La Otra Campaña frente al parlamentarismo

A medida que México se aproxima al estado de ebullición, La Otra Campaña impulsada por los zapatistas se prepara para crear un movimiento más radical que los que se viven en otros países latinoamericanos.

Las grandes revueltas y rebeliones que han recorrido América Latina durante los últimos años han situado al continente como punta de lanza de la izquierda de todo el mundo. La mayoría de los nuevos movimientos sociales fundados en los ’80 y ’90 se han separado, tanto en forma de organización como en objetivos, de la tradición leninista que se impuso principalmente tras la revolución cubana. A pesar de ello, la falta de una estrategia clara ha propiciado que la situación haya sido aprovechada por partidos políticos para conseguir el poder estatal. Se trata de un “giro a la izquierda” de los gobiernos latinoamericanos que ha significado el desplazamiento de los funcionarios tradicionales de las oligarquías nacionales y los intereses estadounidenses, para ser sustituidos por personas con un discurso diferente. En algunos países donde esto ha ocurrido, como Brasil, Uruguay o Argentina, es casi imposible distinguir la acción gubernamental de los nuevos gobiernos de la que ejercían las élites estatales de siempre. En otros, como Venezuela o Bolivia, la política gubernamental se ha modificado ligeramente mediante un aumento de los gastos sociales y de la influencia estatal sobre la economía, así como de un discurso muy crítico contra Estados Unidos, pero sin tocar los fundamentos del capitalismo. En todos los casos, lo que sí se ha producido es una desmovilización popular. Movimientos como el argentino han perdido fuerza, y otros como el boliviano o el venezolano, salvo excepciones, se dedican básicamente al apoyo (aunque sea “crítico”) a sus gobiernos.

El escenario mexicano

El panorama de México es distinto al de los países sudamericanos. Aunque la última década también ha sido movida, el vecino sureño de Estados Unidos no experimentó desde la revolución de 1910 golpes de Estado ni revoluciones, debido principalmente al gran control social ejercido por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), formado tras aquella guerra que devastó el país a la vez que modernizó el sistema político-económico. Sin embargo, episodios como el movimiento estudiantil de 1968, la guerra sucia posterior, el fraude electoral de 1988 y, sobre todo, el alzamiento zapatista de 1994 y la decadencia mafiosa del PRI dieron al traste con el modelo de partido de Estado, lo que ha generado una gran inestabilidad. Ésta va acompañada por una crisis de los partidos políticos, envueltos en la corrupción y el neoliberalismo, que aumenta la cada vez mayor distancia entre el pueblo y las élites. A su vez, el inconformismo social se viene manifestando con cada vez mayor frecuencia en explosiones locales o regionales, como la huelga de los estudiantes universitarios en 1999, la batalla entre los habitantes del pueblo de San Salvador Atenco y la policía el año pasado, y la rebelión en Oaxaca, que aún continúa a pesar de la fuerte represión.
Como curiosidad histórica, hay que recordar que la guerra de independencia contra España comenzó en 1810 y la revolución empezó exactamente un siglo después. Junto a la cada vez mayor inestabilidad, fomentada también por el muy dudoso triunfo del derechista Felipe Calderón en las elecciones de julio de 2006, esta anécdota hace pensar a muchos rebeldes mexicanos en la probabilidad de que para 2010 o los años cercanos se pueda producir otro levantamiento de grandes proporciones.
En este escenario emergen dos alternativas. Una es la representada por el Partido de la Revolución Democrática (PRD) encabezado por Andrés Manuel López Obrador. El ex gobernador de Ciudad de México, ex priísta como casi todos los líderes del PRD, estuvo a punto de ganar las elecciones presidenciales de 2006, tras las cuales denunció fraude y se proclamó “presidente en rebeldía”. Siguiendo el guión de los partidos que alguna vez fueron de izquierda, López Obrador hizo campaña por “los pobres”, prometiendo subsidios a diestro y siniestro, al mismo tiempo que ofrecía a los capitalistas el mantenimiento del sistema económico y la pacificación de las masas. Parece ser que a los ricos no les pareció suficiente. De todos modos, López Obrador logró un aumento espectacular de los votos al PRD en comparación con los comicios de 2000, y el partido sigue prosperando gracias a su base social (principalmente en la capital) y a la incorporación de miembros del PRI desplazados por la guerra de rapiña existente en el antiguo partido de Estado.

Hasta aquí, nada demasiado diferente a lo sucedido en otros países latinoamericanos. El auténtico factor diferencial es la segunda alternativa: el movimiento denominado La Otra Campaña, lanzado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) con la Sexta Declaración de la Selva Lacandona del verano de 2005. Las líneas básicas de La Otra Campaña son la creación de un movimiento civil y pacífico que agrupe a todo el espectro anticapitalista (con la prohibición expresa de partidos políticos que participen en el sistema electoral) con el objetivo de destruir el sistema político y económico, para así levantar un nuevo país mediante la participación de los sectores hoy excluidos: trabajadores, jóvenes, mujeres, pueblos indios, trabajadoras del sexo y un largo etcétera. Esta propuesta, compatible a falta de concreción práctica con las ideas anarquistas, acabó su primera fase, en la cual la Comisión Sexta encabezada por el subcomandante Marcos o delegado zero recorrió el país estado por estado para escuchar a cada adherente y explicar el contenido a la población. Al cierre de esta edición, La Otra Campaña estaba a punto de exponer los resultados de la segunda fase, una consulta en la que cada adherente expuso su opinión, a título individual o colectivo, sobre la forma en que el movimiento se tiene que materializar. Posteriormente será redactado un Plan Nacional de Lucha donde se marquen los temas en los que trabajar.

Retos a superar

Como balance positivo de La Otra Campaña en esta etapa inicial, se puede decir que ya ha conseguido establecer una red, precaria de momento, de adherentes en todo el país. Asimismo, respondió con bastante fuerza a la represión de Atenco, aunque no se ha conseguido la liberación de todos los presos y el conflicto quedó ocultado por el escándalo electoral.
La protesta de López Obrador influyó directamente en La Otra Campaña cuando grupos de corte leninista la intentaron orientar en favor del político tabasqueño, e incluso pasaron del reprimido ‘plantón’ de apoyo a los presos atenquenses al establecido por los perredistas en pleno centro del Distrito Federal. Una actitud muy distinta a la de los dispersos grupos libertarios mexicanos, la mayoría de ellos muy implicados en La Otra Campaña.

El EZLN y en particular el subcomandante Marcos han tenido hasta ahora un protagonismo indiscutible. Por un lado, los zapatistas son sin ninguna duda la única fuerza mexicana con capacidad moral para convocar exitosamente a la fragmentada izquierda anticapitalista. A falta de una estructura definida, el movimiento tiene como portavoz y vínculo de unión al delegado zero, un militante con gran bagaje político y táctico, así como un excelente orador. La Otra Campaña ha sido para el EZLN un giro importante, ya que ha dado el salto desde el énfasis en la autonomía y los derechos indígenas a un movimiento nacional de claro contenido revolucionario. Esto, por cierto, ha repercutido negativamente en su presencia en los medios y su respaldo social.
Por otro lado, sin embargo, el protagonismo zapatista puede ser un arma de doble filo. Aunque Marcos resalta constantemente que ellos son sólo una parte de La Otra Campaña, cualquiera sabe que no es cierto del todo, y un descabezamiento del EZLN en este momento pondría al movimiento anticapitalista en peligro de muerte. No se puede negar tampoco que Marcos hace gala a veces de cierta actitud personalista, y nunca ha aceptado demasiado bien las críticas.

El agitado escenario mexicano también pone trabas en el camino de La Otra Campaña, y la postura no electoral del movimiento no parece ser asumida ni mucho menos por toda la izquierda social. Así, por ejemplo, la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), que ha dirigido la rebelión en ese Estado, muestra una doble cara. La cara libertaria y zapatista está representada por muchos adherentes a La Otra. Pero la otra cara, de partidos leninistas y perredistas, es la que supo tomar los puestos de dirección de la organización. El último episodio de lucha entre las dos visiones fue el anuncio de la dirección appista de la participación en las elecciones legislativas de Oaxaca de este año, junto al PRD. En una asamblea posterior, se logró modificar la decisión y la APPO no acudirá como organización. No se puede saber hasta dónde llegará esta alianza popular táctica establecida casi exclusivamente para hacer renunciar a Ulises Ruiz, gobernador de Oaxaca.
Como se puede observar, el escenario de la lucha anticapitalista mexicana tiene varios retos ante sí. Si consigue superarlos, no hay duda de que México se convertirá en un referente para la izquierda en todo el mundo. Y seguramente su movimiento desde la base será más exitoso que los “gobiernos de izquierda” que hoy están de moda en Latinoamérica.

Eduardo Pérez

~ por 666ismocritico en abril 11, 2007.

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