El Fuego Incontrolado: Notas sobre la vida y obra de Joseph E. de Velasco

 

 

La imagen que presentamos resulta todo un hito en la historiografía del arte mexicano del siglo XIX. Se trata de la única representación que existe hasta donde se sabe del estado agónico de Don Constantino Escalante, célebre dibujante y caricaturista mexicano. ¿Cómo es que este dibujante radicado en Velasco, Texas pudo haber dibujado con tanto dramatismo la agonía y fallecimiento del caricaturista? No hay prueba fehaciente de correspondencia alguna o noticia del infausto accidente publicado en los periódicos de la región norte de México. Como verán, las dudas que despierta Velasco no son sino la punta de un iceberg más grande y profundo: se trata de toda una región cuya producción cultural durante el siglo XIX aún está por ser recuperada.

 

 

rostro

 

 

En esta segunda entrega en torno a la vida y obra de Joseph E. de Velasco, intentaremos acercarnos aún más a los distintos momentos creativos e intereses que dominaron los últimos diez años de su vida. Esta década marca su largo discurrir después de la intervención francesa por el territorio norte del país mexicano hasta su regreso definitivo al poblado de Goliad, Texas en el año de 1867.

 

Nuestros queridos muertos entran en el texto porque no pueden ni dañarnos ni hablarnos.

Michel de Certeau.

La vida del pintor texano se inserta en una época considerada de despropósitos políticos, de trifulcas entre facciones, de grandes estafas, de territorios perdidos, de bandidos y rebeldes. Una época donde la cultura liberal avanza de manera dificultosa entre viejos y persistentes credos en las fuerzas ocultas de los poderes simpáticos de la naturaleza y la creciente confianza en el poder progresivo de la electricidad igualmente invisible. Se trata de un impulso civilizatorio que intenta retornar al incivilizado a los “caminos de la razón y el progreso” sin hacer ni un ápice por aquellos cuya vida se agotaba en las fabricas de telares, en los pueblos mineros sometidos al abandono y en las haciendas de los grandes terratenientes.

Trataremos de rastrear el posible origen de una tradición que no tuvo continuidad ni estudio y por lo tanto, tampoco reflexión ni descubrimiento por parte de los historiadores del periodo. Intentamos recrear una historia colectiva (la de los personajes del desierto méxico-americano del siglo XIX), de sus desdichas y de sus trabajos, de sus aspiraciones y reflexiones estéticas alrededor del dibujo, imagen y representación de los que no tienen rostro ni historia, sino una polvareda de relatos alrededor de sus vidas

En este sentido la historiografía cuenta con las posibilidades mito-poiéticas de la narración, hace de una historia invisible y jamás contada la base para una nueva tradición que comienza justo cuando es evocada. A pesar de todo esto que hemos dicho ya el siglo XX se encargó de negar la posibilidad de vida y existencia del pintor de Velasco. En una carta fechada el 24 de septiembre de 1935, el historiador del arte mexicano Manuel Toussaint discute con Roberto Montenegro en torno a la existencia de Joseph E. de Velasco:
Basta afirmar que hoy, hay personas que se dicen historiadores, creen en la existencia del pintor apócrifo, demostrando con eso que carecen en absoluto de conocimiento científicamente histórico.

Estas cuestiones cuya gravedad es evidente, confluyen en la narración de apócrifos cuyas vidas debieron de existir y que les emparenta con la vida ignorada de los inobedientes, los cualquiera, los incontados, es decir los proletarios del arte. Personajes que como Joseph E. de Velasco trabajaron en la región cumpliendo con una variada serie de empleos que iban y venían por toda la frontera haciendo labores de imprenta, a veces robando vacas, moviéndose de la empresa cultural hasta el bandolerismo ¿Cómo abordar a estos extraviados cuya vida y apariencia es imposible de identificar en la historia nacional? No se trata de la búsqueda policiaca de los criminales del ayer, sólo queremos hablar con ellos, de ellos, pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo narrar la vida de un pueblo en éxodo sobre un territorio en disputa a partir de la vida singular del uno innombrado? ¿Qué actos deben ser nombrados? ¿Qué documentos hablarán por ellos?, ¿Cómo saber lo que habrán visto, escrito o imaginado?

¿Qué problemas se depositan en la historiografía del arte mexicano al tratar de descubrir la vida borrada de una tradición alojada en el desierto? ¿Cómo presentar su obra inconclusa, sus papeles quemados? pequeños comienzos de lo inacabado. Toda esta serie de preguntas dejan en la zozobra a quien quiera responderlas.

Velasco nace en medio de la vorágine nacional, en el doloroso nacimiento del Estado Nación. Su vida tuvo tres patrias y a ninguna le depositó sus afectos. A diferencia de los modernistas, quienes jamás se implicaron en las revueltas sociales, Velasco nace en medio de la tormenta federalista. Siempre en movimiento, lo mismo huye de los Estados Unidos de Norteamérica o de los Estados Unidos Mexicanos. De ahí la tragedia de este pintor claramente decimonónico que privilegió el encuentro de las fuerzas invisibles de la electricidad por sobre las gestas patrióticas.

Pedro Castera, escritor afincado en el norte de México, le conoció cuando Velasco intentaba regresar a Texas. En sus memorias aún inéditas, menciona lo siguiente:

Ese hombre tiene algo de raro, de misterioso, de fatal. Huir del día, alejarse de la sociedad, evitar el trato de la gente, no contestar cuando se le interroga, condenarse al silencio, al aislamiento, a la soledad completa. Esto ya pasa de extravagancia.

Y sin embargo, su extravagancia no se encontraba en el carácter misántropo del artista sino en su férrea convicción de que la huida constante le salvaría del mundo en transformación. De ahí que su retiro al pueblo de Goliad marcara su retorno al país del páramo y la inhospitalidad. El desierto le atraía por lo que tenia de inhóspito y desgraciado, por aquel calor que hacia temblar la tierra cada vez que ascendía el termómetro, en esas tierras robadas ningún mexicano era bienvenido. A la distancia nos preguntamos si tuvo razones sensatas para encerrarse en el mundo abierto del desierto o si sólo fue un vago sentimiento de confort en el desconcierto. Podríamos aventurar que su fe se encontraba -como siempre- en lo que aún no nacía, pero que era constantemente esperado por los habitantes del desierto, aquello que aún no existía pero que se sabe muy bien puede dar existencia al resto del mundo.

Una y otra vez, desde su retiro en Texas, Velasco recurre al fuego en sus dibujos. El carácter destructor y creador de las llamas que azota las praderas bien podría ser el que se produce en tiempo de revoluciones. El fuego unifica todo lo vivido por Joseph E. de Velasco. En su visión naturalista el fuego es ante todo una fuerza que consume. Que le posibilita representar los enfrentamientos entre bandos simplemente como cuerpos consumidos. El mundo esta constituido por el cambio y no por la constancia de lo eterno. No creemos que la metáfora sea excesiva, el fuego es un elemento activo, devorador de cuerpos, penetrando los poros, agitándolos, disolviéndolos. También encontramos al fuego como amigo de los intrépidos y los apasionados, de los hombres de acción o de sentimiento.

Cabe preguntarnos si el vocabulario construido en sus retratos es una construcción racional de la mirada atenta o es solo la naturaleza manifestando su presencia en todo aquello que Velasco veía. Mirar para Velasco, no es pintar lo que se ve, es presentir aquello que nada más esta viniendo y cuya presencia se nota sólo pasado el tiempo frente al cuadro o el dibujo. Lo que se ve al final es sólo eso…naturaleza impávida y muda, elocuente en lo que no deja de mostrar: nada que ver en esos rostros, en los objetos, en la naturaleza muerta, sino al desierto caminando inconstante devorando todo a su paso. Al final uno no deja de observar lo inútil de la presencia del fuego en el desierto. No hay nada que desbastar sino la idea implantada de desolación que habita en la planicie caliente de fuego. Lo cierto es que también el fuego lento del desierto sólo habla de la lenta pero inexorable consunción de la vida. En el desierto la vida se va desmoronando poco a poco, de ahí que la vejez de Velasco haya sido lenta y llena de episodios pasados, presentes en ese coludir de instantes que es el desierto.

Sección Transnacional del Laboratorio de la Imagen Contemporánea del corporativo 666 Satán/ismocrítico 12 de octubre del 2012.

* El acervo de J.E.de Velasco se localiza en el Archivo General de la Nación galerías 4 y 5, sección 2 y 3, caja # 16, legajos 02-332.

~ por 666ismocritico en diciembre 29, 2012.

Una respuesta to “El Fuego Incontrolado: Notas sobre la vida y obra de Joseph E. de Velasco”

  1. Me llamó mucho la atención la alusión que hace a las memorias inéditas de Pedro Castera, pues la cita que hace aparece en la novela Querens de 1890, y más bien yo lo había leído como un alter ego del autor. Dado que me dedico a la investigación y el estudio de la obra de Castera quisiera saber si podría dar mayor referencia de las memorias de Castera y si se encuentran en algún archivo. De antemano, le agradezco su respuesta. Reciba un cordial saludo.

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