A la medida

Faltaban unos minutos para las ocho cuando escuchó un toquido quedo, apenas esbozado en la puerta de su habitación. Después vinieron otros golpecillos menos tímidos acompañados de un saludo en voz alta. Era la forma en que el casero avisaba que venía por la renta. Guillermo estaba vestido a medias, se fajó la camisa de algodón lo más rápido que pudo, dejando pedazos de tela abultados bajo la pretina del pantalón de gabardina, metió los pies descalzos en los zapatos sin abrochar y se dirigió a la puerta.Las excusas que había pensado unas horas antes ahora le parecían poco convincentes pero quería evitar las mentiras gravesporque temía tentar al destino.

Había pasado un par de tardes muy agradables con Manuel, empezaba a considerarlo más que un casero amable, un buen amigo, por eso se sentía obligado a justificar de la mejor manera su decisión tan repentina de dejar la habitación. No podía decirle que elcambio de opinión de ayer a hoy se debía a unintenso deseo de dormir con su madre. Hacía mucho tiempo que sabía que esa afirmación dicha por un hombre adulto resulta incomprensible en el mejor de los casos,reprobable casi todo el tiempo. Hubiera querido confiarle lo que pensó esta noche insomne pero sabía que su torpeza no le permitiría usar las palabras adecuadas y que al final todo podría terminar en una desagradable confusión.

El desvelo le da una expresión cansada a su rostro que le ayuda a disimular la euforia que le provoca la próxima partida. Esta vez invitó a Manuel al interior de su habitación, siempre había hablado con el en el pasillo del edificio, pero ahora quería brindarle un gesto de intimidad, quería que viera las maletas listas como si con ello adelantara alguna explicación. No fue así,apenas entró Manuel, se vio obligado a recurrir a una de las mentiras que deseaba evitar: su madre se encontraba muy enferma. La noticia no sorprendió al arrendador, sabía que su inquilino hablaba con ella todos los días hasta bien entrada la noche y supuso que la única razón era que la anciana se encontraba en los últimos días. Lamentó que Guillermo tuviera que irse tan pronto, pero dada la situación no podía ser de otra manera.

Guillermo es de esos hombres que difícilmente se pueden conocer por su apariencia, sus ropas y su peinado se quedaron en un pasado no muy bien localizado entre los años cuarenta y cincuenta, con ese aire de formalidad que nunca más volvieron a compartir jóvenes y viejos, sin embargo su rostro es de una contemporaneidad absoluta, hay en el una atractiva androginia que contrasta con su facha de nostálgica virilidad. Para Manuel esa apariencia inusual de Guillermo es una garantía de honestidad. A pesar de que ambos hombres son casi de la misma edad, -pasan los cuarenta-, Manuel ve en Guillermo la personificación de la fuerza moral que creía acabada en las generaciones de su abuelo y de su padre. Las camisas de algodón usadas hasta que el tejido flácido empieza a tomar la respetabilidad del harapo limpio y planchado le parecían un rasgo característico de quien no cede ante las pasiones banales. Pensaba que el carácter humano se había vuelto más voluble, demasiado atento a las nuevas cosas y poco preocupado por las tradiciones y los grandes problemas de la vida. Alguna vez Manuel se preguntó con preocupación si no había heredado el conservadurismo de su padre, pero con el tiempo se reconcilio con el carácter inamovible de su progenitor encontrando en el las virtudes indispensables para mantener una vida recta. Tal vez por eso le agradaban la discreción y la figura de Guillermo, a pesar de que no comprendía del todo sus costumbres estaba seguro de que era capaz de resguardar sus acciones del deshonor y la deshonra. No puso en duda nada de lo dicho por su arrendado, muy al contrario sintió una necesidad de decirle un par de palabras reconfortantes pero no encontraba el tono de solemnidad que la ocasión y la persona requerían, tampoco quería que lo dicho sonase impersonal ni oportunista en un momento de extrema sensibilidad.

-Siento mucho que estés pasando por esta situación, por desgracia la independencia de la edad adulta viene marcada por el dolor de la pérdida de nuestras madres.

Lo dijo porque quería ofrecerle a Guillermo una de las que el consideraba sus más agudas certezas.

Después de eso hubo un silencio tenso. Guillermo no esperaba esa respuesta, le pareció que escuchaba los designios de un oráculo, que las sentencia de la vida caía inesperadamente sobre él. Había invocado a las fuerzas del destino y no había vuelta atrás. Uso la mentira menos apropiada y ahora estaba a punto de convertirse en un hombre solo.

Manuel se dio cuenta del efecto de sus palabras y no le agradó. Hubiera querido transmitir solidaridad más que agregar una razón para su angustia. Se despidió con un fuerte apretón de manos y salió con pasos lentos, pensando que había sido demasiado indiscreto.

Unavez que estuvo solo, Guillermo se sintió agotado. Se acostó sobre la cama recién tendida con el cuerpo encogido, así como duermen los tímidos cuando son vencidos por el cansancio en los sillones desnudos de las salas de espera de los hospitales. No le preocupó que las cortinas estuvieran descorridas porque ya no quedaba gran cosa que espiar en la habitación. Todos sus pequeños secretos estaban guardados en las dos maletas grandes con las que llegó, regresaba con sus mismas pertenencias, sólo agregó tres tomos de un atlas antiguo que le llevaba a su madre. Los encontró en una librería abandonada, como la que él y su madre mantuvieron por más de quince años y que vendieron hace unos meses porque cada vez había menos gente interesada en las pilas de libros de viajes que terminaron convirtiéndose en columnas de papel viejo en las nadie se decidía a hurgar.

La vida de Guillermo y su madre había transcurrido más o menos de la misma manera en los últimos años. Dedicados a las labores domésticas por la mañana y por las tardes releyendo las cartas de Colón, hojeando con el mismo placer las guías turísticas que las crónicas del Capitán Cook. Sentados frente a la ventana de la librería permanecíanen silencio, inmersos en la lectura hasta que alguno que otro cliente los interrumpía. Hablaban poco durante el día, dejaban la conversación para la noche cuandoacostados cada uno en su lado de la cama dejaban fluir las palabras. Algunas veces Guillermo se dormía mientras su madre continuaba hablando de las expediciones del siglo XVIII, de los viajes de los europeos a oriente, de la vida cotidiana de los indonesios o de los norteamericanos.Hasta que ella llegaba a cierto punto de la conversación en que exigía mayor atención y le despertaba, entonces se reiniciaba el diálogo entre ambos.Cuando vendieron la librería decidieron que parte del dinero sería para el primer viaje de Guillermo. Como lectores apasionados del siglo XIX, ese viaje representaba un rito iniciatico indispensable: para el hijo el destete emocional,para ella la asunción de cierta independencia en la etapa final de su vida.

Caminó hasta la estación de trenes moviendo a empujones las dos pesados belices. No se trataba solamente de ahorrar el dinero del taxi, se trataba también de poner a prueba su resistencia física y su capacidad de sobrevivir con los mínimos recursos. En los últimos días cada una de sus acciones le parecían hazañas, por eso se imponía el realizar cosas que nunca hubiera hecho antes. Lo hacía por él, pero también para no decepcionar a su madre, para llegar con el cúmulo de aventuras y triunfos que compartir con ella.Compró el boleto para la última salida de la tarde, le gustaba la idea de hacer el recorrido de noche y despertar en casa. Dejó los bultos a resguardo en un loquer de la estación y salió para hacer su último recorrido por el centro de la ciudad

Todavía era temprano cuando entró al centro comercial, gran parte de los localesseguían con las cortinas de metal abajo, el pasillo le pareció tan gris y desolado como la cárcel de San Juan, donde el hermano mayor de su madre paso sus últimos años. Salvo dos empleados que limpiaban las escaleras y la mesera que atendía el café, el lugar se encontraba totalmente solo. Guillermo entró a la cafetería; esperó a que abrieran el resto de los locales con un desayuno económico y una taza de americano.

En unas cuantas horas le contaríaa su madre todo lo sucedido en el viaje, algunas cosas se las había dicho ya, otras se las guardó porque no se sentía cómodo hablando porteléfono desde la casa de Manuel. Le había contado su afición por las caminatas nocturnasque casi siempre terminaban entrada la madrugada. Lo que no le había dicho es que parte de ese tiempo lo pasaba frente a los escaparates de las mueblerías viendo las cocinetas, las salas y las habitaciones, imaginando la vida cotidiana de quien habita esos muebles, asomándose a unaintimidad impersonal, donde parejas anónimas comparten su vida sexual y construyen sus lazos amorosos. Paso horas especulando sobre relaciones que no ha experimentado, no es algo que lamente pero si algo que le inquieta.

No estaba seguro de compartir con su madre todo lo que hizo y pensó estas semanas; por primera le pareció que hay cosas que debe guardar para si. Como una ocasión en la que pasó gran parte de la noche en un bar y salió a la calle con una dulce confusión producto de varias cervezas, se sentía de buen ánimo y caminó hacia la parada del camión con una última cerveza en mano. El hombre que esperaba detrás de él se acercó y le pidió un trago, le dio la media cerveza que le quedaba. Era de madrugada y el camión no pasó, Guillermo inició el camino a pie, el hombre le seguía con pasos más lentos. Después de unos minutos caminaban juntos, el hombre hablaba poco,pasaron varias calles en silencio. Cuando cruzaban un parque su acompañante lo tomo del brazo y lo llevó hasta una banca. Fue hasta después de sentir la aspereza de sus labios que observó con detenimiento su rostro, tendría unos 55 años, una barba corta y blancuzca le cubría gran parte de la cara, tenía los labios delgados a través de los cuales se dejaban entrever varios huecos de dientes perdidos. El hombre era alto y a pesar de su apariencia enclenque era fuerte, sentó a Guillermo en sus piernas para que pudiera sentir su ereccióny le susurró en voz baja una invitación a su casa. Le dijo que se llamabaBernardo, para comprobar su identidad saco una credencial con una fotografía reciente, era la identificación de un hospital psiquiátrico. Guillermo no quiso averiguar más, si era enfermero o paciente ya no le importó, se despidió rápidamente del hombre argumentando que tenía que trabajar muy temprano. Cuando llegó a su habitación todavía sentía el miedo de verse golpeado a expensas de un desconocido en quien sabe que extraño lugar de la ciudad.

Pago los 25 pesos del desayuno a la mesera y se fue directo a la estética recién abierta. Esperó un poco, pronto lo atendió una chica joven, con una cabellera tan esponjada que creaba un efecto de desproporción entre la cabeza y su cuerpo pequeño y delgado. Le pidió que lo rasurara y después le depilaran el rostro para que no quedara ni un rastro de su insípida barba. Cuando vio su piel limpia, sólo con los gestos marcados de las arrugas se sintió con ánimos de cambiar su fisonomía; le pidió a la chica que le delineara las cejas hasta que quedaran perfectamente curvas, como las de su madre. Ella le quitó uno a unos todos los cabellos que interrumpían el arqueado limpio. Después le corto el cabello, hasta que le quedó totalmente pegado a la cabeza. Se miró al espejo satisfecho, su rostro lucia distinto. La chica había hecho un buen trabajo.

Recorrió los aparadores de las tiendas de ropa en busca de un vestido adecuado, pero ningún modelo le convenció totalmente.Al final se decidió por un vestido de lino de estampado floreado y colores vivos que modelaba un maniquí esbelto. Lo que más le gustaba del vestido era el cuello, era como el que llevaba Sonia, cuando la encontró por primera vez. Se vieron dos veces, las dos ocasiones en la calle 22, después pasaron la noche en su departamento tres calles más arriba. Compró dos vestidos del mismo estilo que pidió en paquetes distintos. Lo que seguía era encontrar los zapatos altos que combinaran con el vestido.

Las pocas veces que ha viajado ha sido en tren, los viajes en barco y en carro todavía le son ajenos a pesar de que ha leído muchas historias de mar y carretera. En el andén la gente se prepara para subir, a su lado esta una mujer atractiva, de piernas largas y cintura estrecha,de unos 40 años. Lo primero que le atrajo de ella fue su talle. Gracias a las constantes reflexiones de su madre en torno a la forma de los cuerpos aprendió que esa era la parte que definía mejor la silueta de una mujer. Como ella traía poco equipaje le ayudó a Guillermo a subir el suyo. El vagón iba casi vacío así es que se sentaron juntos. La mujer ignoró la timidez de Guillermo dando por sentado que lograría tener una buena conversación con él, estaba decidida a sacarle algo más que los monosílabos con los que contestó a sus primeras preguntas. La plática empezó de la manera en que inician las pláticas de los que se encuentran en el camino, a dónde vas, que haces aquí, qué haces allá,sólo que la mujer dejo atrás el protocolo rápidamente y le preguntó sin rodeos si lo que traía en las cajas era ropa de mujer, el abrió la caja y ella le alabó el buen gusto. Como era de esperarse, enseguida le preguntó para quién era la ropa, Guillermo estaba a punto de contestar cuando sonó el celular de la mujer. Le ofendió que le diera prioridad a la llamada después de haberle hecho una pregunta tan íntima. Cuando ella terminó la llamada había pasado tanto tiempo que la respuesta ya no tenía sentido.

Entrada la noche fueron al comedor. Tomaron una cena ligera y un par de cervezas. A pesar de que Guillermo estaba disfrutando de la compañía de la mujer, todavía sentía cierta incomodidad por la pregunta no contestada.

-Esa ropa es para mi madre, hace varias semanas que no la veo- dijo totalmente fuera de contexto, como si estuviera obligado a contestar en algún momento.

La mujer sonrió a pesar de que la situación no le agrado. No sentía mucho aprecio por los hombres apegados a su madre, pero finalmente interpretó el comentario como un gesto de coquetería, como una forma de decirle que estaba disponible. Era tarde cuando regresaron a sus lugares, él estaba agotado mientras que ella estaba dispuesta a seguir la conversación.

Afuera llovía,la noche era oscura yno se veía gran cosa, así es que cerraron la cortina de la ventanilla y continuaron la plática. Guillermo estaba sorprendido de todo lo que había hablado, de todas las cosas que dijo en su viaje. A pesar de su entusiasmo el día había sido largo y finalmente le venció el sueño. Ella tomó un papel, anotó sus datos y se los metió cuidadosamente en la bolsa de la camisa. Lo despertó unos minutos antes de que el tren parara completamente.

Una vez que estuvieron fuera de la estación la mujer le sugirió que compartieran un taxi, después de todo iban por el mismo rumbo. Guillermo aceptó el ofrecimiento aunque eso no estaba en sus planes. Él fue el primero en bajar, le dejaron a la entrada de su edificio. Espero a entrar hasta que el taxi desapareció de su vista. Fue directamente al cuarto de intendencia, pensó en dejar las maletas entre las escobas y los instrumentos de limpieza, finalmente decidió que las subiría hasta su piso. Dejo las dos maletas y un paquete de ropa junto a su puerta, salió sólo con uno de los paquetes en mano.

A esa hora lo único abierto esEl fugaz,el cafecito de la esquina que abre unos minutos antes de las seis para que los empleados de las fábricas y los talleres de los alrededores se tomen un café y un pan que les despeje el sueño antes de iniciar la jornada. Saludó con un movimiento de mano a Don Jo. El dueño del local estaba ocupado preparando la orden de la única pareja que temporalmente habitaba una de las mesas desiertas. Guillermo entro directamente al baño, paso de largo los urinarios y se metió directamente a un retrete. Colgó el vestido en la puerta, cada prenda que se quitaba la guardaba cuidadosamente doblada en la caja, también guardó el papel con el teléfono de la mujer del tren, no descartaba la posibilidad de hablarle. Le entusiasmaba tanto la idea de regresar a casa vistiendo un modelo que agradara a su madre que dejó de lado los detalles pequeños como la ropa interior, al final decidió ponerse el vestido sobre el cuerpo desnudo. A pesar de que el vestido le ajusto bien la cintura los hombros le quedaron apretados, se acomodó las mangas lo mejor que pudo para evitar el sesgo desagradable que le forraba los brazos. La caída del cuello alto era igual a la del vestido de Sonia, eso le alegró porque era lo que más le gustaba del vestido. Tenía el rostro limpio, impecablemente rasurado y las piernas terriblemente peludas. No le agradó pero ya era demasiado tarde, por suerte el vestido era largo y algo le podía tapar.

Checo el buzón de su departamento. No había nada, seguramente su madre acababa de recoger la correspondencia. Subió las escaleras despacio, apenas acostumbrandose a los zapatos altos y a la abertura de la falda recta. De espaldas parece una de esas mujeres fatales de los cuarentas que sucumbe ante el deseo de ver al amante y le visita a primera hora, cuando todavía puede encontrarlo en la cama. Decidió que tocar era mejor que usar sus propias llaves. La mujer mayor que abrió la puerta le abrazo y le beso en los labios.

-Se fue tu hijo y regreso la hija que querías.

Los dos rieron con complicidad.

Mientras la madre se baña, el hijo se sienta en el retrete a conversar con ella, después de tanto tiempo sin verse no puede esperarla afuera. La madre sale con el cuerpo envejecido envuelto en una toalla, el hijo, que le ha visto vestirse muchas veces ahora se detiene en la manera en se pone el sostén, los senos flácidos de la madre son distintos a los de Sonia pero puede reconocer en ambas el mismo gesto ciego de los brazos al buscar los broches en la espalda.

La mujer se puso perfume en los hombros y le echó un poco detrás del cuello a su hijo. Elsa acababa de comprar un estuche de sombras y labiales nuevo, eso sorprendió a Guillermo que sabe que su madre no acostumbra comprar tantas cosas de una vez, pero no dijo nada. A Elsa ya no le era fácil delinearse los labios, con la edad la pintura le desborda las comisuras, en cambio a su hijo el color rojo le cubre muy bien los labios nunca antes pintados. La madre devolvió el gesto al hijo, si compró el mismo modelo de vestido para ambos, ella escogía los mismos tonos para el maquillaje.

La madre deja al hijo en el baño, arreglado a medias, a la espera de un collar y una pulsera. Mientras la madre busca en la habitación escucha el teléfono, ya sabe quien es, pero decide no contestar, sólo escucha el mensaje, es la voz conocida de un hombre mayor que le recuerda que espera verla al día siguiente y se despide algo decepcionado de no encontrarla.

Cerraron la puerta despostillada del departamento con doble seguro y salieron a la calle. Madre e hijo caminan tomados del brazo, complacidos de estar juntos. Entran al metro e ignoran las miradas de una mujer joven que va sentada frente a ellos y observa con extrañeza a madre e hijo vestidos exactamente de la misma manera. Pasaron la tarde en el restaurante al que sólo van los días de festejo. Regresaron a casa caminando para no interrumpir la conversación con el ajetreo del transporte público.

Llegaron a la casa con esa mezcla de euforia y cansancio que los niños conocen muy bien.Acomodaron la almohada y se acostaron en la cama.Ella desnuda, él con el fondo de su madre. Él en su lado, ella en el suyo. Él la abrazo, se abrazo a ella hasta quedar dormido mientras ella hablaba. La mujer comenzó a hablar, a decirle a su hijo dormido como se había sentido ese mes que por primera vez estuvieron separados, su vida cambió, conoció a un hombre, pero sólo salieron una vez, no, no le agradó… en realidad no es que en tu ausencia estuviese buscando a alguien. Sólo que visité sitios a los que hacia años no iba, quería pasar mi tiempo de soledad en espacios públicos ahí fue donde por casualidad me encontré conAlonso que ha quedado viudo, ronda los setenta, hace cuarenta años que no nos veíamos, desde que eras pequeño…

En este punto lo despertó porque ahora si requería de su atención, tenía que avisarle que mañana a primera hora venía a desayunar…

Miriam Licon Luna

Creative Commons License

~ por 666ismocritico en mayo 25, 2008.

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