Sin pase de abordar

 

 

…Poco antes de penetrarla despertó. Pasó unos minutos intentando recuperar el olor de sus muslos y el rostro que le parecía aun más inaccesible. Nada de eso quedaba, sólo su deseo insatisfecho. Virginia seguía dormida, con las manos sobre su barriga de 8 meses. Todavía no salía el sol cuando  terminó de ponerse la  ropa, esta vez no buscó en los cajones un cambio limpio.  Cerró cuidadosamente la puerta, temeroso de que alguna pregunta pudiera salir desde la habitación.

 

Rápidamente dejó atrás los edificios habitacionales. Tomó la ruta contraria a los días de trabajo y se metió en las canchas de juego. Era lunes por la mañana y todavía apestaba a fin de semana. El olor a licor y tabaco que salía de las botellas vacías se acentuaba con la humedad de los orines y la brisa matutina. Se sentó en la única banca vacía, agarró un pedazo de vidrio que estaba a su lado y lo colocó debajo del zapato, esperó unos segundos antes de destrozarlo completamente. Su aspecto contrastaba bastante con la gente que estaba ahí a las 6:00 de la mañana tomando los restos de cervezas tibias. El pantalón de gabardina, la camisa abotonada, los zapatos recién boleados y el maletín de piel evidenciaban su estatus de trabajador de oficina, de lo que el podía llamar orgullosamente un hombre de trabajo estable. Miró al hombre que recogía las botellas y pensó en cuan distinta era su situación, miró con desprecio al que dormía al lado del bote de basura y pensó en lo que había logrado. Mientras otros vagaban por las calles el pasaba el día frente a su escritorio ordenando papeles que marcaban el destino vacacional de cientos de clientes. En sus manos estaban decisiones importantes como que un hombre llegara a tiempo a la operación de su madre o a la boda de su hijo. Cuántas veces había estado en sus manos que alguien viera por última vez a un familiar cercano. Estiró las piernas y notó algo de suciedad justo arriba de la bastilla del pantalón, entonces le pesó no haberse cambiado de ropa.

 

Cuando dejó el parque eran  las nueve en punto. Al ver el reloj de la esquina sintió un dolor agudo en el estómago, a esa hora debía estar en el trabajo. Todavía tenía diez minutos más para justificar su retraso, una buena excusa era decir que había olvidado ponerse el reloj de pulso. Continuó caminando, aplazando el momento de decidir si iría a la oficina. Tomó el camino de la glorieta y se paró justo frente al aparador de la tienda que vende miniaturas de aviones comerciales. Desde hace años visita con relativa frecuencia la tienda de aerolíneas australianas, la competencia de Quantas, la aerolínea a la que le debe el seguro médico, el crédito para la compra de su departamento, los descuentos en los boletos y la seguridad de un salario fijo.

 

 En uno de los escaparates tenían una reproducción a escala del aeropuerto de Sydney. Miró detenidamente cada uno de los distintos modelos que había sobre la pista, todos tenían una etiqueta naranja que decía setenta por ciento de descuento. En un extremo del aparador colgaba el modelo GJAMX523 que sólo había visto en revistas. Desde hacía mucho tiempo quería comprarlo, un tiempo pensó encargarlo a una tienda alemana que se anunciaba en la revista Planes Collector, pero nunca se decidió. Encontrarlo justo  ese día debía ser una señal, sobre todo si  tenía la etiqueta naranja. Metió la mano a la bolsa del pantalón, la cartera le confirmó que le alcanzaba el dinero. Por un momento pensó que aquello era una compensación por lo miserable que se había sentido en las últimas semanas. Estaba tan  imbuido en sus preocupaciones que tardó  en darse cuenta que toda la tienda estaba en remate. Cuando se acercó a la puerta vio el letrero que anunciaba el próximo cierre, las letras negras sobre el cartón naranja decían “rematamos y nos vamos”.

 

 Le alcanzaba para comprar el avión, pero ya no podría comprar las sábanas para la cama del bebé que le encargó su mujer el día anterior.  Luego recordó que le quedaba un poco en la tarjeta de crédito. Ese avión tenia para el un doble valor simbólico: con el celebraría el nacimiento de su hijo y el número quinientos de su colección. Ya no podía esperar unas semanas más para comprarlo como lo había planeado hace unos días. Pronto cerrarían. Le angustió la posibilidad de que la tienda estuviera cerrada mañana y él se quedara sin el avión. Entonces le pareció una urgencia mayor comprar el avión que asistir al trabajo. Para él era como asistir al funeral de un compañero de la infancia. El resto de sus actividades y decisiones podía aplazarse frente a ese acontecimiento tan importante. El problema es que esa no era una justificación ni para su jefe ni para su esposa.

 

Decidió esperar al dueño de la tienda, quería pasar la mañana conversando con él. Después de todo James estaba seguro de que ambos compartían un sentimiento de pérdida. En esa tienda había comprado casi todos sus aviones, revistas y libros desde los once años. Le pediría su dirección al anciano y de vez en cuando pasaría una tarde hablando con él sobre la historia de la aviación, los modelos de edición limitada y de los cientos de anécdotas de viajes que sus clientes le han contado. Ya se imaginaba los días posteriores, cenando con él. Tenía la certeza de que era viudo y que necesitaba compañía. Faltaba una hora. Se sentó sobre el cofre de un carro que estaba estacionado frente a la tienda. En otra ocasión no se hubiera atrevido, pero en ese momento no le importaba que los transeúntes desaprobaran su desfachatez.

 

Le dio vueltas al asunto hasta que decidió que no se presentaría ni hablaría por teléfono a la agencia de viajes. Sería absurdo llegar tarde  y con una reproducción de un avión de la competencia que haría todavía más complicado justificar su ausencia por la mañana. Es verdad que podía meterlo en una bolsa, pero de cualquier forma alguien podría verlo. Además era el único de lo empleados que no había faltado al trabajo en los últimos cuatro años. Se merecía un descanso por haber aguantado tanto, a diferencia de los demás no protestó cuando les recortaron las vacaciones anuales y siempre acepta trabajar horas extras. Tampoco podía ir a casa y dejar el avión porque su mujer se enteraría, pensó en espiarla y dejarlo cuando ella saliera, pero hoy no tenia nada que hacer en la calle y menos con el embarazo tan avanzado.

 

En dos años de matrimonio Virginia no se había mostrado interesada en lo que James hacía después del trabajo. Se había acostumbrado a su encierro en el pequeño estudio,  eso hacía más fácil su convivencia pues podían guardar sus pocos momentos de conversación para la cena. No le interrumpía en sus largas jornadas de fantasías tristes.  Virginia entraba al espacio del marido cuando creía necesario limpiar el piso o tirar la basura que se acumulaba al lado del escritorio. Siempre salía rápidamente de la habitación porque pensaba que su presencia ahí debía pasar desapercibida. Mantenía la habitación impecable, tomando la precaución de no mover nada de su lugar. Nunca se había detenido a observar los estantes con libros, revistas y fotografías de aviones que el marido había acumulado desde su infancia. Nunca había sacado ninguno, para limpiarlos bastaba pasar el plumero por arriba o dar un par de sacudidas.

 

 La primera vez que Virginia entró a la casa de James no sabía muchas cosas de él, apenas se acaban de conocer esa mañana.  James le mostró con entusiasmo su colección de miniaturas. Le dijo que estaba diseñando un nuevo tipo de aeroplano, mucho más cómodo y rápido, y que pronto vendería el proyecto a la aerolínea más importante del país. Ese día pasó la tarde hablando de las diferencias entre un modelo y otro, comparó una docena de las figuras a escala para después hablar del modelo que el estaba diseñando. A Virginia le gustó el entusiasmo de aficionado de James. Si hubiera creído que era un gran inventor no se hubiera casado con él. El aspirante a inventor creyó que realmente la había impresionado y se sintió satisfecho. Ella supo que la ingenuidad de James le daba algo de poder en la relación. Además, a Virginia le parecía encantadora su manera de cortejarla. Le dijo que le iba a comprar un vestido entallado, de colores vivos para que resaltara su tez morena el día que volaran por primera vez en su avión. Por supuesto, siendo ella mexicana, el primer lugar al que irían sería México,  “you will see, hermosa” se lo dijo usando la única palabra en español que conocía. Aquel día ella evaluó como sería su vida al lado de James y decidió casarse con él. Después de todo había ido a Australia en busca de un buen hombre rubio, trabajador y cariñoso.

 

Virginia no considera al hombre un mal marido, le molestan algunas de sus costumbres y su indiferencia respecto a los detalles de la casa pero todo eso se lo atribuye al carácter descuidado de los australianos. Lo que realmente le ha empezado a preocupar  es el poco entusiasmo por el nacimiento de su hijo. Nunca le ha reclamado nada, pero después de dos años de matrimonio le preguntara directamente acerca del  modelo de avión en el que dice trabajar todas las tardes. A estas alturas ella sabe que no existe tal proyecto, solo quiere que él se lo diga para sentirse libre de usar el pequeño estudio, al menos necesita  poner la cuna, ya después verá como convence al esposo para que se deshaga de algunas cosas, ya después verá como va ganando terreno hasta convertir aquello en la habitación de su primer hijo. En las últimas semanas ha pensado en los cambios que necesita la habitación: el color de las paredes, la colcha y las sabanas, las cortinas y los muebles para la ropa del bebé. Esta dispuesta a ceder en algunas cosas, por ejemplo los estampados de las colchas y sábanas pueden ser de aviones. Sabe cuanto le gustaban los aviones y  lo que el ofrecimiento de ese pequeño detalle puede significar para que acepte los cambios que ella desea. Todavía no ha movido nada, pero ya tiene el plan para reacomodar todo, incluso para deshacerse de muchas cosas, como recortes de periódico viejos o cajas vacías de aviones. Después de la discusión acabará de una vez por todas con la basura  que James guarda en la habitación.

 

 Se casaron a las tres semanas de conocerse, antes establecieron contacto por internet, ambos encontraron lo que estaban buscando en la lista de parejas disponibles. Él quería una mujer sencilla y amable y vio en Virginia lo que esperaba, una mujer proveniente de un país en el que las mujeres tienen fama de tolerantes y buenas cocineras, se convenció totalmente cuando leyó el anuncio “soy mexicana, tengo 34 años, nunca me he casado, pero soy una buena ama de casa”. Ella encontró un semiprofesionista, “tengo 35 años, casi terminé la carrera de ingeniería, tengo buen trabajo, no me gusta tomar, ni acostumbro salir por las noches y tengo un proyecto importante en casa: estoy diseñando un avión,” A ella le gustó, eran casi de la misma edad, era un hombre preparado, casi un ingeniero, pero hablaba con la sencillez de un hombre cualquiera. Eran los últimos días de diciembre. Así es que quedaron de verse un primero de enero, festejarían juntos el primer día del año y aprovecharían que al siguiente día tampoco se trabajaba. Era perfecto que el día primero cayera en sábado, así tenían dos días para conocerse. No pasaron el año nuevo juntos porque ninguno quería que el otro se enterara de que tan solo estaba. Prefirieron mentir y decir que tenían una gran fiesta a la que no podían faltar.

 

Se casaron inmediatamente, temerosos de que a ambos se les fuese esa oportunidad. Pues si bien no sintieron gran atracción si había algo de comodidad y para una relación larga aquello era mejor. Ambos tenían claro que la atracción suele ser algo secundario, algo que desparece si tienen suerte en un par de años. Virginia estaba convencida de ello, había visto a sus padres convivir apaciblemente por cuatro décadas, mucho más de lo que las parejas apasionadas suelen durar. A James no le agradaban mucho los comentarios de Virginia respecto a la vida australiana, pero le tranquilizaba que sus quejas no se dirigieran directamente a él. Además Virginia era extranjera y eso le daba cierto encanto. Hacían buena pareja, un amante de las aventuras aéreas casado con una mujer de un país muy lejano y exótico. Así imaginaba James el país del que venia su mujer. A Virginia nunca le habían gustado los hombres calvos, sin embargo la calvicie de James le parecía encantadora, como si algo de humor se agregara a su figura. Lo que más le agradó es que fuera ahorrador, era tan cuidadoso como ella para las compras. Y es que un hombre despilfarrador es la ruina de la familia, así era su padre, así fue su abuelo por eso su madre y su abuela esperaron tanto para tener casa propia.

 

Su vida cotidiana fue llevadera mientras se conocían y se adecuaban a vivir juntos.  A Virginia las mentiras del esposo le hubieran parecido algo sin importancia de no ser porque a la larga afectarían a su hijo. Desde que estaba embarazada le parecía que James se había vuelto más egoísta, usaba demasiado dinero comprando cosas innecesarias, meros caprichos, tampoco estaba muy dispuesto a cederle un poco de espacio al hijo. Desde que ella dejó el trabajo no se podían dar ese lujo. Cuando ella trabajaba podían salir de vez en cuando a cenar fuera, pero ahora que  tiene tiempo de limpiar y lavar los trastes han decidido no hacerlo más.  Al principio a James le gustaba la idea de no salir porque así llegaba descansado al trabajo. Con el tiempo se acostumbró a pasar la mayor parte de la tarde en su pequeño estudio.

 

A Virginia le parecía que James era muy comprensivo porque la dejaba hablar y hablar, hasta que comprendió que eso más bien era indiferencia. Entonces le  molestó cada vez más que pasara tanto tiempo en la habitación. Ya no sabía a ciencia cierta que estaba pasando adentro del estudio. Sin embargo le tranquilizaba que el hombre estuviera en casa, al menos aún no le había dado por escaparse. Varias veces ha estado a punto de abrir el portafolio y hurgar hasta encontrar una pista que le explique el cambio del esposo. No entiende porque habla cada vez menos y evade todas las conversaciones que tengan que ver con el hijo. Siempre argumenta que esta cansado por tantas horas de trabajo. Es verdad que trabaja más, pero también es cierto que sus ingresos no han aumentado.

 

 

 

A las diez en punto apareció el hombre de la tienda. Lo reconoció a pesar de que era la primera vez que le veía fuera del mostrador. Caminaba muy lentamente, antes no había notado que tenía los hombros caídos, tampoco que fuera tan viejo. Lo vio buscar las llaves y abrir la puerta con un gesto mil veces repetido, con la precisión con la que las manecillas avanzan un segundo tras otro. Observó todos los movimientos del hombre en busca del gesto que mostrara el pesar que significaba abrir la tienda esos últimos días. Ya había decidido no ir trabajar, así es que espero hasta que el anciano prendió las luces, terminó de barrer y se colocó detrás del mostrador. Quería entrar hasta que el hombre tuviera toda la disposición de hablar con él. 

 

Justo cuando consideró que era el momento de entrar sonó su celular. No contestó. Era uno de sus compañeros de trabajo. A los pocos minutos le mandó un mensaje: ¿Dónde dejaste los boletos de la señora Chang?, la situación le puso nervioso de nuevo. Recordó que el día anterior le había prometido a la señora Chang el mejor paquete de vuelo redondo a China. ¿Qué pasaría si ahora la señora Chang exigía hablar con él y le marcaban a su casa? Le envió un mensaje a su compañero de trabajo, “estoy en apuros, Virginia no lo sabe, no me marques a casa”.  Entró a la tienda y se sintió decepcionado de no encontrar tristeza o desespero en el rostro del hombre, le desconcertó que ese hombre tan anciano mostrase algo de satisfacción y apuro por vender lo último que le quedaba. Para James no existía la posibilidad de que un hombre mayor pudiera pensar en iniciar algo nuevo, estaba convencido que después de los cuarenta eso no era posible. Tan seguro estaba de ello que pensaba que a él mismo no le quedaba mucho tiempo para decidir algo, como si dentro de poco simplemente iniciara el camino hacia la decadencia.

 

James se acercó al hombre buscando cierta intimidad:

-Después de tantos años debe ser terrible para usted el cierre de la tienda.

El hombre que había pasado gran parte de su vida en ese local no lo tomó a mal, al contrario, sonrió de la misma forma amable con la que le recibió, y sin pensarlo demasiado le respondió:

 – En realidad no, desde hace tiempo deseaba unas vacaciones definitivas.

Frente a esa respuesta James quedó desarmado. No agregó nada más. Se alejó discretamente del hombre y se quedó parado frente a la pista de aterrizaje que daba hacia los ventanales de la calle. Iba preparado para compartir con el anciano una serie de quejas en torno a la vida, pero el optimismo del hombre lo dejó en abierta desventaja. Tomó varios modelos de aviones franceses entre sus manos, en realidad hacia como que los observaba para ocultar su incomodidad.  Finalmente tomó el modelo que había decidido comprar. Lo pagó rápidamente y salió diciendo un muy improbable hasta pronto.

 

No tenía mucho que hacer el resto del día. Fue a la parada y sin importarle la ruta subió al primer camión que pasó. Se sentó cerca de la puerta por si decidía bajarse en cualquier momento. Saco el avión y lo observó cuidadosamente. Últimamente había gastado demasiado dinero. Pronto Virginia se daría cuenta de sus derroches. Para colmo su jefe le iba a descontar el día. Es verdad que lo consideraba un buen trabajador, pero siendo tan justo como solía ser, no haría una excepción con él. Recordó cuando lo felicitó por su trabajo. Lo hizo en privado, seguramente para que el resto de los empleados no se sintiera mal. Lo sentó en su oficina, le habló en tono confidencial resaltando todas sus cualidades y señalando que tan satisfecho se sentía de tener como trabajador a una persona tan confiable. Le ofreció un puesto de mayor responsabilidad para lo cual era indispensable que permaneciese más tiempo, sobre todo en los días en los que la mayoría descansa. Le prometió un aumento en unos meses, pues por el momento las cosas no andaban nada bien, por eso requería de él, porque quería a alguien de confianza. La seguridad que le dio pensar que era considerado un buen trabajador se convirtió en una certeza angustiante: su ausencia sería más notoria que la del resto de sus compañeros.

 

 Sacó una libretita del portafolio y enumeró cada uno de los pendientes acumulados en los últimos días. A pesar de que se trataba de cosas que cualquier otro empleado podía resolver o que podían esperar a mañana, James estaba seguro de que presencia era indispensable. Una vez más se sintió preocupado y se reprochó su irresponsabilidad.

 

Como no le había dicho a nadie que su esposa estaba embarazada consideró  poco probable que alguien hablara para preguntar si ya había nacido el bebé. Por otro lado Virginia no acostumbraba hablar al trabajo, sabe que esta prohibido recibir llamadas particulares y que no le gusta mezclar la vida privada con el trabajo. Si hubiera una emergencia hablaría directamente al celular. Eso lo tranquilizó. El resto del día le pertenecía. Era casi mediodía y sintió un poco de hambre.

 

Se bajó cerca de los museos y las galerías de arte, ahí donde las calles están llenas de turistas y es más fácil perderse entre la gente. Se le fueron los minutos mirando el oleaje tímido que producen las embarcaciones. Caminó unas calles en busca de un lugar cerrado. Entró a un Mc Donalds, pidió una hamburguesa doble y se sentó en el sitio más escondido en donde difícilmente pudieran verlo desde la calle. Eran las 12:30, la hora en que salen al almuerzo en su trabajo. A esta hora todos estarán comentando su ausencia. Podría haberle marcado a Robert e investigar si habían preguntado por él, pero no se sintió con  suficientes ánimos como para inventar una buena mentira. En cuanto terminó de comer fue al baño, sacó el cepillo y se lavó cuidadosamente los dientes. No soportaba el olor a comida en su boca. Le hace sentirse demasiado sucio e incomodo ante la gente. Cuando está en la oficina cuida constantemente su aliento. Siempre guarda un cepillo de dientes en el escritorio, por si alguna vez se le olvida el que  trae en el portafolio. Se miró al espejo y su aspecto le pareció lamentable. Se lavó la cara y se limpió los zapatos antes de salir.

 

Entró a un centro comercial y se sentó en una banca a observar a la gente que entraba y salía de las tiendas. Vio a una mujer vestida de rosa que se apoyaba en una carreola como si se tratara de las andaderas que usan los ancianos para abrise paso en los pasillos de los asilos. En el interior de la carreola venía una niña de unos tres o cuatro años se acomodaba en el estrecho asiento. Aunque iba vestida con el mismo tono rosa que su madre sus ropas se veían menos pálidas  por el contraste que hacia la corona azul con amarillo que traía colocada en la cabeza como si fuera una pequeña princesa. James sintió nauseas, estaba seguro que el almuerzo no le había sentado bien. Compró una botella de agua y tomó un trago largo. A los pocos minutos se sintió mejor, aunque más cansado.

 

Dentro de dos días tendrá que enfrentarse a Virginia. El último día de cada mes hacen cuentas de los gastos. Los reclamos no serán pocos. Ya no le decía Vicky como en los primeros meses. Siempre tenía presente que su nombre era Virginia. Al principio le parecía que Virginia era un nombre muy áspero, pero ahora le parecía que Vicky era inapropiado. Demasiado corto, demasiado íntimo. En las últimas semanas le había llamado mentiroso varias veces.  Detestaba su forma de pronunciar liar, era como si la palabra se le encajara en el estómago y le dejará sin aliento  para responder. En una ocasión pasó la tarde entera reclamándole su egoísmo, lo hizo por horas, sin tregua. Él se metió a bañar agotado. En la ventana del baño encontró los aretes que Virginia recibió de su padre cuando era pequeña. Pocas veces se los quitaba porque temía perderlos. A James le bastó un pequeño impulso del dedo izquierdo para lanzar uno de los aretes hacia el exterior. El segundo arete lo dejó al lado de la estufa.

 

Virginia fue quien decidió tener un hijo. James supuso que eso haría las cosas más sencillas entre ellos, pero conforme pasaban los meses la idea  le parecía insufrible.  Se sentía como un simple proveedor, como una comparsa en el universo que madre e hijo empezaban a crear. Conforme el bebé crecía iba depredando la tranquilidad del padre que nada podía hacer frente a esa amenaza inocente. Detestaba ver las ropas de embarazo al lado de las suyas en el cesto de la ropa sucia. En los últimos meses sale de la habitación cuando Virginia se cambia de ropa. Tampoco le toca el vientre. Cuando la conoció parecía una mujer dócil. Tenía un talle muy delgado y unos pechos pequeños, como de niña. Ahora tenía el talle sólido y unos pezones demasiado grandes para conservar su inocencia infantil.

 

Su mujer ha cambiado demasiado. Cuando se conocieron pasaron una hora  en el café, después fueron a su casa. James le contó que dejó la carrera trunca porque tuvo muchas dificultades, la situación que vivia en aquellos momentos no era fácil. Recuerda exactamente que buscó algo a su favor para compensar el abandono de la universidad  “sin embargo eso no ha sido ningún impedimento, desde pequeño me gustan los aviones y ahora estoy trabajando en el diseño de uno”. James vio la cara de fascinación en el rostro de Vicky, estaba seguro de que había dado la impresión adecuada. Después se echaron en la cama y ahí pasaron el resto del día. Ahora Virginia difícilmente le cree algo.

 

Pasaba de las cinco cuando salió del centro comercial. Calculó una hora de camino hasta la agencia. A esa hora ya no había nadie de su área trabajando. Bajó dos paradas antes para hacer tiempo. Hizo el recorrido con pasos lentos. Cuando llegó ya había oscurecido. Saludó al vigilante de la entrada y le dijo que se quedaría a trabajar horas extras. Subió al octavo piso, prendió las luces y se dirigió directamente a su escritorio. Alguien había revisado sus papeles. Su agenda estaba fuera de su sitio, y en la fecha de hoy habían hecho nuevas anotaciones. Revisó todos los pendientes. Llenó un par de formatos en la computadora y adelantó lo más que pudo su informe mensual. Sabía que Virginia le esperaba para cenar pero no le llamó.

 

Se acercó a los ventanales. Miró las azoteas y las calles. En el edificio de enfrente había una pantalla que pasaba anuncios de perfumes, carros y tarjetas de crédito. Los había visto muchas veces. Tantas que estaba seguro que había descubierto cada uno de los trucos publicitarios. Estaba orgulloso de conocer mejor las estrategias de ventas que el resto de sus compañeros de trabajo. Esa capacidad de descifrar los mensajes de los comerciales era algo que la empresa donde trabajaba debería apreciar, pero su jefe no encontraba en él las cualidades de un publicista.  En el edificio de enfrente se prendió la luz del décimo piso. Un hombre se acerco a la ventana. Estuvo ahí unos momentos antes de regresar a su escritorio.

 

Con grandes esfuerzos logró abrir la ventana. Regularmente nadie las abre, en los días de calor simplemente se prende la refigeración. En estos edificios las ventanas son vistas como salidas de emergencia. Pero James quería tomar el aire fresco de la noche. Asomó la cabeza y sintió vértigo. Era la primera vez que comprendía los peligros del vértigo. No se trataba de un simple miedo a caer, sino de una extraña tentación de morir. Le asusto la atracción hacia el vacío y se alejó rápidamente.

 

Antes de cerrar la ventana tomó el avión recién comprado y lo lanzó. No lo vio caer pero supuso que al salir vería sus restos en la calle. Terminó los pendientes, aunque era un poco tarde le habló a la señora Chang, quería saber si la atendieron bien y ofrecerle una disculpa.

 

Eran casi las diez cuando regresó a casa. Apenas abrió la puerta la mujer embarazada salió a su encuentro.

James-le dijo en un tono de reproche- haz perdido el botón de tu saco.

-Al menos se donde lo he perdido… contestó James con tono apagado. Sin esperar otro reproche caminó directamente a su pequeño estudio.

 

 Miriam Licon Luna

Creative Commons License

~ por 666ismocritico en julio 22, 2008.

Una respuesta to “Sin pase de abordar”

  1. el relato de ‘sin pase de abordar’ parece k lo firma miriam licon luna k es el mismisimo nombre de una de mis grandes amigas de la adolecensia viviamos en ensenada b c ojala sea la mismapersona me llamo tere vazquez vega

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