Lección de tinieblas en Dachau

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Lección de tinieblas en Dachau: “No somos los últimos” del pintor Zoran Music

Digo “paisaje” para expresar algo terrible.
Si digo paisaje, pienso en cadáveres…
Zoran Music

Todos los sobrevivientes de los campos de concentración nazis portan como una herida mal cicatrizada el recuerdo de la aniquilación. Cualquier palabra, cualquier imagen, cualquier sueño, hace surgir de nuevo la deportación, la cámara de gas o el horno crematorio. La serie “No somos los últimos”, del pintor de origen italo-eslovaco Zoran Music, es el recuerdo indeleble de los “paisajes de cadáveres” que, en los años del Tercer Reich, cubrieron casi todos los puntos de Europa.
Zoran Music fue deportado a Dachau en 1944 a la edad de 35 años. Allí, su primera impresión es la de la vastedad de la muerte, la cotidianeidad de la aniquilación, un mundo alucinante que se había vuelto real: cadáveres que, como montones de árboles caídos y madera, dominaban el paisaje antes de ser incinerados. Sin embargo, a pesar del horror, Music no deja de privilegiar la mirada del pintor sobre la mirada del testigo. Antes que el testimonio, está la necesidad que impone su propia pintura, la “exigencia de la obra”: ninguna cámara de gas fue dibujada por Zoran Music. Su pintura y sus dibujos no pretenden “ilustrar” el horror.
Tal como se conoce ahora, “No somos los últimos”, conformada por dibujos y pinturas, comienza a ver la luz en la década de los setenta. Music, en estos años, impulsado por la gran corriente del arte abstracto, intenta pintar conforme a este movimiento, pero el campo de exterminio impone sus leyes, penetra los cuerpos, domina los sueños, y el recuerdo de los cadáveres apilados comienza a surgir como si las fosas comunes se desbordaran de nuevo. La pintura de Zoran Music se encuentra a sí misma en la devastadora experiencia de la “vivencia de la muerte”, tal como llama el escritor Jorge Semprun a la experiencia de la deportación: “En torno a mí, sólo se hablaba de pintura abstracta. Comencé a sentirme inútil y débil al lado de esa gran corriente a la que pertenecían todos los artistas conocidos y críticos importantes. Entonces comencé a desviarme de mi camino. Intenté a mi manera hacer pintura abstracta. Y en esa tentativa perdí totalmente mi verdad personal. Es lo peor que le puede pasar a un artista, ya que sin ella dejará de existir. De esa confusión, de esa frustración, volvieron a surgir los cadáveres…”.
Quizás algunas de las palabras más desconcertantes pronunciadas por un artista en torno a la creación de su obra hayan sido enunciadas por Zoran Music, palabras de un sobreviviente: “Me acuerdo de que fingía estar muerto, acostado entre los cadáveres que dibujaba. En todas partes había SS que vigilaban. Fingía estar muerto, inmóvil, para no perturbar el silencio y la calma del paisaje”.
Durante su cautiverio, Music “organiza” aquí y allá papel para obedecer a un impulso absoluto: dibujar los mil detalles que vislumbra en los cuerpos moldeados por el agotamiento y el dolor, en los rostros de mirada implorante, en las manos y dedos que se aferran desesperadamente a la vida, en las venas azules, finísimas, que se perciben bajo la piel de los cadáveres. La “exigencia de la obra”, en el pintor Zoran Music, es capturar la “belleza trágica” de los “paisajes de cadáveres” producidos por el genocidio, aprehender su “belleza” antes de que desaparezca.
Music dibuja incansablemente allí, en medio de la muerte, sin embargo no queda más que una mínima parte de sus dibujos. Al ser liberado el campo, la mayoría de los dibujos que habían sido escondidos entre la maquinaria de las fábricas desapareció cuando ésta fue incendiada por el ejercito norteamericano.
“No somos los últimos” constituye una respuesta trágica y lúcida a la esperanza de que el genocidio nazi sea un hecho irrepetible. En los campos, las ejecuciones pretendían tener un carácter “didáctico” e intimidatorio ya que todos los prisioneros estaban obligados a presenciarlas. Poco antes de que el campo de Dachau fuera liberado por las tropas aliadas, Music asistió al ahorcamiento de un prisionero acusado de sabotaje. Cuando la soga estaba a punto de desgarrar su garganta, el prisionero gritó a la multitud congregada: ¡Camaradas, yo soy el último! La respuesta de Music ha dado nombre a una de las obras paradójicamente más bellas e inquietantes de todo el Siglo XX: “No, no somos los últimos”. La gran lección, trágica y desgarradora, que nos transmite el pintor Zoran Music, una lección de tinieblas, aprendida en uno de los campos más infames, es que el exterminio y la aniquilación seguirán cobrando su cuota de sangre: los muertos de Auschwitz, de Buchenwald, de Dachau, los muertos de cada uno de los campos engendrados por el nazismo, no serán los últimos ni los únicos, pues así lo han mostrado ya Siberia, Vietnam, Camboya, y un largo e infame etcétera…Y nos muestra que, contrariamente al incongruente “Nunca jamás” de las ceremonias conmemorativas, “No somos los últimos”, aunque desgarradora, parece ser la única verdad lúcida y honesta frente a la memoria de estos muertos.

Miguel Ángel LEAL NODAL

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~ por 666ismocritico en marzo 2, 2007.

2 comentarios to “Lección de tinieblas en Dachau”

  1. tu texto me ha ayudado mucho ha hacer un trabajo para el cole…. es muy bueno. Gracias!

    Gran pintor zoran music.

  2. x cierto….xupame las tetas!

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