México-Berlín

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México-Berlín

Es la primera vez en mucho tiempo que hace un viaje largo. Decidió tomar el primer vuelo del día. Le gustaba la idea de levantarse muy temprano, todavía a oscuras.  Quería partir con la imagen de la ciudad llena de carros dirigiéndose al trabajo, a la escuela, haciendo suyas las grandes avenidas y las calles pequeñas. Ver los cientos de espaldas altas y rectas de los edificios descubriendo su desnudez conforme se ilumina la mañana. Alejarse poco a poco  hasta que la enorme urbe  desaparezca ante su mirada y en su lugar quede un sembradío sin fin de nubes blancas.

En pocos minutos la Ciudad de México quedó atrás. No soporta el ruido apenas audible pero persistente del avión. El hombre que viene a su lado ha intentado iniciar la conversación  un par de veces pero ella no tiene ganas de hablar. Quiere usar su tiempo en otra cosa, entablar una conversación significa explicar porque se va, dar  razones. Para Luisa iniciar una plática durante el viaje es hablar de la salida y de las intenciones de la llegada y por ahora prefiere no decir nada. Tomó la revista sólo para evitar la conversación, no lee nada, sólo quiere perderse entre las nubes. Hace un esfuerzo porque sea así, pero el recuerdo se aferra y aparece a cada momento: el sonido de la sangre cayendo al piso, un Borboteo  apenas perceptible y ella, inmóvil- pistola en mano. Fue un largo instante después del estallido el que la dejó desprotegida.  Alguna vez deseo matarlo pero no en aquella ocasión, fue un accidente, nada intencional. Deseaba deshacer su vida y construir otra,  pero no de esa manera. Sacó la pistola como se lanza un grito en un momento de miedo, simplemente como una muestra de desesperación. No se acercó a él, pero se dio cuenta que respiraba. No recuerda como salió de la habitación, sólo le viene a la mente la puerta del vecino y su mano llamando desesperadamente, no recuerda el gesto del rostro sorprendido, sólo la tímida respuesta que recibió: “me acabo de cambiar y aún no he puesto el teléfono”. El hombre estaba algo borracho, lo suficiente como para no darse cuenta de lo que había pasado. A las 2:00 de la tarde no había nadie más en el piso. Antes de entrar de nuevo a su casa se detuvo frente a la puerta entreabierta. Desde ahí se veía el cuerpo, no entró, no le habló. Había cambiado de posición, en unos cuantos minutos se había puesto pálido y seguía sangrando. Ella maldijo no haber pagado el teléfono, después de todo pensaba abandonar la casa. No tocaría otra puerta más, bajó los cuatro pisos, no podía esperar el elevador. Llegó a la esquina, descolgó el teléfono público y pidió ayuda. Corrió hasta el edificio, azotó la puerta y subió las escaleras deseando que no hubiera muerto. Pensando que tendría que rendir alguna declaración, se sentía demasiado aturdida como para pensar detenidamente en ello. Sólo sabía que tenía que dar una explicación.  Empujó la puerta, él tenía los ojos abiertos.

Estaba  tranquilo. Inmovilizado por el dolor, apenas podía hablar. Se acercó para moverlo, la bala le dio en el hombro, -le di en el hombro, ese pensamiento no la dejó tranquila,  era demasiado inquietante como para desecharlo. Lo tranquilizó, dijo que ya había pedido ayuda. Los dos estaban confundidos por lo que había sucedido, ella se acercó a revisarle la herida, no sabía si amarrarle una camisa para evitar que se desangrara o no tocarlo. Se sentía obligada a hacer cualquier cosa, cualquier movimiento que implicara no estar inmóvil a su lado. Evitó pronunciar una disculpa torpe e insuficiente. Lo único que él le dijo fue: “diremos que el disparo fue accidental”.

Permanecieron en silencio unos minutos.  La ambulancia llegó rápido. Ella se quedó parada al lado de la puerta mientras lo subían a la camilla. Cerró,  y bajó las escaleras detrás de ellos. Esteban apretaba los ojos, como si la expulsión de cualquier imagen pudiera controlar el dolor. Los camilleros iban ocupados en evitar movimientos bruscos mientras bajaban las escaleras, tal vez por esa razón no hicieron muchas preguntas. Luisa se acomodó al lado de la camilla, frente a ella estaba un paramédico joven que la miraba de forma extraña: aquello  no parecía un accidente. Esteban iba consciente pero no cruzó una sola palabra con ella, no lo hicieron mientras llegaba la ambulancia menos lo harían en presencia del muchacho. Lo metieron a urgencias. Como estaba muy nerviosa le ofrecieron un tranquilizante, lo tomó y se fue a sentar a la sala de espera. Pensó que no tardaría en llegar alguien de la policía y hacer las investigaciones de rutina. Un accidente con un arma de fuego es algo delicado. Regresó a casa sin ser interrogada. Al entrar se dirigió directo a la cocina, abrió  los cajones donde guardaba los trapos de limpieza, tomó un poco de jabón y talló con fuerza la pared, el sillón y la alfombra. No pasaría la noche en medio de aquellas manchas de sangre.

Eso fue hace tres meses, ahora lo importante es perderse en la ventanilla del avión. Pidió un té y trató de dormir un poco. Faltaban un par de horas para llegar al aeropuerto de Ámsterdam donde tenía que tomar el último avión. Se sorprendió de no haberse dado cuenta en que momento se durmió, en la pantalla se anunciaba la llegada, aproximadamente en 25 o 28 minutos, los números fluctuaban entre esas dos cantidades.

Arrastró las maletas hasta la sala de espera. Aún faltaban seis horas para la salida del próximo avión. Se tiró en un sillón, una especie de diván que daba de frente a la pista de salida. Por un buen rato vio aviones elevarse y escuchó a sus espaldas gente corriendo que imaginó boleto en mano, esperanzados de llegar a tiempo para abordar. También se escuchaban los pasos calmos de los que hacen tiempo. Dejó su cuerpo pegado al asiento como si ella y el sillón se hubieran convertido en una sola cosa. Por un momento todo quedaba suspendido. Alargaba el instante de levantarse, el mero acto de extender la mano y sostener la maleta podría deshacer ese logro después de meses de intranquilidad. Deseó que su cuerpo quedara atado a ese respaldo, pero tenía que hablar por teléfono. Tenía que buscar un lugar donde quedarse. Lo pensó un poco y decidió no moverse todavía por temor a perder esos minutos de paz ganados a los últimos meses. No existía nada más que el aeropuerto y su cuerpo recostado en el sillón. Se levantó justo a tiempo para abordar el otro avión, si no hubiera sido por el altavoz anunciando la salida de su vuelo no se hubiera movido de ahí nunca.

Al subir al avión  sentía  que había dejado algo de su pesada carga en la sala de espera. En una hora llegaría a Berlín, no tenía idea de que hora podría ser allá. Sacó el boleto para revisar la hora de llegada y calcular la hora en que se podría ver con Alberto. Hacía más de cinco años ya desde la última vez que se habían visto. Es verdad que se habían escrito, que habían hablado por teléfono un par de veces, pero eso no siempre significa mucho. El tono de sus cartas no era el mismo que mantenían al hablar en aquellos días cuando se veían diariamente enla Universidad. Ese tono, cuidadoso de no revelar alguna intimidad no lograba ocultar las cosas que les separaban. Hablar con la misma familiaridad parecía imposible, aún cuando se quisieran de la misma manera. Ella se guardó muchas cosas, no quería mostrar en unas cuantas líneas sentimientos de los cuales no estaba segura. No sabía que le estaba ocurriendo y no se atrevía a mostrar sus incertidumbres. En esos cinco años ambos habían hecho un proyecto de vida distinto. Lo único que tenían en común es que se habían casado. Él no se había separado y si lo hace no lo hará dejándole una bala metida en el hombro a su esposa. El tiempo de vuelo fue muy corto, insuficiente para decidir si era buena idea verlo hoy mismo.

Mientras esperaba la salida de las maletas vio un teléfono. En algún momento del día tendría que avisarle de su llegada. Sacó unas monedas, por suerte le habían dado unas cuantas al cambiar pesos por euros. Tardó unos minutos frente al teléfono, indecisa en marcar. Se vio obligada a hacerlo porque se dio cuenta que se acercaban dos personas más que deseaban usarlo. Marcó con la esperanza de que estuviera ocupado. El teléfono no sonó mucho, al segundo timbre apareció la voz conocida de Alberto.

Contestó en alemán.….

Su voz sonaba distinta en otro idioma.

-¿Alberto?-

¿A qué hora llegaste?

-Hace unos minutos.

-¿Todavía estas en el aeropuerto?

¿Quieres que pase por ti?

-Me siento un poco agotada, tomare un taxi hasta el hotel.

-Si quieres puedes quedarte aquí desde hoy.

-Gracias, pero será mejor que nos veamos mañana.

-Esta bien como tú lo desees.

Cuando colgó pensó que fue un poco grosera o al menos ruda. Él no tiene idea de las cosas por las que ella ha pasado estos meses. Había quedado con Alberto que la recogería en el aeropuerto, le molestaba  pensar que hubiera comprado algo para cenar o hubiera pensado invitarla a algún lugar.  Se quedó parada frente a la banda de equipaje, la llegada de las maletas interrumpió sus pensamientos.

Tomó un taxi pero no traía ninguna dirección. Agradeció que el taxista hablara inglés, pues con su poco alemán hubiera sido imposible pedirle que la llevara a un hotel. Dejó las maletas en su cuarto, las puso al lado de la cama, cerró las cortinas y salió. Tomó el primer bus que encontró. Anotó la parada en la que lo había tomado y se despreocupó por un buen rato. Necesitaba más horas de viaje, quería recuperar la sensación del aeropuerto de Ámsterdam. Observó con detenimiento las calles, si decidía quedarse aquí todo eso terminaría por convertirse en un espacio conocido, propio. Observó los edificios, no sabía si era la novedad de la ciudad o el reencuentro con Alberto lo que le hacia pensar que cada una de las ventanas, de los techos, de las puertas, de los balcones por los que pasaba merecía un comentario. Con el solía hablar de los efectos que el espacio provoca en su persona. Imaginó  que Alberto era su interlocutor, y le dijo que los puentes, las estaciones de tren urbano, las calles llenas de cafés le prometían días distintos. En ese momento encontraba en ellos la belleza de los espacios que diseñaban continuamente a expensas del servilletero de la cafetería. Le recordó que un día el mesero se quejo del desperdició de papel y se llevó muy enojado la mitad de la ciudad que habían construido entre los platos de la cena. Era tan desmedida la furia del mesero, que desde que salieron de la cafetería de la facultad, hasta que llegaron al edificio en el que eran vecinos, no pararon de reírse de la impotencia del pobre hombre. Se despidieron con un “Adiós miserable estudiante” con el mismo tono desdeñoso del hombre que los había corrido. El vivía en el numero siete, ella en el doce. Fueron vecinos por cinco años, desde el inicio hasta el final de la carrera. Un mes después de terminar el último semestre él se tituló, consiguió una beca y se fue a una  universidad en Berlín.

Eran más de las nueve de la noche, había algo esperanzador en el paisaje. Se bajó cerca de un puente y caminó hacia el rió, se sentó unos momentos en una banca. El reflejo de los edificios sobre el agua se  mecía cadenciosamente a plena luz del día. Caminó de nuevo hacia la parada y tomó el camión de regreso al hotel.  

El hotel parecía un lugar cómodo. La habitación estaba en el tercer piso, mañana decidirá si se queda ahí unos días más o se va a casa de Alberto. El aire se sentía un poco húmedo en el pasillo. Buscó el número 319 y abrió la puerta. En realidad veía la habitación por primera vez, unas horas antes sólo estuvo dentro el tiempo que le tomó dejar las maletas en el suelo y cerrar las cortinas. Dejó la llave sobre el tocador. Caminó un poco por la habitación observando los muebles de madera, le gustaron las agarraderas de los cajones, se asomó al baño, era color hueso con una pequeña ventana que dejaba entrar aire fresco. Había un vaso azul, de un azul intenso, un pequeño detalle azul en medio de la palidez de las paredes, eso le gustó. Se acercó a la ventana de la habitación y corrió un poco la cortina para ver hacia fuera. Frente al hotel había dos edificios, uno blanco y otro de piedra gris, algunos árboles bastante altos y un estacionamiento de bicicletas. Seguramente se trataba de departamentos. A media calle una anciana era jalada, casi arrastrada por un perro pequeño. Lucharon por algunos segundos hasta que el perro ganó la batalla y la arrastró hasta el estacionamiento de bicicletas, el quería olisquear y le molestaba la impaciencia de la anciana. En una de las ventanas del edificio blanco, un hombre miraba la escena y ella tuvo la impresión de que en cualquier momento voltearía hacia su ventana en busca de algún gesto de complicidad. Antes de sentirse  sorprendida observando aquella escena no exenta de ridiculez cerró la cortina.   

Se quitó la ropa y se metió desnuda entre las cobijas. Cuando hizo las maletas se olvidó de poner la ropa de dormir a la mano. Intento dormir un poco pero un sonido persistente no la dejaba, eran unas pequeñas patitas que escudriñaban la bolsa de papel que dejó junto a las llaves, esa presencia insignificante la perturbaba demasiado. Después de dos horas de indecisión se levanto a buscar aquella cosa insensible que no sabe del sueño. Seguro huyó para regresar un poco más tarde. Seguramente se sentía sorprendida de haber viajado contra su voluntad de la banca del río hacia el cuarto de hotel. Le impregnaba una sensación desconocida, no sabía si era la nueva ciudad o si era una sensación que de tan olvidada reaparecía como nueva. Esta noche se sentía un poco más libre. Ese cansancio que sobrevino al disparo  estaba desapareciendo. No era la culpa lo que más la acechaba, eso de alguna manera había quedado arreglado. Cuando Esteban salió del hospital hablaron largamente y arreglaron las cosas de la mejor manera. Lo que la inquietaba es que todo hubiera podido acabar tranquilamente, si no hubiera sido por ese disparo.

Se levantó, abrió la llave de la tina y volvió a la cama mientras se llenaba. Del otro lado de la puerta del baño se oía el agua cayendo, pensó en la sangre una vez más. Le torturaba no encontrar respuesta, no encontrarla en ella, a nadie más le podía preguntar que había sucedido, y no hay peor cosa que no explicarse los propios actos. El coraje y el accidente son buenas razones para otros. Fue la razón que él mismo adujo, fue lo que los dos concluyeron. La búsqueda de otra explicación ya no le correspondía a Esteban. Cerró los ojos y deja sonar el teléfono, ya se comunicaran más tarde. Pensó que debían ser de la administración del hotel ofreciéndole algo. Hoy se ha sentido mejor que otros días y no piensa desperdiciar esa oportunidad. Se arrulla con el ruido del agua cayendo en la bañera, cuando despierta, el baño esta inundado. Como puede limpia con una toalla, no quiere pedir ayuda, no quiere que nadie entre a la habitación.

Prende la televisión, la deja encendida mientras se baña. Pasan un programa sobre minerales, “The hidden mistery of gems” que es anunciado por una voz grave. Es el único programa que encuentra en inglés. Piensa en las piedras preciosas un instante, hay gente que llega a matar por tener alguna. Eso le llama la atención, razones extrañas se tendrán a veces para matar. Una piedra le es tan ajena, la voz que le llega del cuarto al baño menciona una en particular, Luisa no escucha bien el nombre, es la más perfecta del mundo, la más codiciada, se han hecho cientos de expediciones en su búsqueda. Se ha construido todo un mito en torno a ella. Varios años de vida en búsqueda ¿De qué?, nada así de tangible como una piedra. Un mal corte y hasta la joya más fina se hecha a perder. Cuando salió del baño no quedaban más que los créditos del programa, hubiera querido ver alguna de esas piedras. En seguida venía un programa sobre África, dejó la televisión prendida mientras se arreglaba. Miró el reloj del televisor, las 11:00 de la noche. Se maquilló cuidadosamente, le pareció que se veía radiante. El cansancio no le sentaba mal. Estos meses había bajado un par de kilos y sus ojos habían recuperado una expresión que tenia años sin notar en ellos. Alberto no notaría ninguna diferencia, ninguna huella de los años,  ninguna huella de las últimas semanas. Mañana o pasado le contaría cosas que tal vez no podría entender, pero que ella deseaba decirle. Haría un esfuerzo por explicarle todo lo que había pasado los últimos años. No, no es una buena idea. Hay que esperar más tiempo, es cierto que fueron muy amigos, pero también es cierto que cuando se tiene tiempo sin verse hay que restablecer los vínculos. Ha sido una de las personas más cercanas en su vida, pero no deja de ser un gesto absurdo o demasiado desesperado viajar hasta Berlín para hablar con él.  No es la única razón que la llevo hasta allá, pero pudo haber escogido otro lugar. Berlín era el lugar de Alberto. Y Berlín se le presentó como la mejor opción. Hace unas semanas que dejó el trabajo, esa perdida deseada también llegó por accidente. La empresa constructora en la que trabajaba quebró y liquidaron a todo mundo. No le gustaba ese trabajo, continuaba en el para seguir pagando la casa en la que Esteban y ella vivieron los últimos tres años. Ahora la casa era de él. Se la dejó, sabe que lo hizo como una especie de compensación, ese gesto no era más que un signo de que aquello ya no podría volver a funcionar. La última vez que hablaron no hubo reclamos o preguntas en busca de una respuesta a lo sucedido. Le molestó la forma en que se trataron. El encuentro fue tan desagradable como el de una persona que atropella a un desconocido y tiene que verlo para acordar la reparación de los daños. No hay otra cosa en ese encuentro que el arreglo económico o el acto de indemnizar. Terminó de delinearse las cejas, apenas se estaba acostumbrando a sentirse libre. Finalmente estaba fuera de la vida que llevo por años. El trabajo la tenía agotada, años frente al mismo escritorio revisando la viabilidad de proyectos que ella no realizaría.  Nunca usó el dinero que le dejó su padre pensaba dejarlo intacto para el día que dejara de trabajar. Pensaba dejarlo para cuando tuviera un buen proyecto que la hiciera regresar a la arquitectura o a cualquier cosa que realmente deseara.

Salió del hotel entrada la noche. Caminó una hora o dos. Se sentó en una mesa, pidió una cerveza y cenó algo ligero. Sólo un poco de pasta y una ensalada. Caminó por varias calles sintiéndose deliciosamente cansada. Pasó por varios lugares de videosex. Veía entrar y salir hombres solos y una que otra pareja. La noche no es fría, por momentos corre un viento tibio. Aún no tiene ánimos de regresar al hotel. Sin pensarlo mucho entra en el local y  jala la puerta de una cabina de videosex. Echa las monedas y se acomoda en la silla. Las imágenes no le parecen muy excitantes pero le gusta la idea de estar masturbándose en esa pequeña caseta. El video dura sólo un par de minutos, tiene que echar más monedas para que continúe. No esta muy interesada en ver las imágenes una vez más, le basta el saberse en un lugar desconocido. A la salida prende un cigarro y continúa caminando el resto de la noche. Las primeras horas, mientras permanecía en la sala de espera del hospital pensó que pasaría algunos meses en prisión, tuvo una sensación de rabia e impotencia que la acompañó los días siguientes. Llegó a pensar en la prisión como un algo inevitable, como una forma de restablecer el orden en su vida, también pensaba que eso era muy injusto. La idea de la prisión la atrapaba sin razón aparente, Esteban no la denunció y no lo haría. No fue un accidente y eso los dos lo sabían. Le dio en el hombro. El  cuerpo que vio tirado no era el de su amante, era el de un hombre al que le había disparado sin necesidad de hacerlo.  

Los últimos días de vida de su padre no fueron buenos, los paso conectado al tanque de oxígeno y con inyecciones para el dolor. El cáncer le recordaba cada día que la vida se le estaba yendo. Luisa dejó su departamento unos días, se llevó una pequeña maleta con ropa a casa de su padre. Se instaló en la habitación que estaba junto a la de él y le ayudo a sobrellevar la espera de lo que se presentaba inevitable. Un día buscando una camisa encontró una pistola en uno de los cajones. No supo que hacer, seguramente su padre había pensado usarla en algún momento. Sintió la necesidad de sacarla del cajón y llevarla lejos de la casa de su padre. No sabía que hacer con ella, hasta el tirarla le parecía un poco riesgoso. La guardo en su departamento, igual que su padre, la metió en el cajón de su ropa. Cinco años después la pistola seguía en el mismo sitio. Nunca se uso, su padre espero pacientemente la muerte y ni siquiera supo que había desaparecido del cajón.

Después de la muerte de su padre se casó. Al cuarto año la relación se estaba acabando. Se manifestaba como el cáncer del padre, le recordaba cada día que la vida se le estaba yendo.

Esteban no quería terminar con ella, y ella luchaba como quien se encuentra en altamar sin saber como sobrevivir. Tenía un deseo enorme de salir, pero no se atrevía a estirar las piernas. Sola, a la deriva, deseando que el mar enfurecido la lanzara hacia afuera. Había pasado malos días, había pensado en darse un tiro y llena de rabia le apuntó. Un simulacro de lo que se veía venir, su impotencia, su desesperanza que amenazaba con deshacer su vida. 

Llegó al hotel un poco antes de las cinco de la mañana, no tardarían en aparecer los primeros rayos del sol.  Quería empezar cuando antes su nueva vida, quería borrar esa sensación de error  que se mezclaba con una euforia que le impedía descansar. Lo primero que usó de su padre fue la pistola, lo segundo el dinero. Se desmaquilló cuidadosamente dejando ver su rostro desvelado, evidenciando el cansancio acumulado. Se quitó el pantalón y los zapatos, se recargo en la cama y se quedó dormida.  

Abrió los ojos, lo había logrado. La noche fue la última parte del viaje de llegada. Guardo en la maleta pequeña la ropa que se había puesto la noche anterior y dejó todo listo para abandonar el cuarto si era necesario ese mismo día o el siguiente. Bajó a desayunar pero no le gustó el restaurante del hotel. Casi no entraba sol y ella deseaba que su cuerpo absorbiera el calor de la mañana. Deseaba tomarse un café al lado de una ventana. Salió en busca de otro lugar. Caminó de prisa un par de calles, sólo se detuvo cuando vio el semáforo en rojo. Mientras cambiaba la luz, vio las revistas y periódicos del puesto que estaba en la esquina. La portada de uno de ellos mostraba la fotografía de una mujer flotando en una piscina, no entendió mucho de lo que allí se decía pero supo que la mujer estaba muerta.  Cruzó la calle pensando en la fotografía, la imaginó bebiendo toda la noche, metiéndose a la piscina totalmente ebria y hundiéndose lentamente. Otra mujer que iba en una bicicleta pasó tan cerca que casi la atropella. Fue tan rápido que Luisa no le vio el rostro, solo el vestido azul que se alejaba sobre el carril de bicicletas. Caminó con la soltura de una mujer de 33 años, la firmeza de sus piernas se lo confirmaba.

Le habló por teléfono desde el hotel. La voz de Alberto sonaba emocionada. Se disculpó por no haberlo visto ayer. No fue una disculpa que se limitaba al hecho de no haberse visto el día anterior, fue la disculpa que nunca le dio a Esteban, la que nunca se dio a si misma. Una disculpa repetida que a Alberto le pudo parecer exagerada porque no le correspondía toda a él. El día anterior se sentía muy agotada, no había otra justificación más que el cansancio. De repente le pareció que esa disculpa no había que dársela a él,  ya no había que dársela a nadie, pero necesitaba hacerlo. Después de decirlo se sintió totalmente aliviada. No tendría que hablar de todo lo que había pasado para que volvieran a ser amigos. No tendría que pensar en ello cada vez que tomara una decisión. Era sábado y Alberto no había ido a trabajar, la invitaba a comer a su casa. Quedaron de verse a las dos, eran las doce. Pasó a comprar una botella de vino.  Pensó en algo que pudiera gustarle a la esposa de Alberto, la había visto en fotografía y presentía el inicio de una buena relación. Había traído algunas cosas para Alberto: unos libros  de fotografía que le compró hace dos años y una botella del licor que solían tomar.

Tomó un taxi y se instaló en el asiento de atrás. Pasó por un edifico de color azul, y pensó que le gustaría vivir en uno así. Que le gustaría pararse en las tardes y observar la calle a través de esas ventanas. Pensó en sus próximos días de soledad y se los imaginó en aquel edificio. El taxista bajó la velocidad, habían llegado a la calle que Luisa le había indicado, Kantstrasse, sólo faltaba buscar el número. No hacia falta detenerse en cada número, había una casa parecida a la que Alberto había dibujado aquel día que planearon la ciudad perfecta, ese fue su primer proyecto. El taxi se acercó a ella. Efectivamente se trataba del número 56, Kantstrasse 56.  

Miriam Licón  

~ por 666ismocritico en diciembre 29, 2007.

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