lo dice. En este documento, escribe. Lo que teme, es “el pantano

del anonimato político”.

El Imperio tiene miedo.

El Imperio tiene miedo de que nos volvamos cualquieras. Un medio delimitado, una

organización combatiente. No los teme. Pero una constelación expansiva de squats, de

granjas autogestionadas, de habitaciones colectivas, de reuniones fine a se stesso, de

radios, de técnicas y de ideas. El conjunto ligado por una intensa circulación de los

cuerpos, y de los afectos entre los cuerpos. Es otra cosa.

La conspiración de los cuerpos. No de los espíritus críticos, sino de las corporeidades

críticas. He ahí lo que el Imperio teme. He ahí lo que lentamente adviene,

con el incremento de los flujos,

de la deserción social.

Hay una opacidad inherente al contacto de los cuerpos. Y que no es compatible con el

reino imperial de una luz que ya no ilumina las cosas

sino para desintegrarlas.

Las Zonas de Opacidad Ofensiva no están

por crear.

Están ya ahí, en todas las relaciones en las que sobreviene una verdadera

puesta en juego de los cuerpos.

Lo que hace falta, es asumir que tomamos parte en esta opacidad. Y dotarse de los

medios

de extenderla,

de defenderla.

Por todas partes en donde se llega a desarticular los dispositivos imperiales, a arruinar

todo el trabajo cotidiano del Biopoder y del Espectáculo para exceptuar de la población

una fracción de ciudadanos. Para aislar nuevos untorelli. En esta indistinción

reconquistada

se forma espontáneamente

un tejido ético autónomo,

un plan de consistencia

secesionista.

Los cuerpos se agregan. Recuperan el aliento. Conspiran.

Que tales zonas estén condenadas al aplastamiento militar importa poco. Lo que

importa,

es cada vez

arreglar una vía de retirada bastante segura. Para volverse a agregar en otra parte.

Más tarde.

Lo que sustentaba el problema de ¿Qué hacer?, era el mito de la huelga general.

Lo que responde a la pregunta ¿Cómo hacer?, es la práctica de la HUELGA

HUMANA.

La huelga general permitía interpretar que había una explotación limitada

en el tiempo y en el espacio,

una alienación parcelaria, debida a un enemigo reconocible, luego derrotable.

La huelga humana responde a una época en la que los límites entre el trabajo y la vida

acaban por difuminarse.

Donde consumir y sobrevivir, producir “textos subversivos” y precaverse de los efectos más nocivos de la civilización industrial, hacer deporte, el amor, ser padre o estar con Prozac.

Todo es trabajo.

El Imperio gestiona, digiere, absorbe y reintegra

todo lo que vive.

Incluso “lo que soy”, la subjetivación que no desmiento hic et nunc,

todo es productivo.

El Imperio ha puesto todo a trabajar.

Idealmente, mi perfil profesional coincidirá con mi propio rostro.

Incluso si no sonríe.

Las muecas del rebelde se venden muy bien, después de todo.

Imperio, es decir que los medios de producción se han convertido en medios de control

al mismo tiempo que lo contrario se comprobaba.

Imperio significa que de ahora en adelante el momento político domina

el momento económico.

Y contra esto, la huelga general no puede ya nada.

Lo que hay que oponer al Imperio, es la huelga humana.

Quien nunca ataca las relaciones de producción sin atacar al mismo tiempo

las relaciones afectivas que las sostienen.

Quien socava la economía libidinal inadmisible,

restituye el elemento ético –el cómo– reprimido en cada contacto entre los cuerpos

neutralizados.

La huelga humana, es la huelga que, allí donde SE esperaba

tal o tal reacción previsible,

tal o tal tono apenado o indignado,

PREFIERE NO.

Se disimula al dispositivo. Lo satura, o lo estalla.

Se recobra, prefiriendo

otra cosa.

Otra cosa que no está circunscrita en las posibilidades autorizadas por el dispositivo.

En la ventanilla de tal o tal servicio social, en las cajas de tal o tal supermercado, en

Una conversación cortés, en una intervención de los polis,

según la relación de fuerza,

la huelga humana hace consistir el espacio entre los cuerpos,

pulveriza el double bind en el que están capturados,

los conduce a la presencia.

Hay todo un luddismo por inventar, un luddismo de los engranajes humanos

que hacen girar el Capital.

En Italia, el feminismo radical ha sido una forma embrionaria de la huelga humana.

“¡Basta de madres, de mujeres y de hijas, destruyamos las familias!” era una invitación

al gesto de romper los encadenamientos previstos,

de liberar los posibles comprimidos.

Era un atentado a los comercios afectivos fracasados, a la prostitución ordinaria.

Era una llamada al sobrepasamiento de la pareja, como unidad elemental de gestión

de la alienación.

Llamada a una complicidad, entonces.

Práctica insostenible sin circulación, sin contagio.

La huelga de las mujeres llamaba implícitamente a la de los hombres y los niños,

llamaba a vaciar las fábricas, las escuelas, los despachos y las prisiones,

a reinventar para cada situación otra manera de ser, otro cómo.

La Italia de los años 70 era una gigantesca zona de huelga humana.

Las auto-rebajas, los atracos, los barrios okupados, las manifestaciones armadas, las

radios libres, los innumerables casos de “Síndrome de Estocolmo”,

incluso las famosas cartas de Moro detenido, hacia el final, eran

prácticas de huelga humana.

Los estalinistas hablaban entonces de “irracionalidad difusa”, y ya es decir.

Hay autores también

en los que se está todo el tiempo

en huelga humana.

En Kafka, en Walser,

o en Michaux,

por ejemplo.

Adquirir colectivamente esta facultad de sacudir

las familiaridades.

Este arte de frecuentar en sí-mismo

al huésped más inquietante.

En la guerra presente,

en la que el reformismo de urgencia del Capital debe tomar los hábitos del

revolucionario para hacerse entender,

en la que los combates más demókratas, los de las contra-cumbres,

recurren a la acción directa,

un papel nos está reservado.

El papel de mártires del orden demokrático,

que golpea preventivamente todo cuerpo que podría pegar.

Yo debería dejarme inmovilizar ante una computadora mientras las centrales

nucleares explotan, debería dejar que SE juegue con mis hormonas o a envenenarme.

Debería entonar la retórica de la víctima. Porque, está claro,

todo el mundo es víctima, los opresores mismos.

Y saborear que una discreta circulación del masoquismo

vuelva a dar encanto a la situación.

La huelga humana, hoy, es

rechazar jugar el rol de la víctima.

Atacar este rol.

Reapropiarse de la violencia.

Arrogarse la impunidad.

Hacer comprender a los ciudadanos pasmados

que aunque no entren en la guerra están de todos modos.

Que allí donde SE nos dice que es eso o morir, es siempre

en realidad

eso y morir.

Así,

de huelga humana

en huelga humana, propagar

la insurrección,

donde ya no hay sino,

donde somos todos

singularidades

cualquiera.

Smek y La Caminera [Inauguración]

•Septiembre 7, 2009 • Dejar un comentario

expomezcal

Sandra de la Loza

•Agosto 11, 2009 • Dejar un comentario

 

 

 

Sandra de la loza y la ciudad navegable

(De monumento y ruina, de memoria)*

 

 

 

“En la persecución, alcanza su autenticidad, su verdadero ser, su desnudes suprema, de paria, de hombre que no pertenece a parte alguna”   Octavio paz.

 

“A muchos nos parece que hemos naufragado en una playa desconocida, que estamos condenados a un pensamiento nomádico o a vivir en una casa en ruinas; no tenemos mas recurso que la mascara de la ironía” Roger Bartra.

 

 

 

I

 

En México la cultura chicana nos concierne de una manera discreta y cercana. Literalmente los chicanos son nuestros hermanos, los pochos son nuestros primos y Aztlan es la tierra donde se dice tuvo su origen la nación Mexica. A los pochos solemos observarlos un poco a la distancia –con sorna, sabemos de su regreso sin rumbo. Desorientados. Mal mascando el español, mal tripiando el inglés. Son gringos -claro, pero de otra forma. ¿También pensamos que son mexicanos? Nosotros creemos que . Pero la verdad es que ya no los reconocemos como tales, mas bien son como  los mexicanos  perdidos en esa dimensión desconocida que se encuentra pasando Tijuana y cuyos limites no hay green card que los reconozca.

 

El trabajo de Sandra me interesa. Sin duda, es una invitación a ver juntos, una forma de pensar la ciudad de Los Ángeles, una manera  de ver los antagonismos creados por los  siguientes órdenes que  aún intentan regir la vida cotidiana: clase, etnia y nación.  Éstos rigen en conjunto la vida escrita en los libros de texto,  y es aquí donde la memoria de las cosas vividas es jaloneada por el decurso de una historia negada.

 

Diré que su trabajo es una reflexión con la que me encuentro cercano, habiendo nacido quien esto escribe, en Ensenada B.C. pequeña ciudad portuaria situada al norte del país.

Desde pequeño, entendí que el mundo y nuestra ciudad estaban construidos a partir de una proliferación infinita de fronteras y puentes. Infranqueables algunos, y otros pasos rotos por los cuales cruzaban, huían y terminaban por establecerse los necesitados. Bien, debo decir que Sandra de la Loza nació “del otro lado”. En South Central, Los Ángeles para ser más preciso. Sin embargo, en su casa jamás  pretendieron ser una “embajada cultural” de México, muy por el contrario sus padres –tercera generación de emigrantes mexicanos-  habiendo crecido en la década de los años cuarenta  del siglo pasado padecieron la difícil asimilación y la negación de ser méxico-americanos.

  De Tijuana para “abajo” suele llamárseles “pochos”. Nos burlamos de cómo hablan, “apochados”, entrecortado, con un nada claro acento sajón. Sandra nos cuenta de sus padres: “mis padres vienen de una generación muy asimilada, crecieron con un racismo muy fuerte y directo. No podían entrar en ciertos barrios, no podían comer en ciertos restaurantes, fueron golpeados en la escuela cuando hablaban español…esta generación  internalizó que era mejor  dejar esa cultura. No nos enseñaron a hablar español.”  

 El pocho es el último eslabón roto con la cultura  de México largo tiempo ya olvidada.  Si bien ha olvidado la lengua,  conserva los rasgos que le separan irremadiablemente del wasp. Esto no hizo sino complicar su situación en el país  que de manera tan silenciosa había ocupado. Atrapado entre el rechazo de sus conciudadanos blancos y ante la incomprensión de los parientes  cercanos huye hacia el pasado más seguro: Aztlán lugar común de méxico américa. Surge así el chicano como respuesta al aislamiento  y la incomprensión generalizada.

 

 

“…creo que la primera generación del arte chicano tenía la táctica de tomar los símbolos y los iconos más fuertes de lo indígena. No somos indígenas, claro,  pero hay una identificación. Heredé los logros de la generación anterior y el arte mexicano.”  Así es como Sandra desde pequeña se ve envuelta por el movimiento chicano de los años setentas, acompañando a su hermano el muralista, Ernesto de la Loza. Fue ahí donde recibió su primer aprendizaje artístico, le ayudaba a  preparar los colores, buscar y seleccionar los muros, también corría cuando era necesario. Sin embargo, Sandra se piensa distante del movimiento artístico chicano: “ veo al arte mexicano posterior a la revolución como un arte anti-colonialista también, en esta urgencia de encontrarse y definirse fuera de paradigmas europeos, para crear su propia identidad, su propia historia, encontrar sus propias formas estéticas. Al principio el arte chicano era muy nacionalista, con mucho romanticismo al igual que el mexicano posterior a la revolución. Gracias a que la primera generación lo hizo, yo no tengo que hacerlo”.

 En la obra de Sandra encuentro una tensión que me parece productiva: dicha tensión es resultado de una tradición de deuda y lucha por el reconocimiento de la cultura chicana, por el derecho al reconocimiento de una ciudadanía plena.

 

 

 Su serie fotográfica “Families Stories” (historias de familias)  es el reconocimiento de esa tensión: deuda familiar, reconocimiento de una falta pero también voluntad de transformar y confrontar los mitos que legitiman los  prejuicios, miedos de la desdeñosa mirada que se posa sobre/contra los méxico-americanos. Ninguna tan dolorosamente equivocada como la que elaboró Octavio Paz en el Laberinto de la soledad,  donde encontramos la figura del Pocho y del Chicano como pura negatividad, sin identidad, sin historia, sin nación; lo propio de los chicanos es No SER, manifestación extrema del mexicano perdido en un laberinto de mitos. Del carácter impotente e inacabado del mexicano, el chicano es su espejo nublado.  Es importante reconstruir la historia de nuestra relación ininterrumpida con nuestros hermanos chicanos. Es en este sentido que las fotografías intervenidas por Sandra cobran una relevancia fundamental, inédita en esta reflexión emergente: las siluetas expresan los signos inequívocos de los roles familiares: madre-hijo-varón-hija-mujer-niño-niña en brazos, etcétera. Todos ellos cumpliendo lo esperado por la mirada de la ideología dominante.

 

 

 

 

La historia que se narra desde el poder, se pretende familiar, conocida, y aspira a ser la inmóvil presa de la eternidad. Pero las historias que dimanan de esta  sedada y placentera narración son demasiadas para poder ser contenidas en una  sola.

 Por ello,  las historias que se cuentan en las distintas piezas producidas por Sandra de la Loza se encuentran comprendidas, saturadas y excedidas por  esa difícil gramática que conforman los antagonismos sociales, por esa difícil gramática del antagonismo social. La finitud de la Historia es el sueño calmo del opresor. Si  esas siluetas son  invadidas por el graffiti, comprenderemos porque el graffiti  rellena y excede, saliéndose de los márgenes de la imagen familiar pero también  como es que converge y se encuentra, se entrecruza con la Historia de un determinado pueblo, de una subcultura en resistencia. El sujeto de la familia chicana se encuentra atravesado por los conflictos del espacio público, ese “afuera” del cual fueron expulsados los méxico-americanos.

 La Historia de los chicanos es la narración de  ese acontecimiento social negado: las revueltas en los años cuarentas de los pachucos, las zoot zuit battles desde San Diego hasta Los Ángeles. Las huelgas de los piscadores de la uva, Cesar Chávez et al. De su a(i)nterior desaparición de la esfera social.

 La serie busca, pues, confrontar acremente los ideologemas de la familia  como pobre recurso de contención ante la aplastante ausencia del escenario público. Nosotros que no existimos, somos esas fotos. Esos fotogramas muestran nuestra desaparición. El pueblo chicano es una ausencia  en la historia común de dos naciones recelosas.  Et in Chicania ego. Aztlan sigue pesando en las mentes de algunos. Solo por que saben que jamás regresaran. Mientras tanto Sandra cuenta nuevas historias posibles, modifica las posibilidades del pasado aun por vivir, manipula todos los símbolos encontrados en el lugar vacío que ocupa el memorial  de la cultura chicana para que nuestra existencia,Al menos  no aparezca como un relato vacío en busca de sus contenidos políticos.

Frente al imposible reconocimiento del derecho de ciudadanía de la generación pocha Sandra afirma: “la generación de mis hermanos, la del movimiento chicano se rebelo contra todo eso”. El movimiento chicano surge como resultado de la creciente politización norteamericana de los años sesentas y setentas, importante movimiento artístico social de gran resonancia en los posteriores acontecimientos políticos de la comunidad México-americana “veo la generación de los años sesentas y setenta como una generación de lucha anti colonialista. Parte de la colonización  es quitar el idioma, su memoria

 

 

 

Todo me intriga de esta serie fotográfica. Me intrigan las siluetas con sombras pero sin rostro ni identidad: sujetos ausentes de Historia. Pero por otro lado,  reconozco los ambientes, los materiales,  los grafos, las postales, es en el “porche “de la casa donde puedo reconocer no al rostro sino el espacio que invade al rostro. La silueta no es un pozo insondable de oscuridad, el rellenado de glitter es la manifestación de  una voluntad de narrar una historia inacabada… veo en la ilegibilidad del tagg la posibilidad de una vida, de una biografía que se intenta describirir y narrar de una manera balbuceante.

 Y sin embargo la descripción  goza de cierta exactitud, de cierta pertenencia: alguna vez una mujer con una niña en brazos  poso frente a la cámara. Resultado de la banalidad del documento domestico.  Y sin embargo, no es esto lo que se ve, lo que vemos es el transcurrir del tiempo, la irrupción de lo público y de la Historia sobre el ambiente domestico descrito. ¿En que momento el tiempo, el devenir se convierte en un asunto de la Historia? ¿Es la memoria un recurso suficiente para reconstruir las historias de una comunidad?

En esta serie fotográfica observamos, podemos observar la materialización de la Historia  en un trozo de papel: si sé  de la historia narrada “esa mujer es mi madre, la niña en brazos soy yo”. El tiempo de la espera frente al ojo de la lente de la cámara habla del tiempo de la espera de una generación de México americanos frente a un país que no les reconocía (de ahí la importancia  del graffiti, este funciona como código de reconocimiento en el barrio). En cambio la mirada de Sandra  insemina desde la impaciencia. Sandra, con esta serie fotográfica des/ubica y localiza un presente habitado por un pasado presente y un futuro  desde el presente, ambos irreconciliables y sin embargo también presentes.

                                                                     II.

Abrir la mar de la ciudad, abrir el velamen del auto descapotable, navegar por la senda de la barca seca, salir. Salir a navegar por la ciudad, surcar la avenida como quien desobedece al semáforo apenas rescatado del naufragio, en un mediodía  de calor sin rumbo.

 

Una de las experiencias fundamentales para comprender el trabajo de Sandra es la de la ciudad navegable. La ciudad es un territorio perdido, esta vez como un continente desolado, claramente colonizado por los signos de la deserción de lo social. El paseante camina liberando espacios, el paseante libera espacios tan solo de conocerlos, tan solo de mirarlos, tan solo de darles un nombre otro. Así, contra los proyectistas de la reconfiguracion urbana,  Sandra funda una sociedad fantasma, encargada de repoblar y refundar los espacios perdidos – ahora perdidos, ahora abandonados de la ciudad de Los Ángeles: la pocho research society. Con ella trabaja en el cometido de contraatacar a los proyectistas y urbanistas liberales en su vertiente tecno. Así, en Operación Monumento declara “los monumentos públicos son sin duda alguna, sitios importantes en la proyección y erección de constructos  hegemónicos. Muy seguido monumentalizan versiones heroicas, románticas y militares de la Historia  y por consiguiente niegan densidad y complejidad. Los Ángeles  es un terreno rico y fértil para la investigación de historias derruidas y olvidadas.”

 

Como bien sabemos, el monumento materializa la voluntad de eternidad y de permanencia del poder estatal, nacional, ideologico, simbólico. Tal vez, es por ello, que con la acción de las revueltas urbanas, lo primero  que se derriban son las estatuas y demás monumentos  dedicados a los sueños de eternidad del poder establecido. El monumento apela a la interrupción del movimiento discontinuo de la Historia, a la neutralización de la memoria, apela a la amnesia encarnada en la inscripción de la piedra “ vanitas vitas brevis ”  la vanidad del poder se torna intolerable ante la brevedad de nuestras vidas. Tal vez por eso, Sandra decide no esperar al advenimiento de la revolución y decide en un fino juego de humor crítico erigir monumentos a héroes con un nombre, con una vida, pero desconocidos. Son  ilustres desconocidos que igualmente generan las preguntas necesarias: ¿y a este quien lo puso?   Pregunta fundamental del  ejercicio libre de ciudadanía. Al erigir nombres sin historia pretende con ellos fundar la labor publica de la contra- historia: “tropical América”, “The other ellis”,  y “the triumph of the tagger”, representan trabajos ejemplares de este cometido. Son monumentos pequeños, modestas placas conmemorativas de héroes su generis, taggers, amigos desaparecidos, héroes personales, pero considerados importantes para el  contar de las historias de las luchas por los espacios públicos: las ganadas y las pérdidas. Son pequeñas semillas, granos de contra- historia, lanzadas al espacio urbano en espera de que algo pase con ellas.

 

 Que los monumentos- antaño  obra de sedentarios- ahora decidieran caminar y trasladarse, seria una agradable sorpresa para todos. Semillas nómadas sin duda, en espera de las siguientes lluvias, y por la continuidad del ciclo de las luchas, por la continuidad de la vida.

 

*

El presente articulo en un primer momento se pensó enviar a un periódico Madrileño por lo que se escribió pensando  en lectores de la península ibérica, el texto sin embargo jamás se envió.

 

Nota. La subcultura chicana es prácticamente desconocida en el medio editorial español aun cuando tras los movimientos chicanos de los años sesenta y setentas estos recibieron el reconocimiento y legitimación de la affirmative action. En España es muy poco lo que se sabe de ellos, en el caso mexicano no es así, muy por el contrario, son considerados de alguna manera como parte paradójica de los orígenes de México como nación. Para los Aztecas, los orígenes de su imperio se encontraban en una tribu nómada que había venido de Aztlan (al noroeste de la frontera México-estadounidense), posteriormente tras la perdida en el siglo XIX de los territorios de Texas, Arizona y California una cantidad importante de mexicanos decidieron quedarse ahí, incluso debo mencionar la siguiente anomalía: en el territorio de Texas se encuentran varias familias que nunca han dejado de considerarse súbditos de la corona española, o al menos no se consideran mestizos sino descendientes puros y directos de los españoles. Todavía en el siglo XX con la Revolución Mexicana, alrededor de un millón trescientos mil mexicanos decidieron emigrar al “otro lado”, muy pocos regresaron (es el caso de la reconocida antropóloga Anita Brenner) y como ustedes saben la economía de libre mercado no ha dejado de ser en los últimos tiempos la principal impulsora de la migración rampante hacia tierras gringas.

 

Intimezav. Miércoles, 12 de abril de 2006

(Terminado el día 15 de marzo del 2007)

 

 

 

 

[1]  Aquí la identificación no supone la identidad con el productor de la imagen, no es Flaubert y el siglo XIX quien identifica la autoridad de la Historia, Sandra muestra en cambio la irrupción de la comunidad, de una cierta historia, de muchas historias todas ellas luchando por ser escuchadas, por ser vistas: sombras somos todos, esa silueta somos todos . al fin y al cabo todos somos pozos de humanidad…


¿QUÉ FUE LA AUTONOMÍA OBRERA?

•Julio 3, 2009 • Dejar un comentario

esta

¿QUÉ FUE LA AUTONOMÍA OBRERA?

Miguel Amorós

La palabra “autonomía” ha estado relacionada con la causa de la emancipación del proletariado desde hace tiempo. En el Manifiesto Comunista Marx definía al movimiento obrero como “el movimiento autónomo de la inmensa mayoría en provecho de la inmensa mayoría”. Más tarde, pero basándose en la experiencia de 1848, en “La Capacidad Política de la Clase Obrera” Proudhon afirmaba que para que una clase actuase de manera específica había de cumplir los tres requerimientos de la autonomía: que tuviera consciencia de si misma, que como consecuencia afirmase “su idea”, es decir, que conociese “la ley de su ser” y que supiese “expresarla por la palabra y explicarla por la razón”, y que de esa idea sacase conclusiones prácticas. Tanto Marx como Proudhon habían sido testigos de la influencia de la burguesía radical en los rangos obreros y trataban de que el proletariado se separase políticamente de ella. La autonomía obrera quedó definitivamente expresada en la fórmula de la Primera Internacional: “la emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos”.

En la etapa posterior a la insurrección de La Commune de Paris y dentro de la doble polémica entre legalistas y clandestinos, colectivistas y comunistas, que dividía al movimiento anarquista, la cuestión de la autonomía derivaba hacia el problema de la organización. En condiciones de retroceso revolucionario y de represión creciente, la publicación anarquista de Sevilla La Autonomía defendía en 1883 la independencia absoluta de las Federaciones locales y su organización secreta. Los comunistas libertarios elevaban la negación de la organización de masas a la categoría de principio. Los colectivistas catalanes escribían en la Revista Social que “los comunistas anárquicos no aceptan más que la organización de grupos y no tienen organizadas secciones de oficios, federaciones locales ni comarcales [...]. La constitución de grupos aislados, tan completamente autónomos como sus individuos, que muchas veces no estando conformes con la opinión de la mayoría, se retiran de un grupo para constituir otro…” (n° 12. 1885, Sants). El concepto de la autonomía se desplazaba hacia la organización revolucionaria. En 1890 existía en Londres un grupo anarquista de exiliados alemanes cuyo órgano de expresión La Autonomía hacía efectivamente hincapié en la libertad individual y en la independencia de los grupos. Frente al reformismo de la política socialista y el aventurerismo de la propaganda por el hecho que caracterizó un periodo concreto del anarquismo, volvió a plantearse la cuestión de la autonomía obrera, es decir, del movimiento independiente de los trabajadores. Así surgió el sindicalismo revolucionario, teoría que propugnaba la autoorganización obrera a través de los sindicatos, libres de cualquier tutela ideológica o política. Mediante la táctica de la huelga general, los sindicatos revolucionarios aspiraban a ser órganos insurreccionales y de emancipación social. Por otro lado, las revoluciones rusa y alemana levantaron un sistema de autogobierno obrero, los consejos de obreros y soldados. Tanto los sindicatos como los consejos eran organismos unitarios de clase, solo que los primeros eran más apropiados para la defensa y los segundos para el ataque, aunque unos y otros desempeñaron ambas funciones. Los dos conocieron sus límites históricos y ambos sucumbieron a la burocratización y a la recuperación. También la cuestión de la autonomía alcanzó los modos de expropiación en el periodo revolucionario. En 1920 el marxista consejista Karl Korsch designaba la “autonomía industrial” como una forma superior de socialización que vendría a coincidir con la “colectivización” anarcosindicalista y con lo que en los años sesenta se llamo autogestión.

También el pensamiento burgués recurrió al concepto. Kant hablaba de autonomía en referencia al individuo consciente. “Autónomo” era el burgués idealizado como lo es hoy el hombre de Castoriadis. Al ciudadano responsable de una sociedad capaz de dotarse de sus propias leyes este gelatinoso ideólogo le llama “autónomo” (como los diccionarios). Además, a las palabras “autonomía” o “autónomo” se las puede encontrar en boca de un ciudadanista o de un nacionalista, pronunciadas por un universitario toninegrista o dicha por un okupa…. Definen pues realidades diferentes y responden a conceptos distintos. Los Comandos Autónomos Anticapitalistas se llamaron así en 1976 para señalar su carácter no jerárquico y sus distancias con ETA, pero en otros ámbitos, “autónomo” es como se llama aquél que rehuye calificarse de anarquista para evitar el reduccionismo que implica esa marca, y “autónomo” es además el entusiasta de Hakim Bey o el partidario de una moda italiana de la que existen vanas y muy desiguales versiones, la peor de todas inventada por el profesor Negri en 1977 cuando era leninista creativo… La autonomía obrera tiene un significado inequívoco que se muestra durante un periodo de la historia concreto: como tal, aparece en la península a principios de los setenta en tanto que conclusión fundamental de la lucha de clases de la década anterior.

LOS AÑOS PREAUTONÓMICOS

No es casual que cuando los obreros comenzaban a radicalizar su movimiento reivindicaran su “autonomía”, es decir, la independencia frente a representaciones exteriores, bien fueran la burocracia vertical del Estado, los partidos de oposición o los grupos sindicales clandestinos. Pues para ellos de eso se trataba, de actuar en conjunto, de llevar directamente sus propios asuntos con sus propias normas, de tomar sus propias decisiones y de definir su estrategia y su táctica de lucha, en suma, de constituirse como clase revolucionaria. El movimiento obrero moderno, es decir, el que apareció tras la guerra civil, arrancó en los años sesenta una vez agotado el que representaban las centrales CNT y UGT. Lo formaron mayoritariamente obreros de extracción campesina, emigrados a las ciudades y alojados en barrios periféricos de “casas baratas”, bloques de patronatos y chabolas. Desde 1958, inicio del primer Plan de Desarrollo franquista, la industria y los servicios experimentaron un fuerte auge que se tradujo en una oferta generalizada de trabajo. Sobrevino la despoblación de las áreas rurales y la muerte de la agricultura tradicional, alumbrándose en los núcleos urbanos barriadas obreras de nuevo cuño. Las condiciones de explotación de la población obrera de entonces -bajos salarios, horarios prolongados, malos alojamientos, lugar de trabajo alejado, deficientes infraestructuras, analfabetismo, hábitos de servidumbre- hacían de ella una clase abandonada y marginal que, no obstante, supo abrirse camino y defender su dignidad a bocados. La protesta se coló por las iglesias y por los resquicios del Sindicato Vertical que pronto se revelaron estrechos y sin salida. En Madrid, Vizcaya, Asturias, Barcelona y otros lugares, l@s obrer@s, junto con sus representantes elegidos en el marco de la ley de jurados, comenzaron a reunirse en asambleas para tratar cuestiones laborales, estableciendo una red informal de contactos que dio pie a las originales “Comisiones Obreras”. Dichas comisiones se movían dentro de la legalidad, aunque, dados sus límites, se salían frecuentemente de ella o se la saltaban si era necesario. La estructura informal de las Comisiones Obreras, su autolimitación reivindicativa y su cobertura católico vertical, en una época intensamente represiva, fueron eficaces en los primeros momentos; a la sombra de la ley de convenios, las Comisiones llevaron a cabo importantes huelgas, creadoras de una nueva conciencia de clase. Pero en la medida en que dicha conciencia ganaba en solidez, se contemplaba la lucha obrera no simplemente contra el patrón, sino contra el capital y el Estado encarnado en la dictadura de Franco. El objetivo final de la lucha no era más que el “socialismo”, o sea, la apropiación de los medios de producción por parte de los mismos trabajadores. Después de Mayo del 68 ya se habló de “autogestión”. Las Comisiones Obreras habían de asumir ese objetivo y radicalizar sus métodos abriéndose a todos los trabajadores. Pronto se dio cuenta el régimen franquista del peligro y las reprimió; pronto se dieron cuenta los partidos con militantes obreros -el PCE y el FLP- de su utilidad como instrumento político y las recuperaron.

La única posibilidad de sindicalismo era la ofrecida por el régimen, por lo que el PCE y sus aliados católicos aprovecharon la ocasión construyendo un sindicato dentro de otro, el oficial. El ascenso de la influencia del PCE a partir de 1968 asentó el reformismo y conjuró la radicalización de Comisiones. Las consecuencias habrían sido graves si la incrustación del PCE no hubiera sido relativa: por un lado la representación obrera se separaba de las asambleas y escapaba al control de la base. El protagonismo recaía en exclusiva sobre los supuestos líderes. Por otro lado el movimiento obrero se circunscribía en una práctica legalista, soslayando en lo posible el recurso a la huelga, solamente empleado como demostración de fuerza de los dirigentes. La lucha obrera perdía su carácter anticapitalista recién adquirido. Finalmente se despolitizaba la lucha al tutelar los comunistas la orientación del movimiento. Los objetivos políticos pasaban de ser los del “socialismo” a los de la democracia burguesa. La jugada estaba clara: las “Comisiones Obreras” se erigían en interlocutores únicos de la patronal en las negociaciones laborales, ninguneando a los trabajadores. Ese pretendido diálogo sindical no era más que el reflejo del diálogo político-institucional perseguido por el PCE. El reformismo estalinista no triunfó, pero provocó la división del movimiento obrero arrastrando a la fracción más moderada y proclive al aburguesamiento; sin embargo, la conciencia de clase se había desarrollado lo suficiente como para que los sectores obreros más avanzados defendieran primero dentro, y después fuera de Comisiones, tácticas más congruentes, impulsando organizaciones de base más combativas llamadas según los lugares “comisiones obreras de fábrica”, “plataformas de comisiones”, “comités obreros” o “grupos obreros autónomos”. Por primera vez la palabra “autónomo” surgía en el área de Barcelona para subrayar la independencia de un grupo partidario de la democracia directa de los trabajadores frente a los partidos y a cualquier organización vanguardista. Además habiendo permitido los resquicios de una ley la creación de asociaciones de vecinos, la lucha se trasladó a los barrios y entró en el ámbito de la vida cotidiana. Del mismo modo, en las barriadas y los pueblos, se planteó la alternativa de permanecer en el marco institucional de las asociaciones o de organizar comités de barrio e ir a la asamblea de barrio como órgano representativo.

EL MOMENTO DE LA AUTONOMÍA

La resistencia del régimen franquista a cualquier veleidad reformista hizo que las huelgas a partir de la del sector de la construcción en Granada, en 1969, fuesen siempre salvajes y duras, imposibles de desarrollarse bajo la legalidad que querían mantener los estalinistas. Los obreros anticapitalistas entendían que lejos de amontonarse a las puertas de la CNS esperando los resultados de las gestiones de los representantes legales, lo que había que hacer era celebrar asambleas en las mismas fábricas, en el tajo o en el barrio y elegir allí a sus delegados, que no habían de ser permanentes, sino revocables en todo momento. Aunque solo fuera para resistir a la represión, un delegado debía durar el tiempo entre dos asambleas, y un comité de huelga, el tiempo de una huelga. La asamblea era soberana porque representaba a todos los trabajadores. La vieja táctica de obligar al patrón a negociar con delegados asamblearios “ilegales” extendiendo la lucha a todo el ramo productivo o convirtiendo la huelga en huelga general mediante los “piquetes”, es decir la “acción directa”, conquistaba cada vez más adeptos. Con la solidaridad la conciencia de clase hacía progresos, mientras que las manifestaciones verificaban ese avance cada vez más escandaloso. Los obreros habían perdido el miedo a la represión y le hacían frente en la calle. Cada manifestación era no sólo una protesta contra la patronal sino que, al ser tenida como una alteración del orden público, era una desautorización política del Estado. Ahora, el proletariado si quería avanzar tenía que separarse de todos los que hablaban en su nombre -que con la aparición de los grupos y partidos a la izquierda del PCE eran legión- y pretendían controlarlo. Debía “autoorganizarse”, o sea, “conquistar su autonomía”, como se dijo en Mayo del 68 y rechazar las pretensiones dirigentes que se atribuían el PCE y las demás organizaciones leninistas. Entonces empezó a hablarse de la “autonomía proletaria”, de “luchas autónomas”, entendiendo por ello las luchas realizadas al margen de los partidos y sindicatos y de “grupos autónomos”, grupos de trabajadores revolucionarios llevando una actividad práctica autónoma en el seno de la clase obrera con el objetivo claro de contribuir a su “toma de conciencia”. Salvando las distancias históricas e ideológicas, los grupos autónomos no podían ser diferentes de aquellos grupos de “afinidad” de la antigua FAI la de antes de 1937. Solo que aquellos “sindicatos únicos” entre los que se movían ni eran posibles ni tampoco deseables.

Los primeros setenta acabaron el proceso de industrialización emprendido por los tecnócratas franquistas con el resultado no deseado de la cristalización de una nueva clase obrera cada vez más convencida de sus posibilidades históricas y más dispuesta a la lucha. El miedo al proletariado empujaba el régimen franquista al autoritarismo perpetuo contra el que conspiraban incluso los nuevos valores burgueses y religiosos. La muerte del dictador aflojó la represión justo lo suficiente como para que se desencadenase un proceso imparable de huelgas en todo el país. El reformismo sindical estalinista fue completamente desbordado. La continua celebración de asambleas con la finalidad de resolver los problemas reales de los trabajadores en la empresa, en el barrio y hasta en su casa de acuerdo con sus intereses de clase más elementales, no tenía ante sí a ningún aparato burocrático que la frenase. Los enlaces de Comisiones y los responsables comunistas no eran tolerados sino en la medida en que no incomodaban, viéndose obligados a fomentar las asambleas si querían ejercer el menor control. Las masas trabajadoras empezaban a ser conscientes del papel de sujeto principal en el desarrollo de los acontecimientos y rechazaban una reglamentación político-sindical de los problemas que concernían a su vida real. En 1976 las ideas de autoorganización, autogestión generalizada y revolución social podían revestir fácilmente una expresión de masas inmediata. Así, las vías que conducían a las mismas quedaban abiertas. La dinámica social de las asambleas empujaba a los obreros a tomar en sus manos todos los asuntos que les concernían, empezando por el de la autonomía. Numerosos consejos de fábrica se constituyeron, conectados con los barrios. Ese modo de acción autónoma que llevaba a las masas a salir del medio laboral y a pisar sembrados que hasta entonces parecían ajenos debió causar verdadero pánico en la clase dominante, puesto que ametralló a los obreros en Vitoria, liquidó la reforma continuista del franquismo, disolvió el sindicato vertical con las Comisiones adentro y legalizó a los partidos y sindicatos. El Pacto de La Moncloa de todos los partidos y sindicatos fue un pacto contra las asambleas. No nos detendremos a narrar las peripecias del movimiento asambleario, ni en contar el número de obreros caídos: baste con afirmar que el movimiento fue derrotado en 1978 después de tres años de arduos combates. El Estatuto de los Trabajadores promulgado por el nuevo régimen “democrático” en 1980 sentenció legalmente las asambleas. Las elecciones sindicales proporcionaron un contingente de profesionales de la representación que con la ayuda de asambleístas contemporizadores secuestraron la dirección de las luchas. Eso no significa que las asambleas desapareciesen, lo que realmente desapareció fueron su independencia y su capacidad defensiva, y tal extravío fue seguido de una degradación irreversible de la conciencia de clase que ni la resistencia a la reestructuración económica de los ochenta pudo detener.

AUTONOMÍA Y CONSEJOS OBREROS

La teoría que mejor podía servir a la autonomía obrera no era el anarco sindicalismo sino la teoría consejista. En efecto, la formación de “sindicatos únicos” correspondía a una fase del capitalismo español completamente superada en la que predominaba la pequeña empresa y una mayoría campesina subsistía al margen. El capitalismo español estaba entonces en expansión y el sindicato era un organismo proletario eminentemente defensivo. Los que conocen la historia previa a la guerra civil saben los problemas que causó la mentalidad sindical cuando los obreros tuvieron que defenderse del terrorismo patronal en 1920-24, o cuando hubieron de resistirse a los organismos estatales corporativos que quiso implantar la Dictadura de Primo de Rivera; y también en el periodo 1931-33, cuando los obreros trataron de pasar a la ofensiva mediante insurrecciones. Organizar sindicatos en 1976, aunque fuesen “únicos”, con un capitalismo desarrollado y en crisis, significaba integrar a los trabajadores en el mercado laboral a la baja. Prolongar la tarea de las Comisiones Obreras en el franquismo. El sindicalismo, si se llamaba revolucionario, no tenía otra opción que actuar dentro del capitalismo a la defensiva. La “acción directa”, la “democracia directa” ya no eran posibles a la sombra de los sindicatos. Las condiciones modernas de lucha exigían otra forma de organización de acuerdo con los nuevos tiempos porque ante una ofensiva capitalista paralizada el proletariado tenía que pasar al ataque. Las asambleas, los piquetes y los comités de huelga eran los organismos unitarios adecuados. Lo que les faltaba para llegar a Consejos Obreros era una mayor y más estable coordinación y la conciencia de lo que estaban haciendo. En algún momento se consiguió: en Vitoria, en Elche, en Gavá… pero no fue suficiente. ¿En qué medida pues la teoría consejista en tanto que expresión teórica más real del movimiento obrero sirvió para que “la clase llamada a la acción” tomase conciencia de la naturaleza de su proyecto indicándole el camino? En muy poca. La teoría de los Consejos tuvo muchos más practicantes inconscientes que partidarios. Las asambleas y los comités representativos eran órganos espontáneos de lucha todavía sin conciencia plena de ser, al mismo tiempo órganos efectivos de poder obrero. Con la extensión de las huelgas las funciones de las asambleas se ampliaban y abarcaban cuestiones extra laborales. El poder de las asambleas afectaba a todas las instituciones del Capital y el Estado, incluidos los partidos y sindicatos, que trabajaban conjuntamente para desactivarlo. Parece que los únicos en no darse cuenta de ello fueron los propios obreros. La consigna “Todo el poder a las asambleas” o significaba “ningún poder a los partidos, a los sindicatos y al Estado”, o no significaba nada. Al no plantearse seriamente los problemas que su propio poder levantaba, la ofensiva obrera no acababa de cuajar. Los trabajadores podían con menos desgaste renunciar a su anti sindicalismo primario y servirse de los intermediarios habituales entre Capital y Trabajo, los sindicatos. En ausencia de perspectivas revolucionarias las asambleas acaban por ser inútiles y aburridas, y los Consejos Obreros, inviables. El sistema de Consejos no funciona sino como forma de lucha de una clase obrera revolucionaria, y en 1973 la clase volvía la espalda a una segunda revolución.

LAS MALAS AUTONOMÍAS

Un error estratégico descomunal que sin duda contribuyó a la derrota, fue la decisión de la mayoría de activistas autónomos de las fábricas y los barrios de participar en la reconstrucción de la CNT con la ingenua convicción de crear un aglutinante de todos los anti autoritarios. Un montón de trabajo colectivo de coordinación se evaporó. La experiencia resultó fallida en muy corto espacio de tiempo pero el precio que se pagó en desmovilización fue alto. La CNT trató de sindicalizar el asambleísmo obrero de diversas maneras según de qué fracción se tratara, contribuyendo a su asfixia. También puso su grano de arena en la derrota mencionada el obrerismo obtuso que se manifestó en la tendencia “por la autonomía de la clase”, partidaria de colaborar con los sindicatos y de encajonar las asambleas en el terreno sindical de las reivindicaciones parciales separadas. La última palabra de esa línea militante fue la autogestión de la miseria (trasformación de fábricas en quiebra en cooperativas, candidaturas electorales “autónomas”, representación “mixta” asamblea-sindicato, lenguaje conciliador, tolerancia con la religión, etc.). Es propio de los tiempos en que los revolucionarios tienen razón que los mayores enemigos del proletariado se presenten como partidarios de las asambleas para mejor sabotearlas. Ese fue el caso de docenas de grupúsculos y “movimientos” seudo autónomos y seudo consejistas que aspiraban a ejercer de mediadores entre los obreros asamblearios y los sindicatos. Sin embargo, poca influencia tuvo la autonomía “a la italiana”, pues su importación como ideología leninistoide tuvo lugar al final del periodo asambleario y la intoxicación ocurrió post festum. En realidad, lo que se importó no fueron las prácticas del movimiento de 1977 en varias ciudades italianas bautizado como Autonomia Operaia, sino la parte más retardataria y espectacular de dicha “autonomía”, la que correspondía a la descomposición del bolchevismo milanés -Potere Operaio- especialmente las masturbaciones literarias de los que fueron señalados por la prensa como líderes, a saber, Negri, Piperno, Scalzone… En resumen, muy pocos grupos fueron consecuentes en la defensa activa de la autonomia obrera aparte de los Trabajadores por la Autonomía Proletaria (consejistas libertarios), algunos colectivos de fábrica (por ejemplo, los de FASA-Renault, los de Roca radiadores, los estibadores del puerto de Barcelona…) y los Grupos Autónomos. Detengámonos en estos últimos.

LA AUTONOMÍA ARMADA

La organización ‘1000′ o “MIL” (Movimiento Ibérico de Liberación) pionera en tantas cosas, se autodenominó en 1972 “Grupos Autónomos de Combate” (GAC). La lucha armada debutaba con la finalidad de apoyar a la clase obrera para radicalizarla, no para sustituirla. Así de “autónomos” se consideraron después los grupos que se coordinaron en 1974 para sostener y liberar a los presos del MIL- que la policía denominó OLLA- y los grupos que siguieron en 1976, quienes tras un debate en la prisión de Segovia adoptaron el nombre de “Grupos Autónomos” o GGAA (en 1979). Sin ánimo de dar lecciones a toro pasado señalaremos no obstante que el considerarse una parte del embrión del futuro “ejército de la revolución” o la “fracción armada del proletariado revolucionario” era algo, además de criticable, falso de principio. Todos los grupos, practicasen o no la lucha armada, eran grupos separados que no se representaban más que a sí mismos, eso es lo que realmente quiere decir ser “autónomos”. Autonomía que, dicho sea de paso, había que poner en entredicho al existir en el MIL una especialización de tareas que dividía a sus miembros en teóricos y activistas. El proletariado se representa a sí mismo como clase a través de sus propios órganos. Y nunca se arma sino cuando lo necesita, cuando se dispone a destruir el Estado. Pero entonces no se arma una fracción sino toda la clase, formando sus milicias, “el proletariado en armas”. La existencia de grupos armados, incluso al servicio de las huelgas salvajes, no aportaba nada a la autonomía de la lucha por cuanto que se trataba de gente al margen de la decisión colectiva y fuera del control de las asambleas. Eran un poder separado, y más que una ayuda un peligro si eran infiltrados por algún confidente o provocador. En la fase en que se encontraba la lucha, bastaban los piquetes. La identificación entre lucha armada y radicalización era abusiva. La práctica más radical de la lucha de clases no eran las expropiaciones o los petardos en empresas y sedes de organismos oficiales. Lo realmente radical era aquello que ayudaba al proletariado a pasar a la ofensiva: la generalización de la insubordinación contra toda jerarquía, el sabotaje de la producción y el consumo capitalistas, las huelgas salvajes, los delegados revocables, la coordinación de las luchas, su autodefensa, la creación de medios informativos específicamente obreros, el rechazo del nacionalismo y del sindicalismo, las ocupaciones de fábricas y edificios públicos, las barricadas… La aportación a la autonomía del proletariado de los grupos mencionados quedaba limitada por su posición voluntarista en la cuestión de las armas.

En el caso particular de los Grupos Autónomos consta que deseaban situarse en el interior de las masas y que perseguían su radicalización máxima, pero las condiciones de clandestinidad que imponía la lucha armada les alejaban de ellas. Eran plenamente lúcidos en cuanto a lo que podía servir a la expresión de la lucha de clases, es decir, en cuanto a la autonomía proletaria. Conocían la herencia de Mayo del 68 y condenaban toda ideología como elemento de separación, incluso la ideología de la autonomía, puesto que en los periodos ascendentes los enemigos de la autonomía son los primeros en declararse por la autonomía. Según uno de sus comunicados, la autonomía del grupo simplemente era “no sólo una práctica común basada en un mínimo de acuerdos para la acción, sino también en una teoría autónoma correspondiente a nuestra manera de vivir, de luchar y de nuestras necesidades concretas”. Se llegaron a sacar la “L” de libertarios para evitar ser etiquetados y caer en la oposición espectacular anarquismo-marxismo. También para no ser recuperados por la CNT en tanto que anarquistas, organización a la que por sindical consideraban burocrática, integradora y favorable a la existencia del trabajo asalariado y en consecuencia, del capital. No tenían vocación de permanencia como los partidos porque rechazaban el poder; todo grupo verdaderamente autónomo se organizaba para unas tareas concretas y se disolvía cuando dichas tareas finalizaban. La represión les puso abrupto fin pero su práctica resulta, tanto en sus aciertos como en sus fallos, ejemplar y por lo tanto, pedagógica.

LA TÁCTICA AUTÓNOMA

Entre los ambientes proletarios de los sesenta y setenta y el mundo tecnificado y globalizado media un abismo. Vivimos una realidad histórica radicalmente diferente creada sobre las ruinas de la anterior. El movimiento obrero se esfumó, por eso hablar de “autonomía”, ibérica o no, no tiene sentido si con ello tratamos de adherirnos a una figura inexistente del proletariado y edificar sobre ella un programa de acción fantasmagórico, basada en una ideología hecha de pedazos de otras. En el peor de los casos significaría la resurrección del cadáver leninista y de la idea de “vanguardia”, lo más opuesto a la autonomía. Tampoco se trata de distraerse en el ciberespacio, ni en el “movimiento de movimientos”, exigiendo la democratización del orden establecido mediante la participación en sus instituciones de los pretendidos representantes de la sociedad civil. No hay sociedad civil, dicha “sociedad” se halla disgregada en sus componentes básicos: los individuos, y éstos no sólo están separados de los resultados y productos de su actividad, sino que están separados unos de otros. Toda la libertad que la sociedad capitalista pueda ofrecer reposa, no en la asociación entre individuos autónomos sino en su separación y desposesión más completa, de forma que un individuo descubra en otro no un apoyo a su libetad sino un competidor y un obstáculo. Esa separación la técnica digital viene a consumarla en tanto que comunicación virtual. Los individuos entonces para relacionarse dependen absolutamente de los medios técnicos, pero lo que obtienen no es un contacto real sino una relacion en el éter. En el extremo los individuos adictos a los aparatos son incapaces de mantener relaciones directas con sus semejantes. Las tecnologías de la información y de la comunicación han llevado a cabo el viejo proyecto burgués de la separación total de los individuos entre si y a su vez han creado la ilusión de una autonomía individual gracias al funcionamiento en red que aquellas han hecho posible. Por una parte crean un individuo totalmente dependiente de las máquinas, y por lo tanto perfectamente controlable; por la otra, imponen las condiciones en las que se desenvuelve toda actividad social, le marcan los ritmos y exigen una adaptación permanente a los cambios. Quien ha conquistado la autonomía no es pues el individuo sino la técnica. A pesar de todo, si la autonomía individual es imposible en las condiciones productivas actuales, la lucha por la autonomía no lo es, aunque no deberá reducirse a un descuelgue del modo de sobrevivir capitalista técnicamente equipado. Negarse a trabajar, a consumir, a usar artefactos, a ir en vehículo privado, a vivir en ciudades, etc., constituye de por si un vasto programa, pero la supervivencia bajo el capitalismo impone sus reglas. La autonomía personal no es simple autosuficiencia pagada con el aislamiento y la marginación de los que se escape con la telefonía móvil y el correo electrónico. La lucha contra dichas reglas y constricciones es hoy el abecedario de la autonomía individual y tiene ante si muchas vías, todas legítimas. El sabotaje será complementario del aprender un oficio extinguido o del practicar el trueque. Lo que define la autonomía de alguien respecto al Poder dominante, es su capacidad de defensa frente al mismo. En cuanto a la acción colectiva, hoy resultan imposibles los movimientos conscientes de masas, porque no hay conciencia de clase. Las masas son exactamente lo contrario de las clases. Sin clase obrera es absurdo hablar de “autonomía obrera”, pero no lo es hablar de grupos autónomos. Las condiciones actuales no son tan desastrosas como para no permitir la organización de grupos con vistas a acciones concretas defensivas. El avance del capitalismo espectacular se efectúa siempre como agresión, a la que hay que responder donde se pueda: contra el TAV, los parques eólicos, las incineradoras, los campos de golf, los planes hidrológicos, los puertos deportivos, las autopistas, las líneas de alta tensión, las segundas residencias, las pistas de esquí, los centros comerciales, la especulación inmobiliaria, la precariedad, los productos transgénicos… Se trata de establecer líneas de resistencia desde donde reconstruir un medio refractario al capital en el que cristalice de nuevo la conciencia revolucionaria. Si el mundo no está para grandes estrategias, sí lo está en cambio para acciones de guerrilla y la fórmula organizativa más conveniente son los grupos autónomos. Esa es la autonomía que interesa.

Gran Inauguración…ya…

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