Conversación con Federico Álvarez

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La suerte del subalterno está en el ruedo. Conversación con Federico Álvarez

Inti Meza Villarino y Miriam Licón Luna

 

Federico Álvarez (San Sebastián, 1927) es doctor en filosofía y profesor de teorías literarias en la carrera de estudios latinoamericanos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha sido director editorial de FCE-España y deGustavo Gili-México, así como asesor editorial de Siglo XXI. Su condición de transterrado lo ha llevado a reflexionar largamente sobre las complicadas relaciones coloniales entre España y América Latina, así como sobre el modernismo hispanoamericano del siglo XIX. En 2002 publicó el libro La respuesta imposible, en el que aborda el tema de la modernidad y sus descontentos, desde un ángulo para nada frecuentado en el ensayo latinoamericano: el ejercicio del pensamiento ecléctico en tiempos de incertidumbre, en el que todos los saberes se están rescribiendo, revalorando, algunos retirando y otros retomando. Federico Álvarez, persona de trato amable, tuvo a bien aceptar la entrevista en su oficina de la editorial Siglo XXI una calurosa tarde de febrero. Les presentamos sólo un fragmento de una conversación que llevó algo de tiempo y paciencia al entrevistado.

 

¿Qué papel tendría el modernismo en la construcción de nuestra modernidad en el siglo XX?

El modernismo fue modernidad, porque fue cosmopolita en el mejor sentido de la palabra. Ha sido un término muy viciado, muy polémico. Lo que pasa es que el modernismo se produce entre dos etapas igualmente importantes: el realismo, el naturalismo o el posromanticismo decimonónico, y las vanguardias americanas. El modernismo es parte fundamental de nuestra herencia, porque fue americano y porque fue moderno. Es una herencia que viene ligada en una trenza muy poderosa y valiosa al realismo finisecular del siglo XIX que no daba obras muy importantes, salvo Machado de Assis en Brasil y algunas novelas importantes de la Revolución Mexicana en el siglo XX. El modernismo nace con ese realismo y con las vanguardias. ¡Hay un postmodernismo también muy importante! Es una herencia con no pocas cosas desdeñables, igual que la modernidad heredada, pero con un núcleo fundamental. Hasta cierto punto, Martí fue modernista, fue más que modernista, por supuesto. Entonces, si eso no es nuestro, ¿qué podría serlo?

 

¿El modernismo implicaría una toma de distancia crítica respecto a la herencia de la cultura española?

Claro. Marinello ha escrito un ensayo muy hermoso que se llama La españolidad literaria de Martí y ¡es verdad! También en Gutiérrez Nájera hay españolidad. Era imposible no heredar la cultura literaria española, sobre todo la de los Siglos de Oro que se ve en los grandes poetas. Rubén Darío —al mismo tiempo Rodó, quien también era un modernista— inauguró este concepto. No lo inauguro él, lo desarrolló por lo menos desde el punto de vista consciente, el problema de que somos distintos, que somos Latinoamérica. Es verdad que lo opuso a Norteamérica, pero no dejó de subrayar la peculiaridad latinoamericana. Lo latinoamericano pasó a ser una identidad valiosa.

 Los españoles se empeñaban en decir hispanoamericano justamente para relacionar América Latina con España, la antigua metrópoli. Cuando los grandes pensadores y escritores de América Latina descubrieron que los franceses pretendían que este subcontinente fuera latinoamericano, aprovecharon el adjetivo y lo asumieron con una gran visión continental. Somos latinoamericanos porque queríamos independizarnos de lo hispanoamericano, es decir, queríamos no estar atados con un nombre que nos definía con la metrópoli, entonces lo latinoamericano fue una palabra providencial. Se dice —y es verdad— que su origen es francés, tal vez Maximiliano lo trajo, se dice que desde entonces —lo dice Rama también— lo latinoamericano fue muy bien acogido. Hoy en día en la ONU se habla de los países latinoamericanos. España está intentando hacer renacer de nuevo lo hispanoamericano porque después del sarampión europeo español que dura — ¡y que durará!— y que lo define de un modo lamentable, se han dado cuenta que América tenía un origen español, uno de los orígenes era indudablemente español. No hay más que ver la cantidad de editoriales, bancos y negocios que hacen que de nuevo lo hispanoamericano o lo iberoamericano —que es la manera de introducir a Brasil en el asunto— recobre una vigencia que ellos quieren darle. En literatura hablamos de literatura hispanoamericana porque está escrita en español. Decía Jorge Amado: “cuando oigo la palabra latinoamericano me pongo a temblar porque ya sé que no estamos los brasileños”. Hay una especie de identificación falsa de lo hispanoamericano con lo latinoamericano. Lo mismo decían los del Caribe, por eso en Naciones Unidas dicen “América Latina y el Caribe”, porque el Caribe no es latinoamericano. El Caribe puede ser inglés —Jamaica, Trinidad—, holandés… Quiero decir que la identidad de América Latina se configura con fuerza, con un nombre que rompe la identificación con la metrópoli que establecía lo hispanoamericano. Los franquistas inventaron eso de la hispanidad, que ahora vuelve otra vez. El instituto de relaciones culturales con América Latina se llamaba Instituto de Cultura Hispánica, la cultura de esos países era hispánica. Los falangistas hablaban de “una voluntad de imperio”: ¡sí, la tenían sin duda! Luego se cambió: el Instituto de Cultura Hispánica se convirtió en el Instituto Iberoamericano de Cultura, pero nunca jamás hablaron de lo latinoamericano. Alguna vez le dije a un embajador español: “Oye, ¿y por qué en tu discurso próximo no dices ‘España y los países latinoamericanos’?”. Y dice: “Porque aparece en ABC y me sacan de la embajada.”

 

 ¿Cuál es el sentido de hablar de lo latinoamericano? Lo pregunto porque en los últimos años los movimientos indígenas han cambiado la visión que se tenía de América Latina, incluso la visión sobre el nacionalismo.

 Es el problema de la identidad, es un problema gravísimo. Hay un libro de Murena, un ensayista muy inteligente y muy conservador, argentino, que se llama El pecado original de América, y me hizo pensar cuando lo compré: “Éste debe de ser un libro interesantísimo.” No, no era tan interesante, porque él estaba a mi juicio muy equivocado, decía que el pecado original de América era no ser europea. Pensaba que lo peor era justamente el origen indígena de América, y que América hubiera sido una maravilla de continente si en lugar de ser colonizado por un país como España (a pesar de que él era un hispanista), hubiera sido colonizado por un país moderno: Hispanoamérica sería hoy como Estados Unidos. El pecado original de América es no haber nacido bien. Sin duda que no nació bien, pero no por lo que él dice, sino porque en ese nacimiento quedaron en el rincón los verdaderos dueños del continente, los indígenas. Cuando se inventan identidades, siempre son identidades que nos separan de esa población indígena, son identidades falsas, pero constituidas como identidades. ¿Qué significa eso? Que son identidades nacionales, identidades culturales. Hablamos de que toda América Latina, en particular México, son países pluriculturales: la nación totonaca, la tarahumara, se dicen naciones. Podríamos ser no sólo un país pluricultural, podríamos ser un país plurinacional, como España. Ahí están la nacionalidad catalana, la nacionalidad vasca, la nacionalidad gallega, incluso están hablando de la nacionalidad andaluza: es un país plurinacional. La unidad de España es una unidad falsa creada por la monarquía absoluta; cada vez que ha habido una posibilidad de distinguir diferentes naciones dentro de España —la Primera República, la Segunda Republica, los segadores de Cataluña, las comunidades de Castilla—, ¡las han descabezado!, y no metafóricamente. En América podríamos hablar de naciones plurinacionales, pero desgraciadamente las poblaciones indígenas fueron diezmadas de un modo terrible. De cada una de esas naciones quedan treinta mil personas o cien mil… No sé si hay cien mil en algunas de las etnias de México. Constituyen naciones para sí; son una nación, pero nosotros no las reconocemos, aunque tienen un territorio, una lengua, una cultura, una tradición, las cosas que definen a una nación, pero no tienen independencia económica, por lo tanto no son una nación. Decimos pluriculturales para abrirnos al mundo indígena, pero la identidad de muchos países de América Latina es una identidad falsa y muy difícil de reconstituir. No conocemos a los indígenas, los conocemos por fuera; lo decía el ensayista ecuatoriano Carrión, también Mariátegui y Arguedas. Primero con los románticos, ni los hemos visto ni los hemos oído; los hemos creado así de la nada y hemos hecho una figura del indio que no tenía ninguna relación con la realidad. Son las primeras novelas supuestamente románticas de América Latina. Luego los vimos, pero no los oímos: la novela naturalista, Huasipungo. En esa novelística empiezan a ser vistos, reconocemos la descripción, pero no es así como hablan porque no conocemos su lengua. Falta un novelista indígena que nos diga cómo son ellos, pero ese novelista indígena va a escribir su novela en su lengua, ¡y no lo vamos a leer! Es una tragedia, es la tragedia de José María Arguedas, que se suicidó. Lo conocí: un hombre triste y torturado, porque efectivamente es un problema sin aparente solución. La solución que están proponiendo los  de Chiapas es autonomía de municipios, es lo que quieren ellos, que los alcaldes sean nuestros alcaldes, que el alcalde hable con nosotros en nuestra lengua porque éste es nuestro territorio, ésta es nuestra cultura, nos casamos de esta manera, nos bautizamos de esta otra —si es que nos bautizamos—, pero esta solución no es aceptable para un Estado unido, unificado, único. Entonces hay que esperar la conciencia. Lo curioso del caso es que cuando los indígenas adquieren una conciencia y una cultura capaz de expresarse de una manera moderna, cada vez que un indígena se ha aculturado, ha perdido la esencia de su pueblo o la ha transmitido de una manera ya occidentalizada en nuestra lengua. Es la tragedia de los pueblos indígenas, salvo Bolivia y Perú, donde son amplias mayorías los guaraníes, los aimaras, los quechuas. El guaraní es lengua oficial en Paraguay y creo que en Bolivia también. Aquí eso es imposible porque son muchas lenguas; no sé cuántas etnias hay, pero es un problema que pone en predicamento la llamada identidad nacional y sobre todo el mito relativo del mestizaje. ¿Quiénes son los mestizos?, ¿todos?; los hijos de españoles, los hijos de indios, ¿todos son mestizos? ¡No! El mestizaje es una palabra que habría que ir eliminando, que en realidad se está eliminando, solamente queda para algunos discursos. Nadie habla de una cultura mestiza: Octavio Paz, ¿es mestizo? No. Mariano Azuela, Gutiérrez Nájera, ¿son mestizos? ¿Qué es el mestizaje? Altamirano que era indio, Benito Juárez que era indio, ¿son mestizos?, ¿qué son? Son mexicanos, según el primitivo Instituto Nacional Indigenista, que estaba proponiendo y propugnando que el indio se pusiera unos vaqueros, una chamarra, y viniera a trabajar como albañil a las ciudades. Eso es lo que pretendían. Afortunadamente, luego vino la cartilla bilingüe, pero la tarea es gigantesca. Creo que son palabras fuertes, pero creo que lo que se necesita es, como decía el Che, una segunda independencia…

 

Tras el auge que han tenido en los últimos años los estudios poscoloniales, tanto en el nivel de los movimientos sociales indígenas como en el campo de la academia —específicamente en Estados Unidos y algunas “islas” de América—, ha seguido una valoración critica y la consecuente reescritura del canon literario de Occidente. En nuestro caso, la recuperación que se hace de Guaman Poma de Ayala o del Inca Garcilaso, ¿en qué medida puede efectivamente transformar el canon literario latinoamericano?

Con el canon pasa lo que con la tradición. Hasta hace muy poco tiempo había un canon. Harold Bloom nos ha dicho que sólo hay uno, pero no es cierto. Hay varios cánones, sobre todo ahora. ¿Cuál es la alternativa? O romper con el canon o crear un canon nuevo, y las dos cosas se están haciendo. Ya sabemos hasta la saciedad que el canon está formado por hombres —no hay mujeres—, por blancos —no hay negros—, por occidentales —no hay orientales—. El canon es un canon occidental, un canon del establishment. Claro, un canon considerabilísimo, consistente hasta más no poder: Cervantes, Shakespeare, Goethe… ¡uff!… Dante… Cuando Bloom hace el resumen del canon, dice: “El resumen es Cervantes, Dante y Shakespeare, y para acabar pronto, Shakespeare.” No, ese canon hay que romperlo y meterle muchas cosas que nunca se leyeron en su momento. Ustedes hablaban también del subalterno, es un poco la voz del subalterno, lo que pasa es que eso ya pasó. Creo que igual que los estudios poscoloniales, son fenómenos específicamente norteamericanos, estadounidenses, y nosotros los hemos importado con una fuerza que tal vez no merecían. El poscolonialismo en Estados Unidos es una cosa y el poscolonialismo en América Latina es otra cosa muy diferente. Cuando habla Spivak del subalterno, está hablando del negro, del homosexual, de la mujer… ¡Pero si el subalterno en América Latina somos todos! Es la segunda independencia la que le permitirá hablar al subalterno y responder la pregunta de Spivak: ¿puede hablar el subalterno? Acuérdense que el subalterno en la plaza de toros es el que obedece las órdenes del espada, y cuando el espada cae herido el subalterno puede matar al toro, pero si no cae herido, no: ¡el subalterno es el que no puede matar el toro! Entonces el subalterno es la inmensa población del continente y no dejará de serlo salvo con una radical modificación de los sistemas de gobierno, de los sistemas de poder.

 

¿Esta diferencia se podría caracterizar como que los estudios del subalterno en Estados Unidos no logran salir de las universidades, mientras que aquí existe una relación un poco más estrecha entre movimientos sociales e intelectuales, o es la misma circunstancia?

Soy miembro de la Modern Language Association, voy a los congresos, a las convenciones y siempre hay diez, veinte mesas de estudios culturales, de subalternos, poscoloniales, todos universitarios. ¿Cuál fue la queja de Spivak, Said, Eagleton? ¡Que no bajaran a la calle! Siempre hay un negro o un homosexual repartiendo una invitación: va a haber una manifestación en la calle 42. Hay una distancia. Entre nosotros, lo han intentado Beatriz Sarlo, Yudice, aquí en la UAM estaba Ana Araujo…, yo mismo en mi clase hablo de eso. Los estudios poscoloniales son los estudios neocoloniales. El término no resulta muy eficaz y las categorías tampoco, a mi juicio. Es un problema sumamente difícil, y no es casual que el gran pensamiento ensayístico latinoamericano no haya dado solución, ni siquiera los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana de Mariátegui. ¡Es difícil!  Seis ensayos sobre nuestra de nuestra expresión creo que se llama el libro de Pedro Enríquez Ureña…  Para Gilberto Freyre ahí están los conflictos en Brasil, los negros, casa mayor y cenzala… No, casa grande: la casa grande de los patronos, la cenzala el lugar donde vivían los esclavos. ¡Ése es un problema! Hubo una polémica entre Jaime Torres Bodet y Leopoldo Lugones que desde el nacimiento fue liquidada. En un congreso, Torres Bodet hablaba de los indígenas de América, de los indígenas de México, de los problemas que eso significaba, y Lugones le dijo: “Eso en Argentina nosotros lo hemos resuelto; hablen de otros problemas que sean nuestros también.” ¡Lo habían resuelto matándolos!, como en los Estados Unidos. ¿Por qué los españoles no mataron a todos los indios de América? ¡Porque no pudieron!, eran demasiados y tenían una cultura importante. Mataron a todos los de Cuba, a los de República Dominicana, a todos los mataron; aquí no pudieron, tampoco en Perú. El problema es un problema de conciencia nacional, de conciencia de la dificultad del problema y de la necesidad de abordarlo porque no se puede vivir ocultando nuestros pecados.

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~ por 666ismocritico en enero 29, 2009.

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