Comentario al texto “El joven Marx”

Vale la pena intentar profundizar sobre un tema abordado en el ensayo El joven Marx y los Manuscritos del ’44, publicado en los número 1 y 2 de Critikus. Tiene que ver con las vanguardias artísticas del siglo XX, y con cómo esa “tradición” ha sido adoptada por algunos de quienes pertenecemos a las nuevas generaciones, como referente imprescindible para entender nuestra acción transformativa artística y política. Cabe hablar ciertamente de una “herencia” de las vanguardias, en cuanto intentando una y otra vez la ruptura de la tradición, ellas se convirtieron –según la expresión de Paz- en una tradición de la ruptura. ¿Pero qué clase de herencia es ésta y cómo tomarla? Pues una tradición de la ruptura, evidentemente, no es nada que pueda simplemente capitalizarse culturalmente y sumarse a algo así como el patrimonio de la Historia del Arte.

Aquí y ahora, la herencia de las vanguardias es vital al menos en dos sentidos:

Por un lado,

La historia de sus decisiones políticas forma una muy compleja constelación de posturas e ideas, a partir de la cual nosotros podemos orientar nuestras propias navegaciones políticas. Aquí no se trata tanto de aprender de los errores ajenos, como de volver arriesgar -ya con unas tablas de navegación en la mano, pero sin saber aún a ciencia cierta dónde están esos nuevos mundos todavía posibles-. Las vanguardias brillaron en un momento histórico de alarma evidente: el periodo de entreguerras a través del cual el Nacional Socialismo alemán fue arrastrándose lentamente hasta la cima poder. En ese contexto, para un gran número de artistas -como es el caso de Bertolt Brecht-, no había más salida moral y política que integrarse al proyecto Bolchevique tratando de impedir la ascensión de Hitler. Después de la segunda guerra –el mundo dividido en dos bloques- la historia se complejiza. Esos dos programas avasalladores de macropolítica, resultaron en los hechos no ser tan diferentes el uno del otro en varios sentidos. Se perfila entonces la caída de un socialismo nunca realizado, lo cual se ve y dice fácilmente con la distancia histórica del presente, pero para los intelectuales y artistas que aspiraban en ese instante a ofrecer alternativas, implicaba una vez más un estado emergencia y un apremio a tomar decisiones radicales. Algunos artistas vanguardistas se integraron a los Partidos Comunistas de entonces; otros, sin despolitizar su quehacer artístico, militaron en lo que hoy ya es corriente llamar una izquierda alternativa, fuera de los partidos e instituciones oficiales; otros más, seguramente no pudieron resistir a la presión o a las decepciones. Finalmente, hubo quien -como el actor y director de teatro Antonin Artaud-, rechazaron contundentemente toda la historia política de Europa, incluyendo tanto a los partidos y gobiernos de izquierda, como al marxismo en general, por considerarla una reducción ideológica opresiva del ser humano (aunque no necesariamente a la filosofía de Marx que sí conlleva una antropología filosófica profunda). En todo caso, la relación entre vanguardias y marxismo, la relación entre vanguardias e izquierda, no fue para nada homogénea en este y en otros momentos. La heterogeneidad de estos movimientos puede servir como espejo de la circunstancia latinoamericana actual, donde la confusión de programas, posturas o ideas “alternativos” puede llegar también a resultar paralizante.

Pero aquello que muchos de estos artistas (justo quienes todavía nos inspiran) comprendieron en general, es que el quehacer artístico comporta ya en sí mismo un factor revolucionario, siempre y cuando parta de una necesidad vital incontenible, irrecusable. Su contribución a la tradición revolucionaria no debe buscarse tanto en sus militancias en uno u otro partido o programa político específico, sino en despertar para la revolución, a través del arte, aquello que Raoul Vaneigem pocas décadas después llamaría la tercera fuerza: “En todos los conflictos que empujan a un campo contra el otro, una parte irreprimible de reivindicaciones individuales entra en juego, imponiendo a menudo exigencias amenazadoras”. Sin este factor impulsivo radicado en el individuo (que Vaneigem mira tanto en Marx como en Villa, Zapata, Sade o Stirner, entre otros), no hay radicalidad posible, todo es repetición de esquemas y consignas, todo es representación del teatro de la Historia.

A nosotros nos toca no sólo estudiar la historia de las vanguardias y postvanguardias artísticas para elaborar estrategias de politización eficaz de nuestros quehaceres artísticos, intelectuales y cotidianos, sino también propagar la resonancia con que sus gritos todavía ponen a vibrar a nuestros cuerpos despojándolos de sus letárgicas armaduras. Esa resonancia se escucha, por ejemplo, en el movimiento Situacionista de finales de los 60’s, así como en muchas tendencias del rock y la música popular contemporánea que no abandonan nunca su impulso primigenio. De hecho, para quienes militamos artísticamente, sólo desde esta vibración interna será posible encontrar las estrategias y coyunturas que puedan llegar a mover lo inamovible, porque sólo desde ella emergerá la verdadera fuerza de nuestra voz.

Entre otras cosas, será preciso redescubrir en nuestros propios estilos ese tono de Manifiesto que utilizaron las vanguardias, ese tono casi aforístico e inherentemente teatral, que resulta acaso no menos absurdo que subversivo, pero reivindica siempre aquello que en nosotros es inalienable, incorruptible. Ese tono puede estar pasado de moda, pero parece propio de los instantes de alarma.

Agustín Elizondo

~ por 666ismocritico en marzo 13, 2007.

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