7:00 a.m. Es temprano.

antiguo

7:00 a.m. Es temprano.

Miriam Licón

Usaba unos guantes de cuero grueso en los que apenas se entreveía el color mostaza perdido en la espesa capa de suciedad acumulada en las jornadas de trabajo. Jalaba por toda la calle los tambos en los que echaba la basuraque recogía de nuestras casas junto con la que amontonaba en las banquetas que barría a primera hora de la mañana. Si quería tirar la basura tenía que levantarme a las 7:00, porque a más tardar a las 7:30 Gonzalo ya se había ido. Eso se había convertido en una rutina cotidiana que marcaba el inicio del día. Todas las mañanas me asomaba por la ventana sólo para confirmar que el seguía allí. Mientras trabajé en el hospital siempre tuve el turno matutino, la primera persona a la que le daba los buenos días era a Gonzalo. Como me veía con el uniforme de enfermera aprovechaba para hacerme consultas, a veces sobre un medicamento para aliviar un padecimiento sencillo como quitar una gripe que ha durado más de una semana-lo que le pasaba frecuentemente a su esposa-, otras veces sobre la conveniencia para su joven hija de un parto natural o por cesárea. Nunca preguntaba sobre un remedio para él. En invierno muchas veces lo vi retar al frío con una camisa de manga corta. Se reía cada vez que le advertía sobre la epidemia de enfermedades respiratorias, “señora, eso nunca me pasa a mi, pase mi infancia sin zapatos y pocas veces he usado un sueter”.

El primer día que faltó fue un lunes. Lo recuerdo porque había acumulado más basura de lo usual ese fin de semana y lo esperé con los bultos listos frente a la puerta hasta bien entrada la mañana. Al siguiente día tampoco llegó, entonces pensé que estaba enfermo, pero con el paso de los días supe que no iba a regresar. No se donde vivía. No sabría decir cuantos años trabajó por estas calles, cuantos años lo vi frente a la casa, pero casi puedo asegurar que fueron los veinte. Hablamos cientos de veces, no puedo creer que no recuerde donde vivía, seguramente alguna vez me lo dijo pero lo he olvidado.Éramos casi de la misma edad. No creo que haya tenido más de setenta y cinco años. Cuando me cambié a esta casa Gonzalo era un hombre fuerte, movía los barriles de basura y las ramas de los árboles con gran facilidad. Fue hasta los últimos meses cuando esporádicamente traía algún ayudante. Empezó a trabajar por esta zona cuando se habitaron todos los departamentos. Fue el año en que todos recibimos créditos, a principios de los años ochenta. Todos los que trabajaban en el hospital y tenían familias se hicieron de una casa o un departamento. Yo era la única que vivía sola, sin nietos, sin hijos y a punto de jubilarme. Tenía entonces los cincuenta cumplidos. Coincidió que los nuevos departamentos se construyeron cerca de la casa de mi hermana Florencia. Una feliz coincidencia siendo México una ciudad tan grande. Cambiarme al departamento no fue un gran problema, tenía unos ahorros y con ello pagué una parte. Además eldepartamento que escogí era pequeño, una habitación, una salita, un baño, la cocina en la que apenas caben una mesa y los gabinetes con el fregadero y laestufa. Un pequeño jardín que pronto llené de plantas. Los claveles y las begonias siempre me han gustado. También puse una planta de alcatraz que me dio Manuel. Cuando me cambié ya estaba la tienda de Don Hernán en la esquina. Don Hernán era un hombre muy amable, rondaba los 80. Debe ser por eso que vi con naturalidad su muerte. Todos los vecinos fuimos a su entierro su muerte no tomó a nadie por sorpresa. Que muera un hombre mayor es de alguna forma natural. Cuando llegó fue algo comprensible.

Cuando pasaron los días y Gonzalo no regresaba confirmé que había muerto. Empezábamos a desaparecer… La certeza de que la vida se acaba llegó esa mañana. Gonzalo no padecía ninguna enfermedad, era simplemente que el tiempo se le había venido encima. Era simplemente que el tiempo se me venía encima.

Abrí la puerta y me dirigí directamente a la muchachita que había tomado su lugar. Tenía que echar a la incertidumbre de mis pensamientos. Me acerqué y me dijo buenos días sin verme a la cara, estaba ocupada vaciando el recogedor. Era una jovencita de menos de veinte años, algo robusta y lo suficientemente fuerte como para cargar con los tambos llenos de basura hasta el tiradero.

Las preguntas salieron de forma tan directa que yo misma me sorprendí. Las palabras fueron expulsadas de mi boca como si se tratara de un acto de sobrevivencia que evita el ahogo.

-¿Qué ha pasado con Gonzalo?, ¿por qué ya no viene?

– Don Gonzalo ha muerto.

Fue la única respuesta que me dio, como si esa respuesta tan escueta fuera suficiente.Me lo dijo de forma despreocupada mientras acomodaba los bultos de basura que le daba. Espere un momento a que agregara algo más, pero no tenía intenciones de hacerlo. Entré a la casa y busqué algo que tirar. Desocupé una bolsa de pan y vacié el resto de leche en un vaso para deshacerme de la botella. Tenía que acercarme a ella y exigirle una respuesta adecuada. Cuando salí ya iba muy lejos. Sabía que los siguientes días no tendría el valor para preguntarle más detalles. Tuve la sensación de que le incomodaba mi presencia, la presencia de una vieja cuestionándola. Tal vez pensó que desaprobaba su trabajo, que le preguntaba por desconfianza hacia ella, por preferencia hacia Gonzalo, tal vez no vio ninguna buena razón para aquella pregunta.

Gonzalo murió. Me di cuenta que soy vieja.

Todavía no eran las nueve de la mañana y ya me acompañaba en el desayuno esa idea de muerte que regularmente se presenta por las noches, cuando la oscuridad abusa de nuestras debilidades.

Por muchos años, más de la mitad de mi vida, trabajé como enfermera. He cambiado cientos de sábanas de vivos y muertos. Sé que cuando alguien muere hay que cerrarlelos ojos inmediatamente porque después es muy complicado hacerlo. Hace más de diez años que no trabajo. Lo hice durante treinta años. En realidad hoy es el único día que he pensado en mi propia muerte. Primero de forma extrañamente natural, el color del ataúd, el morir con los ojos cerrados, sería una indiscreción hacerlo con los ojos abiertos, eso siempre se presta a interpretar el último gesto y ese debe ser íntimo. Después pensé que mi cuerpo podía pasar días en el interior de la casa antes de alguien se diera cuenta, que lo sacarían en un estado por demás deplorable, apestando toda la casa. Es la forma de morir de los viejos solitarios.Pensé que moriría antes que Manuel y el pobre se vería abrumado con lo del entierro, después pensé que habría que evitarle esa pena pero lo deseché como un mal pensamiento. La idea de que él podía morir primero no era generosa, el tenía que seguir su vida sin Florencia y sin mí. Pensé en Florencia, mi pobre hermana se desmorona con cada muerte…tal vez me estoy volviendo igual a ella. Si Florencia se desmorona es porque piensa en su muerte y hoy he muerto varias veces y de muchas formas. Un paro cardiaco sería una buena manera, un accidente dentro de la casa, atropellada por un autobús camino a casa de Florencia. Una intoxicación, el único testigo seria mi gato, que terminaría por irse y encontrar otro hogar.

Florencia es dos años mayor que yo, tal vez por eso, porque la diferencia de edad entre las dos es muy poca, siempre hemos sido muy unidas. Sus hijos crecieron en mi casa moviendo y desordenando ese espacio que guardaba para mi soledad. Pasaban tardes enteras en mi casa, después se iban y todo volvía a quedar en silencio. Cuando crecieronAlma dejo de venir, sólo Manuel pasaba tardes enteras conmigo. Con el paso de los años Alma creció y a pesar de ser la menor fue la primera que dejó la casa. Manuel se casó al poco tiempo pero ese matrimonio duró sólo dos años. Lucía era maestra en la misma escuela que él. Después del divorcio él dejó el trabajo. Estuvo desempleado unos meses hasta que decidió regresar a la docencia. Florencia nunca supo que llegó a pensar en el suicidio. Un día vino a pedirme que lo ayudara, quería una sobredosis, quería que yo lo inyectara, que le tomara la mano antes de morir y entonces pensé que algún error habíamos cometido con esa criatura. Había salido tan temerosa del mundo. Por suerte eso fue pasajero. En los últimos años no ha vuelto a pensar en la muerte. Al menos no ha dicho una palabra de ello.

Manuel viene al menos dos veces por semana. Casi es tan hijo mío como de Florencia. Cobra la pensión que me llega del hospital y me la trae. El decidió hacerlo así. Eso me facilita mucho las cosas. Cada vez salgo menos de casa, disfruto estar aquí todo el día. He tomado el gusto de mi padre por la radio,paso las tardes enteras leyendo y oyendo la radio, escuchando por teléfono los monólogos interminables de Florencia en los que hace el recuento de sus pequeños incidentes cotidianos. Cuando cuelgo el teléfono mi vida en soledad vuelve a tener sentido.

Florencia y yo siempre hemos estado cerca, tan cerca, que a veces se me olvida que ella inicio su vida antes que la mía, a veces intento hacer memoria, pero siempre el punto de partida es el día que nos tomaron la primera foto juntas. Aunque la fotografía se extravió recuerdo que yo estaba parada a su lado sobre unos trozos de madera para que nos viéramos más o menos de la misma estatura. Ella de cinco años, yo de tres. En realidad no sé si lo recuerdo o es que mi madre contaba con tanta frecuencia lo simpáticas que nos veíamos que con el tiempo la imagen terminó por convertirse en recuerdo. Las dos con vestidos de algodón, una especie de batas blancas seguramente por el calor que se sentía aquellos años en Veracruz. Ahí vivimos mientras mi padre mantenía su trabajo en el puerto. Cuando Florencia cumplió los seis años nos volvieron a fotografiar juntas. Manuel mando restaurar la fotoy sacamos dos copias. Cada una tiene la suya en su habitación. El esposo de Florencia siempre se reía de nuestro gestos,decía que nada más chistoso que un par de chiquillas que miran temerosas hacia la cámara. “Claro, por la época que fue tomada una fotografía debió de haber sido un acontecimiento”. Hacia bromas de ese tipo, el nació en la primera década del siglo, era unos años más grande que nosotras que habíamos nacido a fines de los veintes. Hasta el último momento fue un viejo bromista dispuesto a reírse a expensas de todo el mundo. Conoció a Florencia cuando apenas era una jovencita y a los tres meses se casaron. Fue cuando decidí estudiar medicina. Las cosas eran muy difíciles en esa época y me conforme con ser enfermera.Los años en el hospital pasaron demasiado rápido, siempre pensando que quería ir a la guerra con el grupo de médicos que participaron en la segunda guerra. Cuidar enfermos es mi oficio, pero yo quería sanar héroes. Quería estar del lado de los justos y al final me acostumbre al hospital. Treinta años en el mismo lugar. Interrumpidos por un año y medio que me fui a un hospital rural. Si no había ido a la guerra al menos daría mi batalla en las montañas. Ese año y medio fui más que enfermera, atendía a casi todo el pueblo pues no había médico. Hasta una diarrea era complicada en esas condiciones. Los niños morían de enfermedades controlables y muchas mujeres quedaban en el parto. Me fui de ahí hasta que llegó el primer médico de planta.

Parece que el destino ha querido que Florencia y yo volvamos a ser dos chiquillas, el marido muerto, los hijos grandes, yo sin mi trabajo. Tan unidas como cuando éramos jóvenes. Hablamos por teléfono todos los días, nos consultamos para cualquier decisión. Es cierto que con el tiempo también nos hemos acostumbrado a la soledad. Cada una pasa el día entero en su casa, cada una ha construido su propio mundo. Al final cada quien se tiene que hacer cargo de si misma. Nunca he tenido una persona que me ayude en la casa y espero no tener que hacerlo. No es mucho lo que hay que hacer, echar la ropa a la lavadora, preparar comida y pasar la aspiradora una vez a la semana. Las demás labores son menores. Me inyecto sola, hago el chequeo de rutina con mi propio cuerpo: presión, ritmo cardiaco, temperatura.

Nunca había pensado en mi muerte. No había pensado en mi cuerpo de esa manera. El té se enfrió. Se paso el tiempo haciendo evidente lo absurdo de mis pensamientos. Ya eran las once de la mañana cuando empecéa doblar cuidadosamente la ropa y tuve la sensación de que quedaría intacta. Llegaría un día en que no la volvería a usar. Pensé en el tipo de ropa ideal para ser enterrado. Casi siempre se escogen las mejores ropas, yo no sé si esa es una buena decisión o es mejor que la ropa que más usa uno se deshaga junto con el cuerpo.

La casa esta en silencio. En el silencio cotidiano de la primera parte de la mañana. Me toma por sorpresa el ruido del teléfono. Me paro unos segundos antes de contestar para respirar y echar fuera el sobresalto. El localizador de llamadas me tranquiliza,no es nadie inoportuno, es el teléfono de Florencia. Contesto el teléfono con desgano, pensando que terminaré por contarle mis desafortunados pensamientos. Por más que me niegue mi hermana sabe como hacerme hablar. Tantos años juntas que es difícil ocultarle algo. La voz al otro lado del teléfono no es la deFlorencia, sino Alma, su hija. Al instante recordé que había llegado ayer. Desde que se fue a vivir a Chihuahua sus visitas son menos frecuentes. Apenas puede hablar, no me explica bien la situación. Salio un momento a la tienda y la encontró tirada a media sala. Pensé, Florencia ha muerto.

-Está inconsciente, no tarda en llegar la ambulancia.

Voy directo al hospital y deshecho las coincidencias, el viento de la muerte entro por mi ventana esta mañana. Por eso eché de menos a Gonzalo, por eso recordé a Don Hernán y pensé en mi propia muerte. Lo que jamás imaginé es que algo le fuera a pasar a Florencia.

Cierro la casa con doble llave, con la sensación de que tardare mucho en regresar. Camino hasta la parada del camión, conozco el camino al hospital muy bien. El camión no tarda mucho en pasar. El chofer espera pacientemente a que me siente para arrancar. Subo al camión sudorosa y agitada, seguramente traigo el rostro descompuesto. Me agarro del asiento y me recargo en la ventana, me limpio los ojos evitando que se me salgan las lágrimas. Me doy cuenta que la persona que viene frente a mi me observa, pero ni idea tiene de lo que esta pasando. Me molesta su mirada compasiva, su mirada que me muestra como una pobre mujer vieja y aturdida. Me cuesta más trabajo que de costumbre pararme para bajar. Tal vez si me vea como una pobre vieja desesperada. No se si el chofer ha escuchado el timbre entre tanto ruido, desde hace un momento le ha subido al radio y no hay manera de saber si escucha. Que mi cuerpo no sea ágil es humillante en este momento. Me bajo temerosa de caer. Me doy prisa. Se que están ahí porque el carro de Manuel está estacionado frente a la entrada. Pensar en Manuel es muy doloroso, pensar en nosotras también. Antes de entrar en la habitación tengo la seguridad de que Florencia sigue viva, el ambiente, hasta la forma de cerrar la puerta y el movimiento de alrededor son signos de que quien esta en la habitación vive o ha muerto. Cuando uno ha recorrido esos pasillos miles de veces hay señales que no pueden engañarnos. La expresión de la enfermera de la entrada también es clara, me indica la habitación con una sonrisa. Una puerta entreabierta jamás guarda un muerto en su interior.

La veo tendida en la cama, no se ve mal. Voy a buscar al médico. Estáafuera con Alma y Manuel. Florencia ha sufrido un infarto, no saben si Florencia saldrá de esta. Regreso al cuartode Florencia, en el pasillo saludo a las pocas enfermeras que aún conozco. Les pido que me dejen asistir a mi hermana. No logro convencerlas del todo, tendrán que consultarlo con el médico. Ademásme repiten una y otra vez que no es conveniente que lo haga yo siendo una mujer mayor que necesita descansar.

-No seas terca, Florencia no te necesita día y noche.

No entienden que mi insistencia no es por desconfianza, no es el hospital, no son las enfermeras es la muerte a quien quiero vigilar. El médico es muy joven pero me inspira confianza.

Camino al baño y elhospital me parece extraño como si no hubiera recorrido ese lugar por años. Me siento aturdida. Hay un aire amenazante, no, no es el hospital, son mis pensamientos. A otros el olor de los hospitales les parece enfermizo, pero a mi que puedo reconocer cada uno de esos olores no puede parecerme un lugar angustiante.

Cientos de veces introduje agujas en las venas, lo hice con Florencia. Le pedí a la enfermera que me dejara hacerlo, no quería al principio pero le explique que había trabajado muchos años en este hospital. Se que Florencia no vivirá mucho por eso me quedo sentada a su lado. Solo ella y yo. Alma y Manuel salieron a hacer unas llamadas. Cuando éramos niñas a Florencia le aterrorizaba la idea de ahogarse. Jamás la vi entrar a alguna piscina, ni siquiera se relajaba en la tina de baño. Una vez me lo confesó con tal aflicción que entendí perfectamente lo que ese miedo significaba para ella. Me contó que una vez logró quedarse placidamente un par de horas en la tina de baño, estaba a punto de quedarse dormida cuando alguien cambio el disco que esta escuchando, volvió en si con la certeza de que si hubiera cerrado los ojos hubiera muerto. Ahora estaba tendida en la cama respirando con grandes esfuerzos, pobre Florencia tal vez se sueñe sumergida en el mar. Le acaricie la cabellera largo rato. No se si se dio cuenta, tal vez ya se estaba yendo. Me apresuro a cerrarle los ojos. Lloro con el desamparo de un niño perdido. No es mas que puro miedo, la tristeza es menos inmediata.

Acerco la silla a su cama. Quiero permanecer el mayor tiempo posible al lado de su cuerpo. Tiene una expresión que nunca le había visto, una expresión muy dulce para sus 72 años.

Florencia se había vuelto una mujer muy precavida, tanto que había dejado de ser confiable. Los últimos días se despedía de la gente que no veía con frecuencia como si fuera la última vez. Quería ser de aquellas que presienten su muerte, pero tantas veces lo decía que terminaba por convertirse en una señal de sus miedos. Pobre Florencia. Entonces me reproche que ella se hubiera ido, después pensé que era un pensamiento egoísta, es mejor que yo haya sufrido su perdida y no ella la mía. Luego me pareció más egoísta pensar de esa manera, siquiera pensar en esas cosas. Ella debió vivir más. Sentí un dolor inmenso. Cómo es posible que Florencia se nos haya ido, es la primera vez que estoy segura que no la volveré a ver.Cuando me fui temporalmente al hospital rural, ella tenía miedo de que algo me fuera a pasar, yo al contrario estaba segura de que la volvería a ver. Me pareció cobarde en aquel momento, desconocí ese miedo en ella. Ahora me duele el cuerpo, es ese dolor que oprime, es una ausencia que debilita, es esa certeza de que se ha ido que no me deja respirar.

Me parece ver una sonrisa en su rostro, pero en realidad ella continua con la misma expresión. Esa expresión que ya no va a cambiar. Alma no tarda en llegar, ha ido a recibir a su esposo ya su hijo al aeropuerto. Apenas vino ayer. Llegó para ver morir a su madre. Alma y Florencia siempre fueron muy unidas. Manuel es un poco distinto a ellas, mucho más solitario. Demasiado parecido a ti, me decía Florencia. Ese carácter silencioso es herencia tuya. No se cansaba de repetirlo.

Después del entierro Manuel me deja en casa. Hace bien en no pasar. Prendo la luz, prendo la televisión. No sé cuantas horas pasan antes de irme a acostar. Dos días sin estar en casa. Me levanto en la madrugada para darle de comer al gato. Salí tan deprisa que me olvidé de él, ahora debe andar afuera buscando algo que comer. Debió suponer que morí por ahí, en una esquina, en un autobús y que no iba a regresar. Desconecto el refrigerador para deshielarlo y regreso a la cama. Son las 3:30. Es una molestia tener que hacerlo, cada vez me afecta más el frió. Se que no debería hacerlo porque me produce dolor en las articulaciones.

Ya esta amaneciendo cuando me llega el sueño. Despierto entrada la tarde. Manuel estaba llamando a la puerta. Lo veo con el gato en la mano. El pobre animal no sabía que yo ya había regresado. Lo tomo entre mis brazos y lo pongo en el sillón, ahí donde me hace compañía todas las tardes. Reconoce su pequeño nido todo lleno de pelo.Manuel se hecha a mis brazos ydespués se queda sentado en silencio junto al gato. Ya es tarde y aún no hemos comido. Cuando entro a la cocina el agua del refrigerador esta escurriendo por todos lados. Manuel me ayuda con el hielo y volvemos a echar a andar la vieja maquinita de enfriar. Saco un poco de vino- desde hace muchos años me tomo una copa todas las tardes- y pongo un disco. El tocadiscos apenas funciona,pocas veces lo uso porque solamente tengo dos discos. El resto de los discos se quedaron en casa de Florencia. Los escuchábamos en verano. Las voces de Billy Holiday, Bessi Smith, Louis Armstrong y Ella se oían por horas en el jardín. Eran los discos favoritos de Florencia, los había escuchado por años. Algunos días ella prefería los boleros. Se quedó con todos los discos porque ya mi viejo tocadiscos había terminado por servir de mesa. Ella conservaba el viejo mueble que compramos cuando éramos unas veinteañeras, el mismo mueble con otro aparato en su interior.

Fuimos a casa de Florencia. Alma se fue después del entierro y Manuel se ha quedado solo. Las plantas del jardín están secas, también las del interior. Les echo agua y entro a su habitación. Nuestra fotografía sigue en el mismo lugar. La cama está perfectamente tendida con la colcha recién lavada. Las pastillas para la presión y el reloj con el que vigilaba el tiempo siguen al lado de la cama. Las cortinas están cerradas, ella nunca acostumbraba dejarlas así durante el día. Apenas entra luz. A Florencia le gustaba que el sol entrara de lleno en la habitación. Alma o Manuel las debieron de haber cerrado, no quise preguntárselo. Abrimos el closet para buscar la llave del cajón donde están todos sus recuerdos. Saco todas las cosas y las guardo en la maleta de mi padre. Florencia la guardo entre sus ropas desde que él enfermo. Es de metal y ha aguantado muy bien el tiempo. Echo ahí las cartas viejas y las fotos familiares. Cosas que ya no pertenecen ni a la vida de Alma nia la de Manuel. Ahí está la fotografía que tomé del hospitaleldía que llegué.Junto a ella hay otra que le mandé en la misma carta, esa la tome antes de irme, Florencia frente a su casa con Manuel en brazos, un hermoso bebé regordete, el primer hijo de Florencia. Las habíamos visto juntas mil veces. Florencia vaciaba el cajón sobre la cama y se nos iba la mañana contando siempre las mismas anécdotas que escuchábamos con el placer de lo compartido. La única foto de nuestra madre la conservo Florencia, era una foto de jovencita, las demás mi padre las quemó cuando ella murió. Florencia la mantuvo escondida entre su ropa hasta la muerte de mi padre. Me costó mucho trabajo cerrar la maleta, los botones estaba un poco gastados. Es lo único que subo al carro de Manuel. El resto de las cosas de Florencia se las regalaremos a alguien. Sólo hay que dejar los muebles.

Podría asegurar que sigues aquí, pero te fuiste hace una semana Florencia. Hace días que no hablamos por teléfono. Varias veces me he sorprendido inmóvil frente a la mesa del teléfono, sintiendo un vacío enorme. Por las mañanas veo el programa de primeros auxilios y la telenovela, por la tarde escucho tus discos Florencia. Quiero hablar con Manuel, contarle cosas como las que le contaba cuando era pequeño, cuando todavía no las entendía. Después, cuando pudo comprender muchas cosas se quedaron en el silencio. A él no podía decirle mis miedos pero el resto lo podría saber. Me sentí triste por él, había escogido el camino de la soledad. Hasta el último día vivió en casa de Florencia, dos veces a la semana en casa de la tía, de esa tía que no tardaba en partir. Manuel tiene ya 45 años, Alma esmás joven. Ella ha hecho su vida aparte, él a nuestro lado. Pienso en la soledad de Manuel y se que es distinta a la mía. Durante años conteste mil veces la misma pregunta y vi mil caras incrédulas y ridículamente compasivas al explicar mi gusto por la soledad. Florencia misma, que me conocía bien no paraba de rogarme que me fuera a vivir a su casa. Yo siempre he preferido estar sola, nunca he sufrido por ello. Nunca había sufrido hasta ahora que te fuiste. Manuel en cambio no soporta la soledad, cuando se divorció regreso a casa de Florencia y nunca más se alejo de ahí. Apenas tendrá que aprender a estar solo.

Los muebles de mi casa son los mismos desde hace años. La casa no podría ser de otra persona. Cada rincón tiene mi olor, años del mismo perfume. Ese perfume que compró solo en sitios donde venden fragancias que ya no mucha gente busca. Los vestidos colgados que no uso desde hace años pensando en que las modas van y vienen. Ni siquiera se si me quedan. Tengo que salir por el tinte del cabello. Florencia nunca se pintaba el pelo, prefería su mezcla de cabellos blancos con negros. A mi siempre me ha gustado maquillarme y pintarme el cabello, no soy una mujer fea, casi me atrevería a asegurar que todo lo contrario. Cuando fui enfermera tuve muchos pretendientes médicos, el Doctor Álvarez todavía me hablaba hace un par de años para ir a tomarnos un café de vez en cuando. Me parecía un hombre joven, muy atractivo, pero ahora que he envejecido, ahora que hemos envejecido, creo que el encanto que ejercía sobre mi se quedo atrás.

Hace unos días deje un vestido a la mano, también un pantalón y una blusa. Florencia se hubiera reído a carcajadas por el atuendo, me hubiera vuelto a repetir que eso no se usa desde que salí de la escuela de enfermería y yo le tendría que recordar que muchas cosas se han vuelto a usar. Escribí un pequeño recado y lo dejé al lado de la cama. Con los días la hoja se empolvó, me pareció más práctico dejar una pequeña grabación con instrucciones en la mesita de la sala, donde cualquiera las pudiera ver. Cargaba con la herencia de Florencia, sus prevenciones que no eran más que miedo me persiguieron de tal modo que termine por cargar dentro de mi bolsa el casete de las instrucciones. Con los días se fue ese fantasma hasta que dejé de pensar en la muerte. Todos los días me siento a escuchar la radio, a esperar largas horas el timbre del teléfono mientras acaricio al gato. Al fin y al cabo ella terminará por llamarme,todo llegará a su tiempo…

Creative Commons License

~ por 666ismocritico en abril 15, 2009.

Una respuesta to “7:00 a.m. Es temprano.”

  1. ke tranza?? pues nada más para felicitarlos por igual al inti a miris y a todo el equipo que conforman esta página… gracias por todas las historias y entrevistas que nos hacen pensar en algo diferente todos los días….
    Resistencia por siempre…

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