¿QUÉ FUE LA AUTONOMÍA OBRERA?

•Julio 3, 2009 • Deja un comentario

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¿QUÉ FUE LA AUTONOMÍA OBRERA?

Miguel Amorós

La palabra “autonomía” ha estado relacionada con la causa de la emancipación del proletariado desde hace tiempo. En el Manifiesto Comunista Marx definía al movimiento obrero como “el movimiento autónomo de la inmensa mayoría en provecho de la inmensa mayoría”. Más tarde, pero basándose en la experiencia de 1848, en “La Capacidad Política de la Clase Obrera” Proudhon afirmaba que para que una clase actuase de manera específica había de cumplir los tres requerimientos de la autonomía: que tuviera consciencia de si misma, que como consecuencia afirmase “su idea”, es decir, que conociese “la ley de su ser” y que supiese “expresarla por la palabra y explicarla por la razón”, y que de esa idea sacase conclusiones prácticas. Tanto Marx como Proudhon habían sido testigos de la influencia de la burguesía radical en los rangos obreros y trataban de que el proletariado se separase políticamente de ella. La autonomía obrera quedó definitivamente expresada en la fórmula de la Primera Internacional: “la emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos”.

En la etapa posterior a la insurrección de La Commune de Paris y dentro de la doble polémica entre legalistas y clandestinos, colectivistas y comunistas, que dividía al movimiento anarquista, la cuestión de la autonomía derivaba hacia el problema de la organización. En condiciones de retroceso revolucionario y de represión creciente, la publicación anarquista de Sevilla La Autonomía defendía en 1883 la independencia absoluta de las Federaciones locales y su organización secreta. Los comunistas libertarios elevaban la negación de la organización de masas a la categoría de principio. Los colectivistas catalanes escribían en la Revista Social que “los comunistas anárquicos no aceptan más que la organización de grupos y no tienen organizadas secciones de oficios, federaciones locales ni comarcales [...]. La constitución de grupos aislados, tan completamente autónomos como sus individuos, que muchas veces no estando conformes con la opinión de la mayoría, se retiran de un grupo para constituir otro…” (n° 12. 1885, Sants). El concepto de la autonomía se desplazaba hacia la organización revolucionaria. En 1890 existía en Londres un grupo anarquista de exiliados alemanes cuyo órgano de expresión La Autonomía hacía efectivamente hincapié en la libertad individual y en la independencia de los grupos. Frente al reformismo de la política socialista y el aventurerismo de la propaganda por el hecho que caracterizó un periodo concreto del anarquismo, volvió a plantearse la cuestión de la autonomía obrera, es decir, del movimiento independiente de los trabajadores. Así surgió el sindicalismo revolucionario, teoría que propugnaba la autoorganización obrera a través de los sindicatos, libres de cualquier tutela ideológica o política. Mediante la táctica de la huelga general, los sindicatos revolucionarios aspiraban a ser órganos insurreccionales y de emancipación social. Por otro lado, las revoluciones rusa y alemana levantaron un sistema de autogobierno obrero, los consejos de obreros y soldados. Tanto los sindicatos como los consejos eran organismos unitarios de clase, solo que los primeros eran más apropiados para la defensa y los segundos para el ataque, aunque unos y otros desempeñaron ambas funciones. Los dos conocieron sus límites históricos y ambos sucumbieron a la burocratización y a la recuperación. También la cuestión de la autonomía alcanzó los modos de expropiación en el periodo revolucionario. En 1920 el marxista consejista Karl Korsch designaba la “autonomía industrial” como una forma superior de socialización que vendría a coincidir con la “colectivización” anarcosindicalista y con lo que en los años sesenta se llamo autogestión.

También el pensamiento burgués recurrió al concepto. Kant hablaba de autonomía en referencia al individuo consciente. “Autónomo” era el burgués idealizado como lo es hoy el hombre de Castoriadis. Al ciudadano responsable de una sociedad capaz de dotarse de sus propias leyes este gelatinoso ideólogo le llama “autónomo” (como los diccionarios). Además, a las palabras “autonomía” o “autónomo” se las puede encontrar en boca de un ciudadanista o de un nacionalista, pronunciadas por un universitario toninegrista o dicha por un okupa…. Definen pues realidades diferentes y responden a conceptos distintos. Los Comandos Autónomos Anticapitalistas se llamaron así en 1976 para señalar su carácter no jerárquico y sus distancias con ETA, pero en otros ámbitos, “autónomo” es como se llama aquél que rehuye calificarse de anarquista para evitar el reduccionismo que implica esa marca, y “autónomo” es además el entusiasta de Hakim Bey o el partidario de una moda italiana de la que existen vanas y muy desiguales versiones, la peor de todas inventada por el profesor Negri en 1977 cuando era leninista creativo… La autonomía obrera tiene un significado inequívoco que se muestra durante un periodo de la historia concreto: como tal, aparece en la península a principios de los setenta en tanto que conclusión fundamental de la lucha de clases de la década anterior.

LOS AÑOS PREAUTONÓMICOS

No es casual que cuando los obreros comenzaban a radicalizar su movimiento reivindicaran su “autonomía”, es decir, la independencia frente a representaciones exteriores, bien fueran la burocracia vertical del Estado, los partidos de oposición o los grupos sindicales clandestinos. Pues para ellos de eso se trataba, de actuar en conjunto, de llevar directamente sus propios asuntos con sus propias normas, de tomar sus propias decisiones y de definir su estrategia y su táctica de lucha, en suma, de constituirse como clase revolucionaria. El movimiento obrero moderno, es decir, el que apareció tras la guerra civil, arrancó en los años sesenta una vez agotado el que representaban las centrales CNT y UGT. Lo formaron mayoritariamente obreros de extracción campesina, emigrados a las ciudades y alojados en barrios periféricos de “casas baratas”, bloques de patronatos y chabolas. Desde 1958, inicio del primer Plan de Desarrollo franquista, la industria y los servicios experimentaron un fuerte auge que se tradujo en una oferta generalizada de trabajo. Sobrevino la despoblación de las áreas rurales y la muerte de la agricultura tradicional, alumbrándose en los núcleos urbanos barriadas obreras de nuevo cuño. Las condiciones de explotación de la población obrera de entonces -bajos salarios, horarios prolongados, malos alojamientos, lugar de trabajo alejado, deficientes infraestructuras, analfabetismo, hábitos de servidumbre- hacían de ella una clase abandonada y marginal que, no obstante, supo abrirse camino y defender su dignidad a bocados. La protesta se coló por las iglesias y por los resquicios del Sindicato Vertical que pronto se revelaron estrechos y sin salida. En Madrid, Vizcaya, Asturias, Barcelona y otros lugares, l@s obrer@s, junto con sus representantes elegidos en el marco de la ley de jurados, comenzaron a reunirse en asambleas para tratar cuestiones laborales, estableciendo una red informal de contactos que dio pie a las originales “Comisiones Obreras”. Dichas comisiones se movían dentro de la legalidad, aunque, dados sus límites, se salían frecuentemente de ella o se la saltaban si era necesario. La estructura informal de las Comisiones Obreras, su autolimitación reivindicativa y su cobertura católico vertical, en una época intensamente represiva, fueron eficaces en los primeros momentos; a la sombra de la ley de convenios, las Comisiones llevaron a cabo importantes huelgas, creadoras de una nueva conciencia de clase. Pero en la medida en que dicha conciencia ganaba en solidez, se contemplaba la lucha obrera no simplemente contra el patrón, sino contra el capital y el Estado encarnado en la dictadura de Franco. El objetivo final de la lucha no era más que el “socialismo”, o sea, la apropiación de los medios de producción por parte de los mismos trabajadores. Después de Mayo del 68 ya se habló de “autogestión”. Las Comisiones Obreras habían de asumir ese objetivo y radicalizar sus métodos abriéndose a todos los trabajadores. Pronto se dio cuenta el régimen franquista del peligro y las reprimió; pronto se dieron cuenta los partidos con militantes obreros -el PCE y el FLP- de su utilidad como instrumento político y las recuperaron.

La única posibilidad de sindicalismo era la ofrecida por el régimen, por lo que el PCE y sus aliados católicos aprovecharon la ocasión construyendo un sindicato dentro de otro, el oficial. El ascenso de la influencia del PCE a partir de 1968 asentó el reformismo y conjuró la radicalización de Comisiones. Las consecuencias habrían sido graves si la incrustación del PCE no hubiera sido relativa: por un lado la representación obrera se separaba de las asambleas y escapaba al control de la base. El protagonismo recaía en exclusiva sobre los supuestos líderes. Por otro lado el movimiento obrero se circunscribía en una práctica legalista, soslayando en lo posible el recurso a la huelga, solamente empleado como demostración de fuerza de los dirigentes. La lucha obrera perdía su carácter anticapitalista recién adquirido. Finalmente se despolitizaba la lucha al tutelar los comunistas la orientación del movimiento. Los objetivos políticos pasaban de ser los del “socialismo” a los de la democracia burguesa. La jugada estaba clara: las “Comisiones Obreras” se erigían en interlocutores únicos de la patronal en las negociaciones laborales, ninguneando a los trabajadores. Ese pretendido diálogo sindical no era más que el reflejo del diálogo político-institucional perseguido por el PCE. El reformismo estalinista no triunfó, pero provocó la división del movimiento obrero arrastrando a la fracción más moderada y proclive al aburguesamiento; sin embargo, la conciencia de clase se había desarrollado lo suficiente como para que los sectores obreros más avanzados defendieran primero dentro, y después fuera de Comisiones, tácticas más congruentes, impulsando organizaciones de base más combativas llamadas según los lugares “comisiones obreras de fábrica”, “plataformas de comisiones”, “comités obreros” o “grupos obreros autónomos”. Por primera vez la palabra “autónomo” surgía en el área de Barcelona para subrayar la independencia de un grupo partidario de la democracia directa de los trabajadores frente a los partidos y a cualquier organización vanguardista. Además habiendo permitido los resquicios de una ley la creación de asociaciones de vecinos, la lucha se trasladó a los barrios y entró en el ámbito de la vida cotidiana. Del mismo modo, en las barriadas y los pueblos, se planteó la alternativa de permanecer en el marco institucional de las asociaciones o de organizar comités de barrio e ir a la asamblea de barrio como órgano representativo.

EL MOMENTO DE LA AUTONOMÍA

La resistencia del régimen franquista a cualquier veleidad reformista hizo que las huelgas a partir de la del sector de la construcción en Granada, en 1969, fuesen siempre salvajes y duras, imposibles de desarrollarse bajo la legalidad que querían mantener los estalinistas. Los obreros anticapitalistas entendían que lejos de amontonarse a las puertas de la CNS esperando los resultados de las gestiones de los representantes legales, lo que había que hacer era celebrar asambleas en las mismas fábricas, en el tajo o en el barrio y elegir allí a sus delegados, que no habían de ser permanentes, sino revocables en todo momento. Aunque solo fuera para resistir a la represión, un delegado debía durar el tiempo entre dos asambleas, y un comité de huelga, el tiempo de una huelga. La asamblea era soberana porque representaba a todos los trabajadores. La vieja táctica de obligar al patrón a negociar con delegados asamblearios “ilegales” extendiendo la lucha a todo el ramo productivo o convirtiendo la huelga en huelga general mediante los “piquetes”, es decir la “acción directa”, conquistaba cada vez más adeptos. Con la solidaridad la conciencia de clase hacía progresos, mientras que las manifestaciones verificaban ese avance cada vez más escandaloso. Los obreros habían perdido el miedo a la represión y le hacían frente en la calle. Cada manifestación era no sólo una protesta contra la patronal sino que, al ser tenida como una alteración del orden público, era una desautorización política del Estado. Ahora, el proletariado si quería avanzar tenía que separarse de todos los que hablaban en su nombre -que con la aparición de los grupos y partidos a la izquierda del PCE eran legión- y pretendían controlarlo. Debía “autoorganizarse”, o sea, “conquistar su autonomía”, como se dijo en Mayo del 68 y rechazar las pretensiones dirigentes que se atribuían el PCE y las demás organizaciones leninistas. Entonces empezó a hablarse de la “autonomía proletaria”, de “luchas autónomas”, entendiendo por ello las luchas realizadas al margen de los partidos y sindicatos y de “grupos autónomos”, grupos de trabajadores revolucionarios llevando una actividad práctica autónoma en el seno de la clase obrera con el objetivo claro de contribuir a su “toma de conciencia”. Salvando las distancias históricas e ideológicas, los grupos autónomos no podían ser diferentes de aquellos grupos de “afinidad” de la antigua FAI la de antes de 1937. Solo que aquellos “sindicatos únicos” entre los que se movían ni eran posibles ni tampoco deseables.

Los primeros setenta acabaron el proceso de industrialización emprendido por los tecnócratas franquistas con el resultado no deseado de la cristalización de una nueva clase obrera cada vez más convencida de sus posibilidades históricas y más dispuesta a la lucha. El miedo al proletariado empujaba el régimen franquista al autoritarismo perpetuo contra el que conspiraban incluso los nuevos valores burgueses y religiosos. La muerte del dictador aflojó la represión justo lo suficiente como para que se desencadenase un proceso imparable de huelgas en todo el país. El reformismo sindical estalinista fue completamente desbordado. La continua celebración de asambleas con la finalidad de resolver los problemas reales de los trabajadores en la empresa, en el barrio y hasta en su casa de acuerdo con sus intereses de clase más elementales, no tenía ante sí a ningún aparato burocrático que la frenase. Los enlaces de Comisiones y los responsables comunistas no eran tolerados sino en la medida en que no incomodaban, viéndose obligados a fomentar las asambleas si querían ejercer el menor control. Las masas trabajadoras empezaban a ser conscientes del papel de sujeto principal en el desarrollo de los acontecimientos y rechazaban una reglamentación político-sindical de los problemas que concernían a su vida real. En 1976 las ideas de autoorganización, autogestión generalizada y revolución social podían revestir fácilmente una expresión de masas inmediata. Así, las vías que conducían a las mismas quedaban abiertas. La dinámica social de las asambleas empujaba a los obreros a tomar en sus manos todos los asuntos que les concernían, empezando por el de la autonomía. Numerosos consejos de fábrica se constituyeron, conectados con los barrios. Ese modo de acción autónoma que llevaba a las masas a salir del medio laboral y a pisar sembrados que hasta entonces parecían ajenos debió causar verdadero pánico en la clase dominante, puesto que ametralló a los obreros en Vitoria, liquidó la reforma continuista del franquismo, disolvió el sindicato vertical con las Comisiones adentro y legalizó a los partidos y sindicatos. El Pacto de La Moncloa de todos los partidos y sindicatos fue un pacto contra las asambleas. No nos detendremos a narrar las peripecias del movimiento asambleario, ni en contar el número de obreros caídos: baste con afirmar que el movimiento fue derrotado en 1978 después de tres años de arduos combates. El Estatuto de los Trabajadores promulgado por el nuevo régimen “democrático” en 1980 sentenció legalmente las asambleas. Las elecciones sindicales proporcionaron un contingente de profesionales de la representación que con la ayuda de asambleístas contemporizadores secuestraron la dirección de las luchas. Eso no significa que las asambleas desapareciesen, lo que realmente desapareció fueron su independencia y su capacidad defensiva, y tal extravío fue seguido de una degradación irreversible de la conciencia de clase que ni la resistencia a la reestructuración económica de los ochenta pudo detener.

AUTONOMÍA Y CONSEJOS OBREROS

La teoría que mejor podía servir a la autonomía obrera no era el anarco sindicalismo sino la teoría consejista. En efecto, la formación de “sindicatos únicos” correspondía a una fase del capitalismo español completamente superada en la que predominaba la pequeña empresa y una mayoría campesina subsistía al margen. El capitalismo español estaba entonces en expansión y el sindicato era un organismo proletario eminentemente defensivo. Los que conocen la historia previa a la guerra civil saben los problemas que causó la mentalidad sindical cuando los obreros tuvieron que defenderse del terrorismo patronal en 1920-24, o cuando hubieron de resistirse a los organismos estatales corporativos que quiso implantar la Dictadura de Primo de Rivera; y también en el periodo 1931-33, cuando los obreros trataron de pasar a la ofensiva mediante insurrecciones. Organizar sindicatos en 1976, aunque fuesen “únicos”, con un capitalismo desarrollado y en crisis, significaba integrar a los trabajadores en el mercado laboral a la baja. Prolongar la tarea de las Comisiones Obreras en el franquismo. El sindicalismo, si se llamaba revolucionario, no tenía otra opción que actuar dentro del capitalismo a la defensiva. La “acción directa”, la “democracia directa” ya no eran posibles a la sombra de los sindicatos. Las condiciones modernas de lucha exigían otra forma de organización de acuerdo con los nuevos tiempos porque ante una ofensiva capitalista paralizada el proletariado tenía que pasar al ataque. Las asambleas, los piquetes y los comités de huelga eran los organismos unitarios adecuados. Lo que les faltaba para llegar a Consejos Obreros era una mayor y más estable coordinación y la conciencia de lo que estaban haciendo. En algún momento se consiguió: en Vitoria, en Elche, en Gavá… pero no fue suficiente. ¿En qué medida pues la teoría consejista en tanto que expresión teórica más real del movimiento obrero sirvió para que “la clase llamada a la acción” tomase conciencia de la naturaleza de su proyecto indicándole el camino? En muy poca. La teoría de los Consejos tuvo muchos más practicantes inconscientes que partidarios. Las asambleas y los comités representativos eran órganos espontáneos de lucha todavía sin conciencia plena de ser, al mismo tiempo órganos efectivos de poder obrero. Con la extensión de las huelgas las funciones de las asambleas se ampliaban y abarcaban cuestiones extra laborales. El poder de las asambleas afectaba a todas las instituciones del Capital y el Estado, incluidos los partidos y sindicatos, que trabajaban conjuntamente para desactivarlo. Parece que los únicos en no darse cuenta de ello fueron los propios obreros. La consigna “Todo el poder a las asambleas” o significaba “ningún poder a los partidos, a los sindicatos y al Estado”, o no significaba nada. Al no plantearse seriamente los problemas que su propio poder levantaba, la ofensiva obrera no acababa de cuajar. Los trabajadores podían con menos desgaste renunciar a su anti sindicalismo primario y servirse de los intermediarios habituales entre Capital y Trabajo, los sindicatos. En ausencia de perspectivas revolucionarias las asambleas acaban por ser inútiles y aburridas, y los Consejos Obreros, inviables. El sistema de Consejos no funciona sino como forma de lucha de una clase obrera revolucionaria, y en 1973 la clase volvía la espalda a una segunda revolución.

LAS MALAS AUTONOMÍAS

Un error estratégico descomunal que sin duda contribuyó a la derrota, fue la decisión de la mayoría de activistas autónomos de las fábricas y los barrios de participar en la reconstrucción de la CNT con la ingenua convicción de crear un aglutinante de todos los anti autoritarios. Un montón de trabajo colectivo de coordinación se evaporó. La experiencia resultó fallida en muy corto espacio de tiempo pero el precio que se pagó en desmovilización fue alto. La CNT trató de sindicalizar el asambleísmo obrero de diversas maneras según de qué fracción se tratara, contribuyendo a su asfixia. También puso su grano de arena en la derrota mencionada el obrerismo obtuso que se manifestó en la tendencia “por la autonomía de la clase”, partidaria de colaborar con los sindicatos y de encajonar las asambleas en el terreno sindical de las reivindicaciones parciales separadas. La última palabra de esa línea militante fue la autogestión de la miseria (trasformación de fábricas en quiebra en cooperativas, candidaturas electorales “autónomas”, representación “mixta” asamblea-sindicato, lenguaje conciliador, tolerancia con la religión, etc.). Es propio de los tiempos en que los revolucionarios tienen razón que los mayores enemigos del proletariado se presenten como partidarios de las asambleas para mejor sabotearlas. Ese fue el caso de docenas de grupúsculos y “movimientos” seudo autónomos y seudo consejistas que aspiraban a ejercer de mediadores entre los obreros asamblearios y los sindicatos. Sin embargo, poca influencia tuvo la autonomía “a la italiana”, pues su importación como ideología leninistoide tuvo lugar al final del periodo asambleario y la intoxicación ocurrió post festum. En realidad, lo que se importó no fueron las prácticas del movimiento de 1977 en varias ciudades italianas bautizado como Autonomia Operaia, sino la parte más retardataria y espectacular de dicha “autonomía”, la que correspondía a la descomposición del bolchevismo milanés -Potere Operaio- especialmente las masturbaciones literarias de los que fueron señalados por la prensa como líderes, a saber, Negri, Piperno, Scalzone… En resumen, muy pocos grupos fueron consecuentes en la defensa activa de la autonomia obrera aparte de los Trabajadores por la Autonomía Proletaria (consejistas libertarios), algunos colectivos de fábrica (por ejemplo, los de FASA-Renault, los de Roca radiadores, los estibadores del puerto de Barcelona…) y los Grupos Autónomos. Detengámonos en estos últimos.

LA AUTONOMÍA ARMADA

La organización ‘1000′ o “MIL” (Movimiento Ibérico de Liberación) pionera en tantas cosas, se autodenominó en 1972 “Grupos Autónomos de Combate” (GAC). La lucha armada debutaba con la finalidad de apoyar a la clase obrera para radicalizarla, no para sustituirla. Así de “autónomos” se consideraron después los grupos que se coordinaron en 1974 para sostener y liberar a los presos del MIL- que la policía denominó OLLA- y los grupos que siguieron en 1976, quienes tras un debate en la prisión de Segovia adoptaron el nombre de “Grupos Autónomos” o GGAA (en 1979). Sin ánimo de dar lecciones a toro pasado señalaremos no obstante que el considerarse una parte del embrión del futuro “ejército de la revolución” o la “fracción armada del proletariado revolucionario” era algo, además de criticable, falso de principio. Todos los grupos, practicasen o no la lucha armada, eran grupos separados que no se representaban más que a sí mismos, eso es lo que realmente quiere decir ser “autónomos”. Autonomía que, dicho sea de paso, había que poner en entredicho al existir en el MIL una especialización de tareas que dividía a sus miembros en teóricos y activistas. El proletariado se representa a sí mismo como clase a través de sus propios órganos. Y nunca se arma sino cuando lo necesita, cuando se dispone a destruir el Estado. Pero entonces no se arma una fracción sino toda la clase, formando sus milicias, “el proletariado en armas”. La existencia de grupos armados, incluso al servicio de las huelgas salvajes, no aportaba nada a la autonomía de la lucha por cuanto que se trataba de gente al margen de la decisión colectiva y fuera del control de las asambleas. Eran un poder separado, y más que una ayuda un peligro si eran infiltrados por algún confidente o provocador. En la fase en que se encontraba la lucha, bastaban los piquetes. La identificación entre lucha armada y radicalización era abusiva. La práctica más radical de la lucha de clases no eran las expropiaciones o los petardos en empresas y sedes de organismos oficiales. Lo realmente radical era aquello que ayudaba al proletariado a pasar a la ofensiva: la generalización de la insubordinación contra toda jerarquía, el sabotaje de la producción y el consumo capitalistas, las huelgas salvajes, los delegados revocables, la coordinación de las luchas, su autodefensa, la creación de medios informativos específicamente obreros, el rechazo del nacionalismo y del sindicalismo, las ocupaciones de fábricas y edificios públicos, las barricadas… La aportación a la autonomía del proletariado de los grupos mencionados quedaba limitada por su posición voluntarista en la cuestión de las armas.

En el caso particular de los Grupos Autónomos consta que deseaban situarse en el interior de las masas y que perseguían su radicalización máxima, pero las condiciones de clandestinidad que imponía la lucha armada les alejaban de ellas. Eran plenamente lúcidos en cuanto a lo que podía servir a la expresión de la lucha de clases, es decir, en cuanto a la autonomía proletaria. Conocían la herencia de Mayo del 68 y condenaban toda ideología como elemento de separación, incluso la ideología de la autonomía, puesto que en los periodos ascendentes los enemigos de la autonomía son los primeros en declararse por la autonomía. Según uno de sus comunicados, la autonomía del grupo simplemente era “no sólo una práctica común basada en un mínimo de acuerdos para la acción, sino también en una teoría autónoma correspondiente a nuestra manera de vivir, de luchar y de nuestras necesidades concretas”. Se llegaron a sacar la “L” de libertarios para evitar ser etiquetados y caer en la oposición espectacular anarquismo-marxismo. También para no ser recuperados por la CNT en tanto que anarquistas, organización a la que por sindical consideraban burocrática, integradora y favorable a la existencia del trabajo asalariado y en consecuencia, del capital. No tenían vocación de permanencia como los partidos porque rechazaban el poder; todo grupo verdaderamente autónomo se organizaba para unas tareas concretas y se disolvía cuando dichas tareas finalizaban. La represión les puso abrupto fin pero su práctica resulta, tanto en sus aciertos como en sus fallos, ejemplar y por lo tanto, pedagógica.

LA TÁCTICA AUTÓNOMA

Entre los ambientes proletarios de los sesenta y setenta y el mundo tecnificado y globalizado media un abismo. Vivimos una realidad histórica radicalmente diferente creada sobre las ruinas de la anterior. El movimiento obrero se esfumó, por eso hablar de “autonomía”, ibérica o no, no tiene sentido si con ello tratamos de adherirnos a una figura inexistente del proletariado y edificar sobre ella un programa de acción fantasmagórico, basada en una ideología hecha de pedazos de otras. En el peor de los casos significaría la resurrección del cadáver leninista y de la idea de “vanguardia”, lo más opuesto a la autonomía. Tampoco se trata de distraerse en el ciberespacio, ni en el “movimiento de movimientos”, exigiendo la democratización del orden establecido mediante la participación en sus instituciones de los pretendidos representantes de la sociedad civil. No hay sociedad civil, dicha “sociedad” se halla disgregada en sus componentes básicos: los individuos, y éstos no sólo están separados de los resultados y productos de su actividad, sino que están separados unos de otros. Toda la libertad que la sociedad capitalista pueda ofrecer reposa, no en la asociación entre individuos autónomos sino en su separación y desposesión más completa, de forma que un individuo descubra en otro no un apoyo a su libetad sino un competidor y un obstáculo. Esa separación la técnica digital viene a consumarla en tanto que comunicación virtual. Los individuos entonces para relacionarse dependen absolutamente de los medios técnicos, pero lo que obtienen no es un contacto real sino una relacion en el éter. En el extremo los individuos adictos a los aparatos son incapaces de mantener relaciones directas con sus semejantes. Las tecnologías de la información y de la comunicación han llevado a cabo el viejo proyecto burgués de la separación total de los individuos entre si y a su vez han creado la ilusión de una autonomía individual gracias al funcionamiento en red que aquellas han hecho posible. Por una parte crean un individuo totalmente dependiente de las máquinas, y por lo tanto perfectamente controlable; por la otra, imponen las condiciones en las que se desenvuelve toda actividad social, le marcan los ritmos y exigen una adaptación permanente a los cambios. Quien ha conquistado la autonomía no es pues el individuo sino la técnica. A pesar de todo, si la autonomía individual es imposible en las condiciones productivas actuales, la lucha por la autonomía no lo es, aunque no deberá reducirse a un descuelgue del modo de sobrevivir capitalista técnicamente equipado. Negarse a trabajar, a consumir, a usar artefactos, a ir en vehículo privado, a vivir en ciudades, etc., constituye de por si un vasto programa, pero la supervivencia bajo el capitalismo impone sus reglas. La autonomía personal no es simple autosuficiencia pagada con el aislamiento y la marginación de los que se escape con la telefonía móvil y el correo electrónico. La lucha contra dichas reglas y constricciones es hoy el abecedario de la autonomía individual y tiene ante si muchas vías, todas legítimas. El sabotaje será complementario del aprender un oficio extinguido o del practicar el trueque. Lo que define la autonomía de alguien respecto al Poder dominante, es su capacidad de defensa frente al mismo. En cuanto a la acción colectiva, hoy resultan imposibles los movimientos conscientes de masas, porque no hay conciencia de clase. Las masas son exactamente lo contrario de las clases. Sin clase obrera es absurdo hablar de “autonomía obrera”, pero no lo es hablar de grupos autónomos. Las condiciones actuales no son tan desastrosas como para no permitir la organización de grupos con vistas a acciones concretas defensivas. El avance del capitalismo espectacular se efectúa siempre como agresión, a la que hay que responder donde se pueda: contra el TAV, los parques eólicos, las incineradoras, los campos de golf, los planes hidrológicos, los puertos deportivos, las autopistas, las líneas de alta tensión, las segundas residencias, las pistas de esquí, los centros comerciales, la especulación inmobiliaria, la precariedad, los productos transgénicos… Se trata de establecer líneas de resistencia desde donde reconstruir un medio refractario al capital en el que cristalice de nuevo la conciencia revolucionaria. Si el mundo no está para grandes estrategias, sí lo está en cambio para acciones de guerrilla y la fórmula organizativa más conveniente son los grupos autónomos. Esa es la autonomía que interesa.

Gran Inauguración…ya…

•Mayo 6, 2009 • Deja un comentario

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Ké Huelga: Celebrando 10 años al aire

•Abril 23, 2009 • Deja un comentario

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7:00 a.m. Es temprano.

•Abril 15, 2009 • 1 comentario

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7:00 a.m. Es temprano.

Miriam Licón

Usaba unos guantes de cuero grueso en los que apenas se entreveía el color mostaza perdido en la espesa capa de suciedad acumulada en las jornadas de trabajo. Jalaba por toda la calle los tambos en los que echaba la basura que recogía de nuestras casas junto con la que amontonaba en las banquetas que barría a primera hora de la mañana. Si quería tirar la basura tenía que levantarme a las 7:00, porque a más tardar a las 7:30 Gonzalo ya se había ido. Eso se había convertido en una rutina cotidiana que marcaba el inicio del día. Todas las mañanas me asomaba por la ventana sólo para confirmar que el seguía allí. Mientras trabajé en el hospital siempre tuve el turno matutino, la primera persona a la que le daba los buenos días era a Gonzalo. Como me veía con el uniforme de enfermera aprovechaba para hacerme consultas, a veces sobre un medicamento para aliviar un padecimiento sencillo como quitar una gripe que ha durado más de una semana-lo que le pasaba frecuentemente a su esposa-, otras veces sobre la conveniencia para su joven hija de un parto natural o por cesárea. Nunca preguntaba sobre un remedio para él. En invierno muchas veces lo vi retar al frío con una camisa de manga corta. Se reía cada vez que le advertía sobre la epidemia de enfermedades respiratorias, “señora, eso nunca me pasa a mi, pase mi infancia sin zapatos y pocas veces he usado un sueter”.

El primer día que faltó fue un lunes. Lo recuerdo porque había acumulado más basura de lo usual ese fin de semana y lo esperé con los bultos listos frente a la puerta hasta bien entrada la mañana. Al siguiente día tampoco llegó, entonces pensé que estaba enfermo, pero con el paso de los días supe que no iba a regresar. No se donde vivía. No sabría decir cuantos años trabajó por estas calles, cuantos años lo vi frente a la casa, pero casi puedo asegurar que fueron los veinte. Hablamos cientos de veces, no puedo creer que no recuerde donde vivía, seguramente alguna vez me lo dijo pero lo he olvidado. Éramos casi de la misma edad. No creo que haya tenido más de setenta y cinco años. Cuando me cambié a esta casa Gonzalo era un hombre fuerte, movía los barriles de basura y las ramas de los árboles con gran facilidad. Fue hasta los últimos meses cuando esporádicamente traía algún ayudante. Empezó a trabajar por esta zona cuando se habitaron todos los departamentos. Fue el año en que todos recibimos créditos, a principios de los años ochenta. Todos los que trabajaban en el hospital y tenían familias se hicieron de una casa o un departamento. Yo era la única que vivía sola, sin nietos, sin hijos y a punto de jubilarme. Tenía entonces los cincuenta cumplidos. Coincidió que los nuevos departamentos se construyeron cerca de la casa de mi hermana Florencia. Una feliz coincidencia siendo México una ciudad tan grande. Cambiarme al departamento no fue un gran problema, tenía unos ahorros y con ello pagué una parte. Además el departamento que escogí era pequeño, una habitación, una salita, un baño, la cocina en la que apenas caben una mesa y los gabinetes con el fregadero y la estufa. Un pequeño jardín que pronto llené de plantas. Los claveles y las begonias siempre me han gustado. También puse una planta de alcatraz que me dio Manuel. Cuando me cambié ya estaba la tienda de Don Hernán en la esquina. Don Hernán era un hombre muy amable, rondaba los 80. Debe ser por eso que vi con naturalidad su muerte. Todos los vecinos fuimos a su entierro su muerte no tomó a nadie por sorpresa. Que muera un hombre mayor es de alguna forma natural. Cuando llegó fue algo comprensible.

Cuando pasaron los días y Gonzalo no regresaba confirmé que había muerto. Empezábamos a desaparecer… La certeza de que la vida se acaba llegó esa mañana. Gonzalo no padecía ninguna enfermedad, era simplemente que el tiempo se le había venido encima. Era simplemente que el tiempo se me venía encima.

Abrí la puerta y me dirigí directamente a la muchachita que había tomado su lugar. Tenía que echar a la incertidumbre de mis pensamientos. Me acerqué y me dijo buenos días sin verme a la cara, estaba ocupada vaciando el recogedor. Era una jovencita de menos de veinte años, algo robusta y lo suficientemente fuerte como para cargar con los tambos llenos de basura hasta el tiradero.

Las preguntas salieron de forma tan directa que yo misma me sorprendí. Las palabras fueron expulsadas de mi boca como si se tratara de un acto de sobrevivencia que evita el ahogo.

-¿Qué ha pasado con Gonzalo?, ¿por qué ya no viene?

- Don Gonzalo ha muerto.

Fue la única respuesta que me dio, como si esa respuesta tan escueta fuera suficiente. Me lo dijo de forma despreocupada mientras acomodaba los bultos de basura que le daba. Espere un momento a que agregara algo más, pero no tenía intenciones de hacerlo. Entré a la casa y busqué algo que tirar. Desocupé una bolsa de pan y vacié el resto de leche en un vaso para deshacerme de la botella. Tenía que acercarme a ella y exigirle una respuesta adecuada. Cuando salí ya iba muy lejos. Sabía que los siguientes días no tendría el valor para preguntarle más detalles. Tuve la sensación de que le incomodaba mi presencia, la presencia de una vieja cuestionándola. Tal vez pensó que desaprobaba su trabajo, que le preguntaba por desconfianza hacia ella, por preferencia hacia Gonzalo, tal vez no vio ninguna buena razón para aquella pregunta.

Gonzalo murió. Me di cuenta que soy vieja.

Todavía no eran las nueve de la mañana y ya me acompañaba en el desayuno esa idea de muerte que regularmente se presenta por las noches, cuando la oscuridad abusa de nuestras debilidades.

Por muchos años, más de la mitad de mi vida, trabajé como enfermera. He cambiado cientos de sábanas de vivos y muertos. Sé que cuando alguien muere hay que cerrarle los ojos inmediatamente porque después es muy complicado hacerlo. Hace más de diez años que no trabajo. Lo hice durante treinta años. En realidad hoy es el único día que he pensado en mi propia muerte. Primero de forma extrañamente natural, el color del ataúd, el morir con los ojos cerrados, sería una indiscreción hacerlo con los ojos abiertos, eso siempre se presta a interpretar el último gesto y ese debe ser íntimo. Después pensé que mi cuerpo podía pasar días en el interior de la casa antes de alguien se diera cuenta, que lo sacarían en un estado por demás deplorable, apestando toda la casa. Es la forma de morir de los viejos solitarios. Pensé que moriría antes que Manuel y el pobre se vería abrumado con lo del entierro, después pensé que habría que evitarle esa pena pero lo deseché como un mal pensamiento. La idea de que él podía morir primero no era generosa, el tenía que seguir su vida sin Florencia y sin mí. Pensé en Florencia, mi pobre hermana se desmorona con cada muerte…tal vez me estoy volviendo igual a ella. Si Florencia se desmorona es porque piensa en su muerte y hoy he muerto varias veces y de muchas formas. Un paro cardiaco sería una buena manera, un accidente dentro de la casa, atropellada por un autobús camino a casa de Florencia. Una intoxicación, el único testigo seria mi gato, que terminaría por irse y encontrar otro hogar.

Florencia es dos años mayor que yo, tal vez por eso, porque la diferencia de edad entre las dos es muy poca, siempre hemos sido muy unidas. Sus hijos crecieron en mi casa moviendo y desordenando ese espacio que guardaba para mi soledad. Pasaban tardes enteras en mi casa, después se iban y todo volvía a quedar en silencio. Cuando crecieron Alma dejo de venir, sólo Manuel pasaba tardes enteras conmigo. Con el paso de los años Alma creció y a pesar de ser la menor fue la primera que dejó la casa. Manuel se casó al poco tiempo pero ese matrimonio duró sólo dos años. Lucía era maestra en la misma escuela que él. Después del divorcio él dejó el trabajo. Estuvo desempleado unos meses hasta que decidió regresar a la docencia. Florencia nunca supo que llegó a pensar en el suicidio. Un día vino a pedirme que lo ayudara, quería una sobredosis, quería que yo lo inyectara, que le tomara la mano antes de morir y entonces pensé que algún error habíamos cometido con esa criatura. Había salido tan temerosa del mundo. Por suerte eso fue pasajero. En los últimos años no ha vuelto a pensar en la muerte. Al menos no ha dicho una palabra de ello.

Manuel viene al menos dos veces por semana. Casi es tan hijo mío como de Florencia. Cobra la pensión que me llega del hospital y me la trae. El decidió hacerlo así. Eso me facilita mucho las cosas. Cada vez salgo menos de casa, disfruto estar aquí todo el día. He tomado el gusto de mi padre por la radio, paso las tardes enteras leyendo y oyendo la radio, escuchando por teléfono los monólogos interminables de Florencia en los que hace el recuento de sus pequeños incidentes cotidianos. Cuando cuelgo el teléfono mi vida en soledad vuelve a tener sentido.

Florencia y yo siempre hemos estado cerca, tan cerca, que a veces se me olvida que ella inicio su vida antes que la mía, a veces intento hacer memoria, pero siempre el punto de partida es el día que nos tomaron la primera foto juntas. Aunque la fotografía se extravió recuerdo que yo estaba parada a su lado sobre unos trozos de madera para que nos viéramos más o menos de la misma estatura. Ella de cinco años, yo de tres. En realidad no sé si lo recuerdo o es que mi madre contaba con tanta frecuencia lo simpáticas que nos veíamos que con el tiempo la imagen terminó por convertirse en recuerdo. Las dos con vestidos de algodón, una especie de batas blancas seguramente por el calor que se sentía aquellos años en Veracruz. Ahí vivimos mientras mi padre mantenía su trabajo en el puerto. Cuando Florencia cumplió los seis años nos volvieron a fotografiar juntas. Manuel mando restaurar la foto y sacamos dos copias. Cada una tiene la suya en su habitación. El esposo de Florencia siempre se reía de nuestro gestos, decía que nada más chistoso que un par de chiquillas que miran temerosas hacia la cámara. “Claro, por la época que fue tomada una fotografía debió de haber sido un acontecimiento”. Hacia bromas de ese tipo, el nació en la primera década del siglo, era unos años más grande que nosotras que habíamos nacido a fines de los veintes. Hasta el último momento fue un viejo bromista dispuesto a reírse a expensas de todo el mundo. Conoció a Florencia cuando apenas era una jovencita y a los tres meses se casaron. Fue cuando decidí estudiar medicina. Las cosas eran muy difíciles en esa época y me conforme con ser enfermera. Los años en el hospital pasaron demasiado rápido, siempre pensando que quería ir a la guerra con el grupo de médicos que participaron en la segunda guerra. Cuidar enfermos es mi oficio, pero yo quería sanar héroes. Quería estar del lado de los justos y al final me acostumbre al hospital. Treinta años en el mismo lugar. Interrumpidos por un año y medio que me fui a un hospital rural. Si no había ido a la guerra al menos daría mi batalla en las montañas. Ese año y medio fui más que enfermera, atendía a casi todo el pueblo pues no había médico. Hasta una diarrea era complicada en esas condiciones. Los niños morían de enfermedades controlables y muchas mujeres quedaban en el parto. Me fui de ahí hasta que llegó el primer médico de planta.

Parece que el destino ha querido que Florencia y yo volvamos a ser dos chiquillas, el marido muerto, los hijos grandes, yo sin mi trabajo. Tan unidas como cuando éramos jóvenes. Hablamos por teléfono todos los días, nos consultamos para cualquier decisión. Es cierto que con el tiempo también nos hemos acostumbrado a la soledad. Cada una pasa el día entero en su casa, cada una ha construido su propio mundo. Al final cada quien se tiene que hacer cargo de si misma. Nunca he tenido una persona que me ayude en la casa y espero no tener que hacerlo. No es mucho lo que hay que hacer, echar la ropa a la lavadora, preparar comida y pasar la aspiradora una vez a la semana. Las demás labores son menores. Me inyecto sola, hago el chequeo de rutina con mi propio cuerpo: presión, ritmo cardiaco, temperatura.

Nunca había pensado en mi muerte. No había pensado en mi cuerpo de esa manera. El té se enfrió. Se paso el tiempo haciendo evidente lo absurdo de mis pensamientos. Ya eran las once de la mañana cuando empecé a doblar cuidadosamente la ropa y tuve la sensación de que quedaría intacta. Llegaría un día en que no la volvería a usar. Pensé en el tipo de ropa ideal para ser enterrado. Casi siempre se escogen las mejores ropas, yo no sé si esa es una buena decisión o es mejor que la ropa que más usa uno se deshaga junto con el cuerpo.

La casa esta en silencio. En el silencio cotidiano de la primera parte de la mañana. Me toma por sorpresa el ruido del teléfono. Me paro unos segundos antes de contestar para respirar y echar fuera el sobresalto. El localizador de llamadas me tranquiliza, no es nadie inoportuno, es el teléfono de Florencia. Contesto el teléfono con desgano, pensando que terminaré por contarle mis desafortunados pensamientos. Por más que me niegue mi hermana sabe como hacerme hablar. Tantos años juntas que es difícil ocultarle algo. La voz al otro lado del teléfono no es la de Florencia, sino Alma, su hija. Al instante recordé que había llegado ayer. Desde que se fue a vivir a Chihuahua sus visitas son menos frecuentes. Apenas puede hablar, no me explica bien la situación. Salio un momento a la tienda y la encontró tirada a media sala. Pensé, Florencia ha muerto.

-Está inconsciente, no tarda en llegar la ambulancia.

Voy directo al hospital y deshecho las coincidencias, el viento de la muerte entro por mi ventana esta mañana. Por eso eché de menos a Gonzalo, por eso recordé a Don Hernán y pensé en mi propia muerte. Lo que jamás imaginé es que algo le fuera a pasar a Florencia.

Cierro la casa con doble llave, con la sensación de que tardare mucho en regresar. Camino hasta la parada del camión, conozco el camino al hospital muy bien. El camión no tarda mucho en pasar. El chofer espera pacientemente a que me siente para arrancar. Subo al camión sudorosa y agitada, seguramente traigo el rostro descompuesto. Me agarro del asiento y me recargo en la ventana, me limpio los ojos evitando que se me salgan las lágrimas. Me doy cuenta que la persona que viene frente a mi me observa, pero ni idea tiene de lo que esta pasando. Me molesta su mirada compasiva, su mirada que me muestra como una pobre mujer vieja y aturdida. Me cuesta más trabajo que de costumbre pararme para bajar. Tal vez si me vea como una pobre vieja desesperada. No se si el chofer ha escuchado el timbre entre tanto ruido, desde hace un momento le ha subido al radio y no hay manera de saber si escucha. Que mi cuerpo no sea ágil es humillante en este momento. Me bajo temerosa de caer. Me doy prisa. Se que están ahí porque el carro de Manuel está estacionado frente a la entrada. Pensar en Manuel es muy doloroso, pensar en nosotras también. Antes de entrar en la habitación tengo la seguridad de que Florencia sigue viva, el ambiente, hasta la forma de cerrar la puerta y el movimiento de alrededor son signos de que quien esta en la habitación vive o ha muerto. Cuando uno ha recorrido esos pasillos miles de veces hay señales que no pueden engañarnos. La expresión de la enfermera de la entrada también es clara, me indica la habitación con una sonrisa. Una puerta entreabierta jamás guarda un muerto en su interior.

La veo tendida en la cama, no se ve mal. Voy a buscar al médico. Está afuera con Alma y Manuel. Florencia ha sufrido un infarto, no saben si Florencia saldrá de esta. Regreso al cuarto de Florencia, en el pasillo saludo a las pocas enfermeras que aún conozco. Les pido que me dejen asistir a mi hermana. No logro convencerlas del todo, tendrán que consultarlo con el médico. Además me repiten una y otra vez que no es conveniente que lo haga yo siendo una mujer mayor que necesita descansar.

-No seas terca, Florencia no te necesita día y noche.

No entienden que mi insistencia no es por desconfianza, no es el hospital, no son las enfermeras es la muerte a quien quiero vigilar. El médico es muy joven pero me inspira confianza.

Camino al baño y el hospital me parece extraño como si no hubiera recorrido ese lugar por años. Me siento aturdida. Hay un aire amenazante, no, no es el hospital, son mis pensamientos. A otros el olor de los hospitales les parece enfermizo, pero a mi que puedo reconocer cada uno de esos olores no puede parecerme un lugar angustiante.

Cientos de veces introduje agujas en las venas, lo hice con Florencia. Le pedí a la enfermera que me dejara hacerlo, no quería al principio pero le explique que había trabajado muchos años en este hospital. Se que Florencia no vivirá mucho por eso me quedo sentada a su lado. Solo ella y yo. Alma y Manuel salieron a hacer unas llamadas. Cuando éramos niñas a Florencia le aterrorizaba la idea de ahogarse. Jamás la vi entrar a alguna piscina, ni siquiera se relajaba en la tina de baño. Una vez me lo confesó con tal aflicción que entendí perfectamente lo que ese miedo significaba para ella. Me contó que una vez logró quedarse placidamente un par de horas en la tina de baño, estaba a punto de quedarse dormida cuando alguien cambio el disco que esta escuchando, volvió en si con la certeza de que si hubiera cerrado los ojos hubiera muerto. Ahora estaba tendida en la cama respirando con grandes esfuerzos, pobre Florencia tal vez se sueñe sumergida en el mar. Le acaricie la cabellera largo rato. No se si se dio cuenta, tal vez ya se estaba yendo. Me apresuro a cerrarle los ojos. Lloro con el desamparo de un niño perdido. No es mas que puro miedo, la tristeza es menos inmediata.

Acerco la silla a su cama. Quiero permanecer el mayor tiempo posible al lado de su cuerpo. Tiene una expresión que nunca le había visto, una expresión muy dulce para sus 72 años.

Florencia se había vuelto una mujer muy precavida, tanto que había dejado de ser confiable. Los últimos días se despedía de la gente que no veía con frecuencia como si fuera la última vez. Quería ser de aquellas que presienten su muerte, pero tantas veces lo decía que terminaba por convertirse en una señal de sus miedos. Pobre Florencia. Entonces me reproche que ella se hubiera ido, después pensé que era un pensamiento egoísta, es mejor que yo haya sufrido su perdida y no ella la mía. Luego me pareció más egoísta pensar de esa manera, siquiera pensar en esas cosas. Ella debió vivir más. Sentí un dolor inmenso. Cómo es posible que Florencia se nos haya ido, es la primera vez que estoy segura que no la volveré a ver. Cuando me fui temporalmente al hospital rural, ella tenía miedo de que algo me fuera a pasar, yo al contrario estaba segura de que la volvería a ver. Me pareció cobarde en aquel momento, desconocí ese miedo en ella. Ahora me duele el cuerpo, es ese dolor que oprime, es una ausencia que debilita, es esa certeza de que se ha ido que no me deja respirar.

Me parece ver una sonrisa en su rostro, pero en realidad ella continua con la misma expresión. Esa expresión que ya no va a cambiar. Alma no tarda en llegar, ha ido a recibir a su esposo y a su hijo al aeropuerto. Apenas vino ayer. Llegó para ver morir a su madre. Alma y Florencia siempre fueron muy unidas. Manuel es un poco distinto a ellas, mucho más solitario. Demasiado parecido a ti, me decía Florencia. Ese carácter silencioso es herencia tuya. No se cansaba de repetirlo.

Después del entierro Manuel me deja en casa. Hace bien en no pasar. Prendo la luz, prendo la televisión. No sé cuantas horas pasan antes de irme a acostar. Dos días sin estar en casa. Me levanto en la madrugada para darle de comer al gato. Salí tan deprisa que me olvidé de él, ahora debe andar afuera buscando algo que comer. Debió suponer que morí por ahí, en una esquina, en un autobús y que no iba a regresar. Desconecto el refrigerador para deshielarlo y regreso a la cama. Son las 3:30. Es una molestia tener que hacerlo, cada vez me afecta más el frió. Se que no debería hacerlo porque me produce dolor en las articulaciones.

Ya esta amaneciendo cuando me llega el sueño. Despierto entrada la tarde. Manuel estaba llamando a la puerta. Lo veo con el gato en la mano. El pobre animal no sabía que yo ya había regresado. Lo tomo entre mis brazos y lo pongo en el sillón, ahí donde me hace compañía todas las tardes. Reconoce su pequeño nido todo lleno de pelo. Manuel se hecha a mis brazos y después se queda sentado en silencio junto al gato. Ya es tarde y aún no hemos comido. Cuando entro a la cocina el agua del refrigerador esta escurriendo por todos lados. Manuel me ayuda con el hielo y volvemos a echar a andar la vieja maquinita de enfriar. Saco un poco de vino- desde hace muchos años me tomo una copa todas las tardes- y pongo un disco. El tocadiscos apenas funciona, pocas veces lo uso porque solamente tengo dos discos. El resto de los discos se quedaron en casa de Florencia. Los escuchábamos en verano. Las voces de Billy Holiday, Bessi Smith, Louis Armstrong y Ella se oían por horas en el jardín. Eran los discos favoritos de Florencia, los había escuchado por años. Algunos días ella prefería los boleros. Se quedó con todos los discos porque ya mi viejo tocadiscos había terminado por servir de mesa. Ella conservaba el viejo mueble que compramos cuando éramos unas veinteañeras, el mismo mueble con otro aparato en su interior.

Fuimos a casa de Florencia. Alma se fue después del entierro y Manuel se ha quedado solo. Las plantas del jardín están secas, también las del interior. Les echo agua y entro a su habitación. Nuestra fotografía sigue en el mismo lugar. La cama está perfectamente tendida con la colcha recién lavada. Las pastillas para la presión y el reloj con el que vigilaba el tiempo siguen al lado de la cama. Las cortinas están cerradas, ella nunca acostumbraba dejarlas así durante el día. Apenas entra luz. A Florencia le gustaba que el sol entrara de lleno en la habitación. Alma o Manuel las debieron de haber cerrado, no quise preguntárselo. Abrimos el closet para buscar la llave del cajón donde están todos sus recuerdos. Saco todas las cosas y las guardo en la maleta de mi padre. Florencia la guardo entre sus ropas desde que él enfermo. Es de metal y ha aguantado muy bien el tiempo. Echo ahí las cartas viejas y las fotos familiares. Cosas que ya no pertenecen ni a la vida de Alma ni a la de Manuel. Ahí está la fotografía que tomé del hospital el día que llegué. Junto a ella hay otra que le mandé en la misma carta, esa la tome antes de irme, Florencia frente a su casa con Manuel en brazos, un hermoso bebé regordete, el primer hijo de Florencia. Las habíamos visto juntas mil veces. Florencia vaciaba el cajón sobre la cama y se nos iba la mañana contando siempre las mismas anécdotas que escuchábamos con el placer de lo compartido. La única foto de nuestra madre la conservo Florencia, era una foto de jovencita, las demás mi padre las quemó cuando ella murió. Florencia la mantuvo escondida entre su ropa hasta la muerte de mi padre. Me costó mucho trabajo cerrar la maleta, los botones estaba un poco gastados. Es lo único que subo al carro de Manuel. El resto de las cosas de Florencia se las regalaremos a alguien. Sólo hay que dejar los muebles.

Podría asegurar que sigues aquí, pero te fuiste hace una semana Florencia. Hace días que no hablamos por teléfono. Varias veces me he sorprendido inmóvil frente a la mesa del teléfono, sintiendo un vacío enorme. Por las mañanas veo el programa de primeros auxilios y la telenovela, por la tarde escucho tus discos Florencia. Quiero hablar con Manuel, contarle cosas como las que le contaba cuando era pequeño, cuando todavía no las entendía. Después, cuando pudo comprender muchas cosas se quedaron en el silencio. A él no podía decirle mis miedos pero el resto lo podría saber. Me sentí triste por él, había escogido el camino de la soledad. Hasta el último día vivió en casa de Florencia, dos veces a la semana en casa de la tía, de esa tía que no tardaba en partir. Manuel tiene ya 45 años, Alma es más joven. Ella ha hecho su vida aparte, él a nuestro lado. Pienso en la soledad de Manuel y se que es distinta a la mía. Durante años conteste mil veces la misma pregunta y vi mil caras incrédulas y ridículamente compasivas al explicar mi gusto por la soledad. Florencia misma, que me conocía bien no paraba de rogarme que me fuera a vivir a su casa. Yo siempre he preferido estar sola, nunca he sufrido por ello. Nunca había sufrido hasta ahora que te fuiste. Manuel en cambio no soporta la soledad, cuando se divorció regreso a casa de Florencia y nunca más se alejo de ahí. Apenas tendrá que aprender a estar solo.

Los muebles de mi casa son los mismos desde hace años. La casa no podría ser de otra persona. Cada rincón tiene mi olor, años del mismo perfume. Ese perfume que compró solo en sitios donde venden fragancias que ya no mucha gente busca. Los vestidos colgados que no uso desde hace años pensando en que las modas van y vienen. Ni siquiera se si me quedan. Tengo que salir por el tinte del cabello. Florencia nunca se pintaba el pelo, prefería su mezcla de cabellos blancos con negros. A mi siempre me ha gustado maquillarme y pintarme el cabello, no soy una mujer fea, casi me atrevería a asegurar que todo lo contrario. Cuando fui enfermera tuve muchos pretendientes médicos, el Doctor Álvarez todavía me hablaba hace un par de años para ir a tomarnos un café de vez en cuando. Me parecía un hombre joven, muy atractivo, pero ahora que he envejecido, ahora que hemos envejecido, creo que el encanto que ejercía sobre mi se quedo atrás.

Hace unos días deje un vestido a la mano, también un pantalón y una blusa. Florencia se hubiera reído a carcajadas por el atuendo, me hubiera vuelto a repetir que eso no se usa desde que salí de la escuela de enfermería y yo le tendría que recordar que muchas cosas se han vuelto a usar. Escribí un pequeño recado y lo dejé al lado de la cama. Con los días la hoja se empolvó, me pareció más práctico dejar una pequeña grabación con instrucciones en la mesita de la sala, donde cualquiera las pudiera ver. Cargaba con la herencia de Florencia, sus prevenciones que no eran más que miedo me persiguieron de tal modo que termine por cargar dentro de mi bolsa el casete de las instrucciones. Con los días se fue ese fantasma hasta que dejé de pensar en la muerte. Todos los días me siento a escuchar la radio, a esperar largas horas el timbre del teléfono mientras acaricio al gato. Al fin y al cabo ella terminará por llamarme, todo llegará a su tiempo…

La retirada de Anderssen Banchero.

•Abril 7, 2009 • Deja un comentario


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La retirada de Anderssen Banchero.

Miriam Licón Luna

Anderssen Banchero mira con gesto lacónico hacia el escritorio principal del banco de seguros donde atienden a una mujer que viene a cobrar un seguro de vida. Es la viuda de Esteban Romero, un amigo que conoció en sus esporádicos encuentros con el mundillo literario, si es que se puede llamar amigos a quienes vimos por un breve tiempo y después desaparecieron para siempre de nuestras vidas. No, Banchero no tiene amigos. Ni amigos ni generación. Todavía quedan vivos muchos de aquellos que conoció en otros tiempos, y nunca volvió a ver, Washington Benavides, Alfredo Zitarrosa, Juan Carlos Onetti. Con quien se reencontró hace poco es con Heber Raviolo, su único editor. Le entristece que sea la pobre figura de una mujer solitaria la que le recuerde sus años más entusiastas, los de las ediciones de la Banda Oriental y la revista Asir, los de su militancia en el partido. No es que fueran sus años más productivos porque ahora a los 60 y pico ha vuelto a publicar, después de todo nunca ha sido prolijo, nunca ha desperdiciado las palabras en páginas inútiles, sólo ha escrito un par de novelas y algunos cuentos precisos. Por suerte, no es él quien atiende a la mujer. Le desagrada tratar directamente a los clientes, sobre todo a los Lunchetti, los Benedetti, los Mendicutti que siempre buscan una complicidad con un origen italiano que Banchero nunca asocia a su persona; él no es hijo, nieto, primera, segunda generación de italianos él es un uruguayo sin más. Con los años ha ido despreciado esa Europa que algunos escritores ven como un espejismo, como un oasis en la aridez cultural de América Latina. Para él, Argentina es su otra patria filial, una compañera patria y no una madre patria. Muchas veces ha visto imágenes de Buenos Aires: cuantas cosas ha pensado escribir acerca de ese Buenos Aires que nunca visitó, aunque esta seguro que del otro lado de Río de la plata los tangos suenan de la misma manera que en los viejos boliches de Montevideo.

Ya son las cinco de la tarde, los empleados salen con mayor premura los viernes que el resto de los días, pero Banchero se queda a escribir. Cuando la máquina deja de ser una ametralladora que le tortura la espalda y le anestesia los sentidos comienza su flirteo con el teclado. Jamás escribe en los cafés ni en los bares, no lo hacia en los años sesenta cuando confiaba en la escritura como práctica revolucionaria, mucho menos ahora que se ha convertido en un apasionado conversador solitario con la máquina de escribir. En aquellos años, cuando tenía camaradas, deseaba ser leído, después empezó a escribir para si mismo, acumulando pequeñas historias y viñetas que guardó hasta los últimos años de la década de los setenta.

Llevaba más de cinco años trabajando en el banco cuando empezó a dejar consignas comunistas en las paredes del baño de la oficina. Solamente Antonio se dio cuenta de quien era el autor, un día se le acercó y le dijo en secreto “yo también rengueo por la izquierda”. Después lo vio en un par de reuniones del partido antes de que desapareciera para siempre en una cárcel del sur. Se dejó crecer la barba, hache-ele-ve-ese, hasta la victoria siempre, era el entendido de los camaradas en tiempos de la dictadura. Su figura le delataba, Antonio ya no estaba y el gerente estaba seguro que Anderssen Banchero era el único comunista que quedaba en el banco. Un buen día lo mando llamar para pedirle un favor, quería a sacar un almanaque del banco con imágenes y textos de uruguayos de la década de los sesenta, que ese año llegaba a su fin. Se había enterado que Banchero había publicado dos libros, a él le llegó Un breve verano y en la solapa supo de la existencia de un libro anterior, Mientras amanece, del año 63. El encargado del banco le propuso un trato: no le denunciaría, como había hecho con Antonio, pero a cambio le pedía una historia ambientada en las oficinas del banco. Banchero la escribió. Esa fue la primera vez que apareció Juan Pedro, un personaje abiertamente autobiográfico, políticamente ausente pero muy desdeñoso y escéptico de su entorno. La historia abría el almanaque del año 1970 del Banco de Seguros. El gerente que siempre fue corto de miras nunca comprendió el humor saturnino de Banchero, vio en Juan Pedro el retrato de un oficinista solitario, perdiendo las sutilezas de ese personaje mínimo que sabia evadir las vilezas de un trabajo y un entorno ruines.

Es tarde cuando Banchero abandona el edificio de seguros. Saca un cigarro del saquito de oficinista y emprende el camino por toda la avenida 18 de julio pensando que nunca perteneció a la raza de los decentes. Desde hace más de 30 años recorre la avenida en largas caminatas, conoce una a una las fachadas de los edificios viejos, las fechas de construcción de los edificios modernos, que le dan nueva vida a la avenida más antigua de Montevideo y sobre todo el interior de cada uno de los bares. Aparentemente las calles son distintas ahora, ya no hay que cuidarse las espaldas. Hace dos años que oficialmente terminó la dictadura y con ello las detenciones y la represión, pero Banchero ha escuchado eso mismo varias veces en su vida, desde la dictadura del 31 hasta la que aparentemente llegó a su fin en 1985. Justo ese año ganó el concurso de la Banda Oriental con la novela Los mezquinos rincones, que reescribió y rebautizó como Los regresos, después de todo, la vida era para Juan Pedro un sobrellevar la cotidianeidad como una reiteración cíclica y vacía de gestos sin contenido. En el maletín trae “Las chozas”, el cuento que acaba de terminar. Le impresionó una historia que escuchó en la radio a primera hora de la mañana y que le acompaño el resto del día. Al parecer, se ha librando de su propio deambular emocional y las historias le llegan de cualquier rostro, de cualquier frase, salen de cualquier ventana o entran por muchas puertas. Se come un choripán en el último local abierto y compra una botella de vino antes de emprender el camino a casa.

Los dos últimos años han sido bastante buenos, sobre todo los últimos meses, ha escrito más que en su juventud. Ignora que discretamente su novela Las orillas del mundo gana nuevos adeptos entre los Montevideanos que encuentran en ella un retrato inusual de la vida en los suburbios. Como va a saberlo si cada vez se aleja más de los circuitos literarios, ha perdido el entusiasmo que tenia cuando la revista Asir, en la plenitud de sus treinta. De vez en cuando le llega una carta de Martín, con quien intercambia impresiones sobre alguna lectura, pero nada mas…después de todo se trata de un compañero en exilio.

Está acostumbrado a los cuartos de hoteles abandonados y a las pensiones en ruinas, es lo único que puede solventar en la avenida 18 de julio. Nunca aceptó los créditos de vivienda que ofrecía el banco a sus empleados. Alguna vez sintió la necesidad de una casa, pero la vida con Olivia fue muy breve, los dos años en que nació y aprendió a caminar su hijo. Antes de entrar a su cuarto saluda a Mingo y escucha la misma historia que cuenta con una caja de fósforos en mano. Siempre muestra la imagen de una mujer distinta que asegura es la hija que vino a buscar a Montevideo a sabiendas de que se ha convertido en una famosa modelo. Anderssen Banchero lo escucha con la misma atención de cada noche, antes de internarse en su habitación.

Antes del amanecer el escritor se sintió agotado. Dejó a su personaje bebiendo en un boliche, imbuido en las memorias de su pasado tal y como el mismo Banchero se encontraba antes de cerrar los ojos.

Pasaron varios días para que la mujer de la pensión decidiera abrirle la puerta del cuarto a un policía, estaba segura de que algo le había pasado a su inquilino porque no salía de la habitación ni respondía a su llamado. El oficial vio el cuerpo rígido de un hombre viejo recostado sobre la cama tendida; a un lado, en una pequeña mesa estaba la máquina de escribir con una hoja en el rodillo. Supuso que se trataba de alguna confesión o de una despedida, de esas que suelen dejar los suicidas. Lo que encontró fue un palabrerío sin principio ni fin, que un compañero de trabajo de Banchero bautizó meses después como La retirada.

-la mósfera está llena de gas por culpa de los rusos-dijo.

Era un hombre flaco y viejo y me quede mirando su afilado perfil contra la ventana que daba a la carretera. Seguramente estaría evocando los lejanos días de su juventud, en que la atmósfera estaría llena de cosas: de olores, aromas, distancias, de cuando en cuando del líquido de la lluvia, de cualquier cosa menos de los gases de los rusos.

-Los americanos también largan gases-le dije.

Sí; pero la culpa es de los rusos.

-Son unos cuantos millones de tipos-le dije-. Entre los rusos, los americanos y los chinos podrían llenar la atmósfera de gases.

-Es así,-aceptó-. Pero la culpa es de los rusos; si no fuera por los rusos nadie largaría gases.

Ya no le cabía la copa de mi vuelta y se puso de pie trabajosamente, recogió la bolsita que contenía un pan de flauta, una botella de vino y cien gramos de mortadela y salió, tambaleándose, hacia la puerta del boliche. Cuando se echó la bolsita al hombro, el pan sobresalía sobre sus espaldas como la bayoneta del fusil de un soldado.

-Es así-repitió antes de salir, con una voz tan agradable como el ruido de un rallador-;!yo no se que quieren esos rusos!

Parecía un soldado en derrota emprendiendo una penosa retirada. Todos los hombres suelen emprender diariamente una retirada más o menos penosa, sólo que aquella, con tan magro botín-aparte del vino, unos cuantos gramos de fiambre y aquel pan que para sus dientes ausentes o flojos como las teclas de un viejo piano, debía tener la consistencia del acero de una bayoneta-era una retirada sin esperanzas.

Lo mire irse borrando en el anochecer.

Yo también soy solo y quizás tampoco tenga esperanzas, razonables al menos, pero la razón no tiene nada que ver con las esperanzas, así que seguí bebiendo; quizás pudiera ver la luz del día siguiente.

Conversación entre Roberto Bolaño y Ricardo Piglia

•Marzo 23, 2009 • Deja un comentario

asdCambiar de lengua es siempre una ilusión secreta
Conversación entre Ricardo Piglia y Roberto Bolaño

Recuperamos esta correspondencia entre dos “autores bajos de fama y de reputación equivocada”, y mal comprendida, diríamos nosotros. Se publicó por primera vez bajo el titulo “Extranjeros del Cono Sur” el 3 de marzo del 2001 en Babelia, revista semanal del diario El País de España. Bolaño desde Cataluña, Piglia desde California: el hilo conductor es el correo electrónico, se conversa de la amistad de los amigos y de la amistad encontrada en los libros, del amor-odio por la entelequia latinoamericana, de sus autores y de sus necesarios destructores. Autores necesarios en nuestros tiempos, comparten con Latinoamérica el íntimo deseo de ser otro.

Roberto Bolaño. Querido Piglia, ¿te parece bien si empezamos hablando de algo que dices en La novela polaca?: “¿Cómo hacer callar a los epígonos? (Para escapar a veces es preciso cambiar de lengua)”. Tengo la impresión de que en los últimos veinte años, desde mediados de los setenta hasta principios de los noventa y por supuesto durante la nefasta década de los ochenta, este deseo es algo presente en algunos escritores latinoamericanos y que expresa básicamente no una ambición literaria sino un estado espiritual de camino clausurado. Hemos llegado al final del camino (en calidad de lectores, y esto es necesario recalcarlo) y ante nosotros (en calidad de escritores) se abre un abismo.

Ricardo Piglia. Cambiar de lengua es siempre una ilusión secreta y, a veces, no es preciso moverse del propio idioma. Intentamos escribir en una lengua privada y tal vez ése es el abismo al que aludes: el borde, el filo, después del cual está el vacío. Me parece que tenemos presente este desafío como un modo de zafarse de la repetición y del estereotipo. Por otro lado, no sé si la situación que describes pertenece exclusivamente a los escritores llamados latinoamericanos. Tal vez en eso estamos más cerca de otras tentativas y de otros estilos no necesariamente latinoamericanos, moviéndonos por otros territorios. Porque lo que suele llamarse latinoamericano se define por una suerte de anti-intelectualismo, que tiende a simplificarlo todo y a lo que muchos de nosotros nos resistimos. He visto esa resistencia con toda claridad en tus libros, y también en los de otros como DeLillo o Magris, que escriben en otras lenguas. Me parece que se están formando nuevas constelaciones y que son esas constelaciones lo que vemos desde nuestro laboratorio cuando enfocamos el telescopio hacia la noche estrellada. Entonces, ¿seguimos siendo latinoamericanos? ¿Cómo ves ese asunto?

Bolaño. Sí, para nuestra desgracia, creo que seguimos siendo latinoamericanos. Es probable, y esto lo digo con tristeza, que el asumirse como latinoamericano obedezca a las mismas leyes que en la época de las guerras de independencia. Por un lado es una opción claramente política y por el otro, una opción claramente económica.

Piglia. Estoy de acuerdo en que definirse como latinoamericano (y lo hacemos pocas veces, ¿no es verdad?; más bien estamos ahí) supone antes que nada una decisión política, una aspiración de unidad que se ha tramado con la historia y todos vivimos y también luchamos en esa tradición. Pero a la vez nosotros (y este plural es bien singular) tendemos, creo, a borrar las huellas y a no estar fijos en ningún lugar. En estos días, estoy viviendo en California, en Davis, cerca de San Francisco, donde todo se entrevera, como sabes bien: los recuerdos del viaje al Oeste de la beat generation, con las novelas de Hammett, y los barrios paranoicos que describió Philip Dick conviven con la intriga de la cultura latina (en cada rincón de La Misión en San Francisco, en el Barrio invadido hoy por los jóvenes millonarios del Sillicon Valley, hay una figura o una imagen, un mural, una taquería, una bodeguita que tiene más color local que todo el color local que pudo imaginar Lowry, borracho, al pasear por Cuernavaca). De modo que aquí por contraste me siento un escritor digamos italo-argentino (un falso europeo, otro europeo exiliado). No creo que existan esas categorías en las historias de la literatura (están los italo-americanos, claro, pero se dedican al cine). Para mejor, estoy leyendo a W. H. Hudson (Días de ocio en la Patagonia), otro falso argentino, un europeo que nació en Quilmes, en la provincia de Buenos Aires, y se crió entre gauchos hablando de lo que fue seguramente una versión prehistórica del spanglish. Y que a la vez escribía, ya lo sabemos, una de las mejores prosas inglesas que se puedan encontrar. Mejor que Conrad, a veces, menos barroco, más nítido, una extraña versión de Conrad, no sólo por la calidad de su prosa, y porque eran amigos, sino porque Hudson estuvo siempre desajustado y solo y fuera de lugar, como el polaco. Pero me estoy extendiendo. Me gustaría saber qué estás leyendo en estos días.

Bolaño. La última novela de Mendoza, La aventura del tocador de señoras, que me parece una novela muy buena. Pero permíteme que añada algo en relación a Hudson, un autor que leí muy joven. Yo creía entonces que Guillermo Hudson escribía en español y después de leer tres libros suyos me di cuenta de que escribía en inglés porque vi el nombre del traductor. No conozco bien la literatura argentina de finales del siglo XIX, pero tengo la impresión de que Hudson es uno de sus grandes prosistas. Algo similar ocurre poco después en Chile, con los primeros libros de Huidobro, que están escritos en francés. O con Rodolfo Wilcock, que acaba escribiendo en italiano. Hay como una especie de reflujo o de huida en algunos escritores, que los lleva a buscar, a instalarse o a indagar en una lengua menos adversa. Claro, éste no es el caso de Hudson. ¿Tú has leído a Mendoza?

Piglia. Me gustan mucho los libros de Mendoza, aunque no he leído la novela que estás leyendo. Es intrigante, es cierto, ese juego con las lenguas extranjeras y con las traducciones. Para mí, Hudson y Gombrowicz producen efectos raros en la literatura argentina porque hacen entrar una voz próxima, un fantasma familiar, que se mueve invisible en un terreno conocido. Hay una tensión entre lo que se lee en la lengua propia y lo que se lee fuera de la lengua materna. Y los traductores están en esa frontera. Me interesa mucho la vida de los traductores, son un molde extraño de escritor. Ligado a Hudson, estoy leyendo ahora una biografía de Constance Garnett, una mujer fantástica que se pasó la vida traduciendo a los rusos al inglés. Imagínate que tradujo todo Tolstói y todo Dostoievski y terminó, por supuesto, medio ciega, una viejita feminista, muy simpática. Casi todos los norteamericanos y los ingleses, de Hemingway a Forster, admiraban a Tolstói por medio de ella, aunque Nabokov la destestaba, claro que Nabokov detestaba a todo el mundo.

Bolaño. Estoy completamente de acuerdo contigo en la importancia de los traductores. Lo que dices de Constance Garnett me recuerda de alguna manera a Consuelo Berges, que tradujo todo Stendhal al español y que se convirtió seguramente en la principal autoridad sobre Stendhal que existe en nuestra lengua. Sus traducciones son extraordinarias. También pienso en Javier Marías, que no es una viejita devota de un autor concreto, pero que tiene una traducción de Tristram Shandy, de Sterne, ejemplar. Pienso que tal vez personas tan disímiles como Garnett, Berges o Marías deshacen en el aire el problema que planteaba Pound, que sólo un gran autor puede traducir a otro. En este caso, sólo Marías es un gran autor; Berges y Garnett, desde la óptica tradicional, no lo son, aunque también puede ser posible, y yo me inclino por esta solución imaginaria, que tanto la viejita inglesa como la viejita española sean, y no en el fondo sino delante de nuestras narices, grandes autoras invisibles.

Piglia. Tendríamos que hacer alguna vez una Enciclopedia Biográfica de Traductores Inmortales (e invisibles), ¿no sería sensacional? La inversa de la Enciclopedia de Tlön, algo más bien cercano a Manganelli o a las biografías imaginarias de Marcel Schwob, pero detalladas y reales, una lista de oscuros personajes extraordinarios, escritores asalariados que escriben a tantos centavos por palabra, los únicos verdaderos profesionales de la literatura, los nuevos folletinistas, que viven dedicados a la literatura, pero como escritores clandestinos, mal vistos y mal pagados, los verdaderos malditos, siempre postergados, siempre ausentes, y que por eso mismo serán quizá los grandes creadores del futuro. Serían pequeñas historias extraordinarias. Cortázar, que traduce todo Poe en una pequeña pieza de un pequeño hotel en Roma; el gran Sergio Pitol, al que durante años admirábamos sólo porque había traducido a Gombrowicz; el extraordinario trabajo de Nicanor Parra, con el Lear de Shakespeare; Aurora Bernárdez, traduciendo Pale Fire. Tendríamos que conseguir un mecenas y dedicarnos a preparar esa enciclopedia infinita. Estoy seguro de que nos haría inmortales, y sería no sólo un acto de justicia sino una revelación y una versión cómica de la por sí cómica historia de la literatura. Hay mil ejemplos. Pienso por ejemplo en el general Bartolomé Mitre, que libró batallas múltiples y fue luego presidente de la República a mediados del siglo XIX y que se dedico a traducir La Divina Comedia.

Bolaño. La Divina Comedia, ni más ni menos. Bueno, no se puede decir que no fuera pertinente. Y sobre lo que dices de Sergio Pitol, estoy totalmente de acuerdo. El primer libro de Pitol que cayó en mis manos fue una traducción suya de un escritor polaco hoy bastante olvidado, Jerzy Andrzejewski. El libro se llamaba Las puertas del paraíso y su argumento era el mismo que ya había tratado Marcel Schwob en La cruzada de los niños . Otro dato curioso: en mi ejemplar de La cruzada de los niños, el traductor dedica su versión de la obra a Julio Torri, que es un escritor mexicano rarísimo (o normalísimo, depende desde dónde se le mire) y que fue un hombre de una modestia yo diría que patológica y un gran escritor de textos breves. De alguna manera, Torri fue como el reverso de Alfonso Reyes, la brevedad ante la multiplicidad. Pero dejemos la literatura mexicana. A mí me interesa muchísimo la visión que tienes de la literatura contemporánea argentina, con esos cuatro puntos de referencia que son Macedonio Fernández, Borges, Arlt y Gombrowicz.

Piglia. Macedonio es un escritor excepcional, una especie de Marcel Duchamp de la literatura. Practica un arte puramente conceptual, interesado más en el proyecto que en la obra misma. En realidad, la obra no es otra cosa que el proyecto. Trabajó toda la vida en una novela que sólo era la idea de una novela que nunca se empezaba a contar y que estaba hecha básicamente de prólogos y de anuncios. Borges aprendió todo de él, sobre todo, la inutilidad de desarrollar un argumento que se puede resumir y contar como si ya estuviera escrito. Pensaba en Macedonio el otro día cuando leí que Eric Satie no abría nunca las cartas que recibía, pero las contestaba todas. Miraba quién era el remitente y le escribía una respuesta. Encontraron las cartas cerradas en un altillo y las publicaron junto con las respuestas de Satie. La correspondencia es fantástica porque todos hablan de cosas distintas y ésa, por supuesto, es la esencia del diálogo.

Bolaño. Yo creo que las cartas de Satie muestran una cierta deferencia para con el interlocutor, es decir, no deja cartas sin contestar, pero el conjunto de la correspondencia más bien es una aceptación, razonable, eso sí, de la imposibilidad del diálogo, aunque también caben otras explicaciones, la más obvia sería la desconfianza de Satie en la palabra escrita, que me parece improbable pues Satie es uno de los músicos que más ha escrito. También existe la posibilidad de que Satie, conociendo a sus amigos, no considerara necesario abrir sus cartas, o lo considerara redundante. Es curioso, pero podemos encontrar más de una semejanza entre Macedonio y Satie, pero ninguna entre Borges y Satie. Y yo creo que esto se debe a que Borges no lo aprende todo de Macedonio, sino también, una parte importante, de Alfonso Reyes, quien lo cura para siempre de cualquier veleidad vanguardista. Macedonio es el riesgo, la audacia, el vanguardismo y el criollismo juntos, pero Alfonso Reyes es el escritor, la biblioteca, y el peso que tiene sobre Borges es importantísimo, tanto en el desarrollo de su poesía como en su prosa. Digamos que Reyes proporciona el elemento clásico a Borges, la mesura apolínea, y eso de alguna manera lo salva, lo hace más Borges.

Piglia. Alguno de nosotros pensamos que quizá el siglo próximo será macedoniano, y que Borges estará ahí con el bello texto necrológico que leyó en la Recoleta, en medio de la tristeza general (lloviznaba en Buenos Aires), cuando hizo reír a los deudos con un chiste de Macedonio dicho en el entierro (”los gauchos fueron inventados para entretener a los caballos en las estancias”). Reyes era un caballero, leo siempre que puedo El deslinde. En cuanto al efecto Satie-Duchamp, creo que Borges es vanguardista como lector mientras que como escritor quiere ser clásico. En cuanto a la cortesía de Satie con sus amigos, es verdad que a los amigos se les contesta siempre y nunca importa lo que uno les diga en las cartas.

Bolaño. Sí, a un amigo se le contesta siempre, algo que a veces puede resultar terrible. Michel Tournier, en El espejo de las ideas, opone a la amistad el concepto del amor, y viene a decir algo como que todo lo que no toleraríamos jamás a un amigo, un acto de vileza, por ejemplo, lo toleramos y lo aceptamos en el amor, pues el amor, en ocasiones, y al contrario que la amistad, también se alimenta de la vileza, de la cobardía, de la bajeza. El amor, y la historia está llena de ejemplos que lo certifican, puede ser coprófago, algo que jamás es la amistad. Bueno, todo esto es relativo, por supuesto. William Burroughs zanja la cuestión a su manera, cuando afirma que el amor es una mezcla de sentimentalismo y sexo. Recuerdo que cuando leí esta declaración de Burroughs, a los veintipocos años, me sentí muy apesadumbrado.

Piglia. Los amigos son lo mejor de la poesía, decía siempre un poeta argentino, Francisco Urondo, que murió asesinado por la dictadura militar. Las amistades literarias tienen siempre un aire extraño. La amistad entre Alfonso Reyes y Borges, por ejemplo, o la amistad silenciosa y brevísima entre Beckett y Burroughs, que se encontraron en Suiza y estuvieron una tarde juntos casi sin decir nada, conversando sobre ciertos matices del inglés en Irlanda que intrigaban a Burroughs (Beckett casi no habló, sólo dijo una frase que Burroughs consideró siempre el mayor elogio que había recibido: “Usted es un escritor”). O la amistad de Hannah Arendt y Mary McCarthy, fantástica, de la que nos ha quedado la correspondencia. O la amistad de Gombrowicz con el poeta Carlos Mastronardi, que discurría siempre del mismo modo. Mastronardi, que era un hombre muy fino y muy discreto, un gran noctámbulo y un extraordinario poeta que en toda su vida escribió un solo libro , lo esperaba en el Querandi, un café de Buenos Aires, tomando un té, y Gombrowicz llegaba siempre un poco apurado. Mastronardi lo recibía con gentileza y preguntaba “¿cómo está, Gombrowicz?”. Y Gombrowicz le decía siempre: “Cálmese, por favor, Mastronardi”. Como si Mastronardi se hubiera dejado llevar por una emoción excesiva por el solo hecho de saludarlo gentilmente. “Cálmese, Mastronardi”, fue durante años una de las consignas de mi juventud. Por eso, en fin, quiero decirte que esta conversación va a ser el comienzo de una amistad, o la continuación de la amistad que hemos establecido ya con nuestros libros. Pienso ir a Barcelona en las próximas semanas y ojalá podamos vernos y por supuesto siempre puedes venir a visitarme a California.

Bolaño. Yo también espero que nos podamos ver pronto, aquí o en cualquier parte.

Conversación con Smeck de Arte Jaguar

•Marzo 14, 2009 • Deja un comentario

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Escribir la vida en las calles. Conversación con Smeck del colectivo Arte Jaguar

Inti Meza Villarino

El colectivo Arte Jaguar de Oaxaca está integrado por Smeck, Aler, Nancy e Ita, entre otros. Dieron a conocer su trabajo en las paredes de la ciudad, teniendo como marco las revueltas populares ocurridas durante 2007. Transcurrido el tiempo, el grupo ha logrado mostrar su trabajo en el circuito de galerías mexicano, incluyendo sus imágenes en varias muestras colectivas itinerantes por todo el país. Cuando conversamos con Smeck, estaba por inaugurarse la exposición “Las calles están diciendo cosas” en el Museo de la Ciudad de México, que incluye algunas piezas del colectivo. Nos encontramos en una tarde fría de marzo en el Cenart, donde Smeck recién entró a estudiar en La Esmeralda. Aguantamos el frío cabrón del viento e intentamos ignorarlo platicando de las vidas y andanzas del jaguar nocturno.

…fue en la escuela de Bellas Artes de la UABJO: Los comienzos.

Cuando entré a la Escuela de Bellas Artes de la UABJO ya traía la idea de trabajar con un crew, con una banda. El punto de reunión de los estudiantes era en los talleres de gráfica, ahí conocí a varios chavos de los que me encantaba su chamba. Una vez que empecé a cotorrear con ellos, les propuse que hiciéramos un colectivo. Hacíamos nuestras juntas y decíamos “vamos a darle a tal lado” y pintábamos el nombre del crew o tags. En el colectivo influyó mucho una exposición del Grupo Suma en el Instituto de Artes Gráficas. Nos interesamos, empezamos a buscar libros, a adentrarnos un poco más en todo esto de los grupos artísticos de los sesentas y su consecuencia en los setentas, esta gráfica del 68 y todas esas ondas. Nos juntamos con la idea de trabajar en colectivo. Cuando te inicias en el mundo del arte tienes que tomar fuerza uniéndote a otra banda. Estaba una chava de acá del D.F., estaba Alejandra, una compañera de Oaxaca que anduvo bien metida en Radio Universidad durante el movimiento de la APPO, Itandeahui, que ahora anda estudiando en la ENAH, entre otros.

Arte Jaguar: el nombre

A partir de esa junta que hicimos había que proponer el nombre para identificarse, le pusimos Arte Jaguar por un símbolo del calendario maya. A la banda le gustó la idea del jaguar como animal mítico proveniente de una cultura ancestral. Me gustó un chingo, principalmente porque el jaguar trabaja en la noche, para sobrevivir.

La Calle, el impulso del graffiti: un pretexto para convivir con la demás banda y que te identifiquen.

Nos llegó la influencia desde Puebla, el D.F. y E.U. (hay mucha gente que se va a chambear a los Estados Unidos y regresa). Empezaron a hacer tipografías, no de las convencionales que se identifican con el graffiti entre la banda, sino que eran más cholas. Antes de los cholos había banda que hacia plantillas, eran punx y rockers: el clásico Che Guevara o el punk con mohawk. La banda que hacía graffiti no los tomó en cuenta en su momento; fue hasta después con el movimiento popular de la APPO: todo ello se concentraría en la expresión con aerosol en la calle. Hay una cosa bien curiosa, actualmente hay muchas plantillas o consignas de Oaxaca que son conocidas internacionalmente y son consideradas como graffiti, pero entre el movimiento graffitero no, porque no fueron hechas por graffiteros, sino más bien por la gente común.

¿A qué imágenes te refieres?

Cuando había marchas era muy común que la gente hiciera plantillas o escribiera consignas y la banda que hacia graffiti echara sus bombas de la APPO. Para los graffiteros un poco ortodoxos, las pintas de la gente no tenían estilo. Al final eso ya no importó, porque la pinta se convirtió en patrimonio común, arrasó con todo. Ya no tenía chiste salir a pintar, para la banda ya no tenía chiste salir a pintar tu crew porque ya no había ley. Entre los graffiteros es algo chingón que sales a pintar como un desafío, que te corretee la policía o que tal güey te cache y lo cuentes entre tus compas. Pero cuando no hay ley, ¿a quien le cuentas? Ya ni chiste tiene. La principal exigencia del movimiento era la renuncia del gobernador, ésta se volvió una expresión común, tanto entre los graffiteros como en quien pudiera tener en sus manos algo para pintar. Fue algo chingón. El 14 de junio entró la policía a desalojar a los maestros y como consecuencia surgió una inconformidad generalizada, se tenía que volver más evidente lo político en las paredes.

Respecto al movimiento en Oaxaca, ¿participaron como activistas o fueron artistas que hacían activismo pintando en las calles?

Para empezar, no hay artistas de la APPO. Creo que nuestro activismo se dio de manera natural, con decirte que a una cuadra de mi casa había una barricada: teníamos que cuidar la colonia. Durante el levantamiento popular era muy normal rolar por las calles, ibas al centro y te encontrabas a banda que hacía graffiti y le dabas también. Se perdió eso de pintar el tag o el crew, escribías directamente la consigna. No siempre iba uno a pintar “APPO” o a identificarse con un grupo; las pintas o imágenes eran más abiertas. Claro, hubo gente de los crews que sí se involucró más en la lucha.

Mencionaste hace un momento que no había artistas de la APPO, sin embargo, hubo un levantamiento popular con demandas políticas muy claras donde también se potenció la creación artística.

Siento que toda esa gráfica que se hizo a favor del movimiento no fue hecha por alguien en específico; su autor era la misma gente, el colectivo. Una vez saqué una plantilla y a la siguiente marcha una banda la estaba reproduciendo, o había carteles que sacaba alguna comunidad indígena en el plantón, eran imágenes muy espontáneas, te ibas empapando chido de esa estética que a lo mejor ni pretensiones tiene. Entonces uno se va acostumbrando a ir pintando por la calle y no ponerle un título, a perder la autoría: al momento de hacer las imágenes no vas a decir “ésta es mía”. Hay gente que hace plantillas y no le ponen de quién es. El graffiti se da en el espacio público, es para la gente, es para todo mundo que lo quiera ver.

Sin embargo, en el tag la firma es fundamental…

En el caso específico del movimiento del graffiti, ahí te identifican con la firma. El valor consiste en el tipo de dificultades que enfrentes al hacer una pinta, el lugar donde lo pongas, ése es el reconocimiento para la banda que hace graffiti. Pero al momento que abres la imagen, que no la pintas nada más para la gente que hace graffiti, ahí ya no importa eso, ya no importa el tag, ya no importa dónde lo haces. Adquieres un sentido más común: ¿pintar consignas en la calle?, eso lo puede hacer cualquier persona.

¿Es importante para ti seguir definiendo al arte como arte de resistencia o arte comprometido, como acciones específicas para situaciones sociales concretas?

Cuando hay una crisis social se desprenden muchas propuestas artísticas. Mi abuelo dice que cada cien años hay una revolución en México, ojalá nos toque. Lo digo con la intención de volver a sentir todo ese movimiento, a toda esa gente, donde la creación es colectiva y no nada más de unos cuantos, que no se identifique solamente a unos tales que hacen arte, que sí hacen el verdadero arte. Que el arte sea de todos.

¿Existe una literatura latinoamericana y caribeña?

•Marzo 8, 2009 • Deja un comentario
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¿Existe una literatura latinoamericana y caribeña?

Luis Britto García

El escritor venezolano Luis Britto (1940) tiene una amplia trayectoria ensayística y literaria. Ha recibido en dos ocasiones el Premio Casa de las Américas por sus novelas A Rajatabla (1970) y Abrapalabra (1980), así como el Premio Latinoamericano de Dramaturgia y el Premio Nacional de Teatro por su obra El tirano Aguirre o la conquista del Dorado. La escritura de Britto es de naturaleza aventurera, lo mismo se interna en la tradición literaria latinoamericana que en la política o la cultura popular. En 1991 publicó el ensayo El imperio contracultural: del rock a la posmodernidad, y unos años más tarde escribió la primera ópera-salsa que se llevó a los escenarios: La ópera salsa: démela con masa. Es un apasionado de las islas caribeñas. Alguna vez se definió como un marinero-escritor porque ha recorrido los mares caribeños capitaneando pequeños veleros y varias expediciones literarias. Les presentamos aquí las reflexiones en torno a las letras latinoamericanas y caribeñas de este agudo explorador de los pantanosos territorios de la identidad latinoamericana.

1.

Una literatura, como una persona, se define por los retos que asume. El desafío de un ser es existir. Contra lo que es hoy América Latina y el Caribe lanzaron las potencias invasoras edicto de inexistencia. El pensamiento teocrático decretó que indígenas y africanos esclavizados no tenían almas; luego, que carecían del derecho de crear representaciones propias del mundo. Durante la Colonia nos estuvieron explícitamente prohibidas la invención de religiones y de ficciones. El positivismo perpetuó el interdicto asignándonos el papel de mimesis de Europa. Gendarmes Necesarios y Manos Invisibles del Mercado debían erradicar toda originalidad. El problema de la existencia de una literatura de América Latina y del Caribe no es distinto del de su Independencia. Nuestras letras son nuestra ontología.

2.

Aristóteles postuló que las definiciones se construyen por género próximo y por diferencia específica. Nos vinculan con la literatura ibérica el predominio de dos lenguas romances y el trasfondo cultural de la catolicidad. Nos separan de ella los temas y el lenguaje en el cual los tratamos. Nuestra independencia literaria empieza con las obras que versan sobre las desmesuradas extensiones y los inagotables seres de América. Adscribo a ellas las de los cronistas que consignaron maravilladas relaciones sobre ambos, y que nunca dedicaron obras semejantes a la topografía ni la sociedad ibéricas. La ocupación de un ámbito es el primer paso de un ser. Su registro, la instauración de una conciencia. El Inca Garcilaso conquista a sus conquistadores un código para inaugurar un lenguaje y un mundo. Es el cosmos definido por ámbitos y temáticas vírgenes: la llanura, la selva, la cordillera, lo indígena, lo africano, lo mestizo: lo nuevo.

3.

Pero un tema no constituye una literatura si no está narrado en un lenguaje propio. Ya para la Independencia, la evolución del castellano de América justificó la Gramática para uso de americanos de Andrés Bello y los trabajos de Rufino Cuervo. Lo mismo sucedía con el portugués de Brasil. En el IV Congreso Internacional de la Lengua Española en Medellín y Barranquilla, la Academia Española abandonó todo intento de rectoría sobre el castellano de América, que desde hace medio milenio evoluciona incorporando vocablos, construcciones gramaticales y entonaciones de millares de lenguas indígenas y africanas, y asimilando vorazmente las osadías de las vanguardias y los neologismos de la contemporaneidad. A Mundo Nuevo, lengua nueva: el castellano de América es el principal motor que salva al peninsular de la momificación académica y el estancamiento casticista. A lengua nueva, nueva literatura.

4.

Aparte del veto de existir, que todavía mantienen algunos, la literatura latinoamericana y caribeña enfrentó interdictos no menos serios: ante todo, el de la misma seriedad. A pesar de que nuestra novelística arranca con la picaresca de El Periquillo Sarniento, durante centurias nuestra escritura fue pomposamente solemne, desdeñó el costumbrismo y el humorismo como géneros menores e ignoró concienzudamente obras maestras como La novela de la eterna, de Macedonio Fernández, que descubrieron el continente de la sonrisa. El interdicto católico y luego el positivista prohibieron lo fantástico. Un realismo sin magia opacó nuestras epopeyas hasta que Horacio Quiroga y Borges y García Márquez circunnavegaron el orbe de lo imaginario.

5.

El veto por excelencia contra el adolescente que estrena capacidad de generar proscribe la sexualidad. El romanticismo estereotipó novias castas y tuberculosas como la María de Jorge Isaacs, con amores puros y preferiblemente imposibles. La sexualidad era pecado que rebajaba en la escala social, o violencia que extendía el reprobable mestizaje, como en Doña Bárbara y Pobre Negro de Gallegos. La policía y la crítica literaria erradicaron el deleite de la página impresa y a través de ella de la imaginación. La erótica asomó tímidamente en las novelas sobre el mestizaje, como Cumboto, de Ramón Díaz Sánchez. Sólo a partir del boom se imprimieron fantasías tan desenfadadamente carnales como Paradiso de Lezama Lima, Cobra de Severo Sarduy o La esposa del doctor Thorne, de Denzil Romero. Tras ellas irrumpió la voz femenina, antes sólo insinuada por pioneras como Sor Juana Inés de la Cruz, Silvina Bullrich o Teresa de la Parra, luego vuelta torrente con Helena Poniatovska, Laura Antillano, Diamela Eltit. El único veto que subsiste es el del futuro. La literatura de anticipación o de ficción científica es en nuestras letras poco menos que herejía. Quizá la reivindiquemos al conquistar nuestro derecho al porvenir.

6.

Vencer vetos es intentar osadías. Las de nuestras letras las diferencian en forma flagrante de las europeas. Nombrar a América es ya una temeridad. Tras ella viene el casi constante compromiso con causas políticas o sociales, que Stendhal vituperó como la piedra de molino que se ata al cuello de la literatura. Luego, el de exacerbar tendencias metropolitanas hasta la irreconocibilidad, como en el barroco y el romanticismo americanos; el de invenciones como el modernismo, que parten de América para restaurar el Viejo Mundo, la del realismo mágico y lo real maravilloso y la explosión de técnicas que acompañó y siguió al llamado boom.

7.

Pero quizá la mayor osadía de nuestras letras sea prefigurar el colosal cuerpo político que ha de instituirse dentro de las fronteras de nuestro imaginario. La obra maestra constituye a la lengua, y la lengua constituye la nación. La literatura es la primera voz de un ser colectivo a punto de nacer. Nos corresponde crear con ella el primer y más indestructible vínculo de la nación latinoamericana y caribeña, mediante obras que toda la región considere suyas no obstante su especificidad y precisamente por su especificidad. En el principio era el Verbo, y con él no hay final.

Walter Mignolo -El Pensamiento Descolonial

•Febrero 16, 2009 • Deja un comentario

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El pensamiento descolonial

Walter Mignolo

 

Aunque la formación inicial de Walter Mignolo proviene de la crítica literaria, sus análisis han recorrido distintas disciplinas, desde la antropología cultural, los estudios culturales y las discusiones en torno al pensamiento latinoamericano, hasta las teorías poscoloniales. Estas investigaciones lo han llevado a mirar bajo una nueva óptica conceptos como colonialismo, geopolítica o la misma noción de América Latina. Algunas de sus publicaciones más sobresalientes dan cuenta de sus intereses diversos: Teoría del texto e interpretación de textos (1986), El lado oscuro del Renacimiento (1995), Historias locales/diseños globales (1999) y La idea de Latinoamérica (2007), uno de sus últimos textos. Mignolo dirige el Centro de Estudios Globales y de las Humanidades de la Duke University y es investigador asociado de la Universidad Andina Simón Bolívar de Ecuador (UASB). Les presentamos aquí una charla que dio recientemente en Chile en torno a la producción del conocimiento descolonial, ese pensamiento que surge de las historias locales y que, aunque ignorado, acompaña a la historia imperial/colonial moderna.

 

En la conferencia dictada en la UASB en octubre de 2001, Josepth Stiglitz expuso brevemente su teoría de la información imperfecta y sus implicaciones para el trabajo hacia una sociedad democrática y justa. Afirmaba que, en el proceso, las universidades tienen un papel importante que cumplir (y esto lo decía en la ocasión en que se abría la carrera en Ciencias Económicas en la UASB):

Las universidades tienen un papel central en este sentido. Creo firmemente que, además de perseguir el conocimiento por el conocimiento en sí mismo, las universidades tiene una función significativa en el desarrollo de la democracia. Mejorar nuestro entendimiento del mundo y de todo cuanto nos rodea es la misión central de la universidad; sin embargo, una función particularmente importante de las universidades es promover el desarrollo de la democracia (2002, 225).[1]

 

Estoy de acuerdo con Stiglitz en que una de las funciones principales en la producción de conocimientos es promover la democracia y que las universidades tienen un importante rol que cumplir en ese sentido. Lo que él apunta, en cambio, como conocimiento por el conocimiento mismo es en verdad una lacra, puesto que esa función produce sujetos académicos que se afincan en la auto-asignación de la verdad del conocimiento y terminan en una arrogancia conservadora y constipada que consiste en escudarse en sus conocimientos para descalificar lo que no pueden controlar con sus principios mezquinos. Pero hay más. Aun estando de acuerdo con Stiglitz, voy a subrayar aspectos que no están implicados en su recomendación. Sospecho, además, que no sólo no están implicados, sino que Stiglitz no los ve. No estoy diciendo que perversamente Stiglitz esté haciendo uso de la información imperfecta que su teoría condena, sino estoy sugiriendo que la colonialidad del saber produce barreras inconscientes aun en personas brillantes y honestas como el mismo Stiglitz.

 

La producción de conocimientos para promover la democracia se produce también en espacios no universitarios. En este sentido podríamos decir que no se trataría del desarrollo de la democracia (metáfora económica), sino de su expansión espacial-social. Desarrollo conduciría a que la clase dominante, en el Estado y en el Mercado, munida de una conciencia ética cada vez más crítica (y en ese sentido teorías como la de la información imperfecta tendrían esa función), fuera más generosa (un término no empleado por los defensores oficiales, es decir, en los discursos del estado y del mercado) con la sociedad civil (el sector social que es en general “civilizado” y conservador porque está integrado al estado y al mercado) y la sociedad política (el sector social crítico y disidente frente a las funciones de control y de represión del estado; a la inoperancia del estado frente al patriarcalismo y el racismo, etc.; y frente a la explotación que significa, en las empresas y el mercado, la reducción de los gastos para aumentar las ganancias). La expansión social de la democracia significa la participación de actores y proyectos que emergen de la sociedad política frente a las limitaciones de la teoría política del estado moderno (construido sobre la base de la experiencia e historia europea y traducida a estados coloniales en las ex-colonias de los imperios tanto capitalistas como comunistas).

 

Ahora bien, hay un tipo de conocimiento cuya función es fundamental para la expansión de la democracia y que no se produce necesariamente en las universidades. Un conocimiento gestado en la experiencia social, histórica y personal de individuos y colectivos sociales. Un conocimiento que surge desde el mismo actuar político se convierte en pensamiento que se revierte sobre el actuar. Por otra parte, cuando este tipo de conocimiento busca su lugar en la universidad, la universidad lo rechaza o le pone dificultades, con la excusa de que no se sujeta a las reglas disciplinarias de la producción de conocimiento. Surge aquí un tipo de pensar y actuar que voy a caracterizar como “pensar/pensamiento descolonial”.

 

El pensar/pensamiento descolonial no tiene sus antecedentes ni en Grecia ni en Roma, ni en la lengua griega ni en la latina. No tiene sus antecedentes en estas lenguas, pero estas lenguas están implicadas en sus orígenes. En la medida en que las lenguas griega y latina son fundacionales para el pensamiento imperial en la Europa del Atlántico a partir del siglo XVI, no son el antecedente del pensar descolonial, sino parte de la violencia que provoca y genera la necesidad de este pensar. Lo que provoca el pensar descolonial es la simultánea formación en el siglo XVI, consolidación y proyección global desde entonces hasta la invasión de Irak por Estados Unidos y del Líbano por Israel: esto es, la formación de la retórica salvacionista en la que se funda la idea de modernidad y la oculta necesidad de control, explotación y muerte de la lógica de la colonialidad, escondida bajo la retórica del triunfalismo salvacionista de la modernidad. El pensar/pensamiento descolonial surge en Tawantinsuyu y Anáhuac, en las dos civilizaciones invadidas y destruidas por la invasión Europea, principalmente castellana (Guaman Poma de Ayala, insurgencias como el Taky-Onkoy, insurgencias en Nueva España, etcétera); portuguesa (insurgencia tupí entre 1549 y 1553; rebeliones de esclavos africanos a medida que la importación de esclavos aumentaba drásticamente entre los siglos XVI y XVIII); y en las plantaciones del Caribe, en el cimarronaje de los esclavos africanos desligándose de las plantaciones y formando su propio pensar y organización social (el “pensamiento cimarrón”, como lo caracterizan Juan García y Edisón León). Guaman Poma de Ayala nos dejó el legado de una teoría político-económica descolonial en las colonias hispánicas. Y Ottabah Cugoano nos dejó el legado de una teoría política descolonial sobre la base de su experiencia en las plantaciones del Caribe y de su vida en Londres.[2] El pensar des-colonial re-surge, a su manera y en distintas historias locales, con la expansión imperial de Inglaterra y Francia, en Asia y África, a partir de finales del siglo XVIII: Mahatma Gandhi en India, Amilcar Cabral en las colonias portuguesas de África, Aimé Césaire y Frantz Fanon a partir de la experiencia de la colonización francesa en Martinica, Fausto Reinaga a partir de la experiencia de la larga historia colonial de Bolivia, Gloria Anzaldúa, recogiendo la experiencia de la colonialidad entre las latinas/os en Estados Unidos, etcétera.

 

Hay pues una vertiente del pensamiento des-colonial que surge y acompaña la historia imperial/colonial moderna (es decir, capitalista), y se contrapone a la retórica de la modernidad y la lógica de la colonialidad. ¿En qué consiste el pensar des-colonial? ¿Cuáles son sus características y cuál es su singularidad frente a otros pensares disidentes y críticos que ha generado la modernidad, como por ejemplo el marxismo y la desconstrucción?

 

En primer lugar, está el desprendimiento epistémico. Aníbal Quijano sitúa el desprendimiento del eurocentrismo como primer paso del pensar descolonial.[3] ¿Que significa aquí desprendimiento epistémico? Quizás se pueda aclarar diferenciando el pensamiento descolonial de la crítica de Marx al capitalismo. Enrique Dussel hizo una lectura del momento crítico en la obra de Karl Marx, sobre todo en su desmontaje de la lógica del capital. Dussel señala de qué manera Marx empleó los instrumentos analíticos de la ciencia del momento para de-velar la lógica que explica la diferencia en la acumulación entre el empresario y el obrero.[4] Lo mismo podría decirse de Sigmund Freud al des-cubrir la lógica del inconsciente, semejante a como Marx des-cubrió la lógica del capital. El hecho de que ambos sean judíos, es decir, víctimas del colonialismo interno en Europa, puede explicar la sensibilidad que llevó a ambos a producir conocimiento para la liberación del sujeto en lugar de hacerlo para el desarrollo. Por eso mismo, tanto Marx como Freud fueron crucificados por la inteligencia que promueve la civilización, el progreso, el desarrollo, las buenas costumbres y la normatividad blanca, masculina y heterosexual.

 

Ahora bien, antes, mucho antes de que Marx y Freud des-cubrieran la lógica del capital y la lógica del inconsciente, intelectuales como Guaman Poma de Ayala y Ottabah Cugoano des-cubrieron la lógica de la colonialidad. Guaman Poma la des-cubrió en dos niveles. En su “nueva crónica” dejó en claro que la historia de la cacería había sido escrita por los cazadores y no por los leones, como dice un dicho popular entre los afro-andinos. Y por otro lado, puso también de manifiesto no sólo la dimensión crítica sino también la prospectiva: que un “buen gobierno” tendrá que estructurase, en los Andes, a partir de la experiencia e historia social andina —articulada con la hispánica—, pero no en la imposición de las formas hispánicas de gobermentalidad. El gobierno de Evo Morales actualiza, quinientos años después, un proyecto de des-colonización que Guaman Poma había imaginado sin antecedentes a finales del siglo XVI y comienzos del siglo XVII.

 

Ottobah Cugoano dejó al menos dos principios básicos para el pensamiento descolonial. Uno es la complicidad imperial, en el comercio de esclavos, entre España, Portugal, Holanda, Inglaterra y Francia. Para Cugoano hay una lógica común en la política imperial de estos países que sobrepasa las diferencias nacionales y comerciales entre ellos. La lógica de la colonialidad aparece así des-cubierta detrás de las diferencias imperiales. El segundo y radical principio, re-articulado muchos años después por Eric Williams (Capitalism and Slavery, 1944), es que el comercio de esclavos convirtió a seres humanos en mercaderías y, en consecuencia, en entidades desechables, descartables. Las vidas humanas descartables y desechables tienen su retórica justificativa en el racismo y constituyen el lado más oscuro de la colonialidad que se mantiene hasta hoy y se propaga: comercio de mujeres, comercio de niños, comercio de órganos de los cuerpos humanos, devaluación de las muertes de personas en Irak y en Líbano, etcétera. Como consecuencia, Ottobah Cugoano sugiere un principio fundamental en la descolonización del estado y la sociedad: que la soberanía no debe establecerse en la relación de la persona con el estado (puesto que el estado estaba y sigue estando relacionado a una etnia y por lo tanto a un concepto limitado de lo humano y de la humanidad), sino de persona a persona; es decir, no hay persona que tenga el derecho de controlar, poseer, dominar a otra persona.

 

Estos ejemplos nos ayudan a establecer las diferencia entre la crítica eurocéntrica al eurocentrismo en la obra de Marx y Freud, por un lado, y la crítica de-colonial al eurocentrismo en la obra de Guaman Poma y Ottobah Cugoano, por el otro. La crítica de Marx y Freud no sólo se realiza en el interior de la lógica epistémica que critican, sino que responden a la misma formación subjetiva (es decir, el sujeto moderno) que critican. Tanto el obrero como el patrón, tanto la familia burguesa como el patriarcado, constituyen la diversidad de lo mismo. En cambio, Guaman Poma y Ottobah Cugoano son ajenos a la subjetividad del sujeto moderno y tangenciales a las categorías de pensamiento forjadas a partir del griego y del latín y explayadas en las lenguas europeas modernas e imperiales. El desprendimiento proviene entonces de pensar en la experiencia de sujetos fracturados por la colonialidad y en categorías ajenas a las del griego y del latín y de sus lenguas secuaces modernas. En tal sentido, Guaman Poma y Ottobah Cugoano son pensadores fronterizos, construyen una epistemología fronteriza que es la metodología del pensamiento des-colonial y la condición necesaria del desprendimiento epistémico.[5]

 

El proceso histórico en América del Sur/Abya Yala y el Caribe, hoy, comienza un proceso de desprendimiento epistémico y político. En Bolivia este lenguaje es claro y contundente en el gobierno de Evo Morales. En Ecuador, en el lenguaje de Pachakuti y de la CONAIE; como así también en el trabajo intelectual y político de afro-andinos y afro-andinas (Juan García, Libia Grueso). Lo hemos vivido y presenciado en tres intensos días de las Jornadas de Insurgencias Político-Epistémicas y el Giro Descolonial realizadas en la Universidad Andina (17 al 19 de julio de 2006).

 

Pues bien, volviendo a la sugerencia de Stiglitz: sí, de acuerdo. La universidad debe contribuir a los procesos democráticos en dos direcciones: produciendo pensamiento (crítico, por cierto) des-colonizador y trabajando conjuntamente con el pensamiento y hacer des-colonizador fuera de la universidad, tanto en los proyectos de la sociedad política, como en el caso de Evo Morales y Hugo Chávez, como des-colonizando en las prácticas de Estado y en la filosofía económica.


[1] “Teoría de la información imperfecta: implicaciones de la política económica”, en Comentario Internacional, núm. 3 (2002), pp. 219-226.

[2] Este argumento se explicita en mi articulo “El pensamiento descolonial, desprendimiento y apertura. Un manifiesto”, en Santiago Castro-Gómez y Ramón Grosfoguel (eds.), El giro decolonial: Reflexiones para una diversidad epistémica más allá del capitalismo global, Bogotá, Pontificia Universidad Javeriana, Universidad Central y Siglo del Hombre Editores, 2007.

[3] “Colonialidad y Modernidad/Racionalidad”, Perú Indígena, vol. 13, núm. 29, pp. 11-20. Reproducido en Heraclio Bonilla (comp.), Los Conquistados, Bogotá: Flacso-Tercer Mundo, 1992. En inglés apareció como “Coloniality and Modernity/Rationality”, en Goran Therborn (ed.), Globalizations and Modernities, Estocolmo: FRN, 1999.

[4] “El programa científico de investigación de Karl Marx”, en Hacia una filosofía política-crítica, Sevilla: Desclée, núm. 12 (2001), pp. 279-302.

[5] Exploré la simultánea aparición del sujeto moderno (Cervantes en Don Quijote, Descartes en Le discourse de la méthode) y el sujeto colonial (Guaman Poma) en el ensayo “De-linking: Don Quixot, Globalization and the Colonies”, en Quixotic Offspring: The Global Legacy of Don Quixote, Maclester International: Macalester College, 2006, vol. 17, pp. 3-39.