Ese divino tesoro. Comentario al texto “El Joven Marx . . .”

El artículo de Francisco Javier Sigüenza publicado en el número de septiembre/octubre de Critikus titulado El joven Marx y los Manuscritos del ’44, nos llevó a los integrantes de la Cooperativa de Trabajo Hormiga, de la que él también forma parte y conformada en ese entonces como Seminario de Crítica Cultural Permanente, a una discusión que se prolonga hoy en los textos de Agustín Elizondo y en éste, aquí publicados. Hay que agregar que también fueron el resultado de una charla posterior a la proyección de dos películas (Battle Royale I y Battle Royale II) cuyo tema es la guerra entre jóvenes y adultos en el Japón de un futuro no muy lejano. Lección disciplinaria del Estado nipón a las juventudes insolentes e incontroladas de ese país en una época muy similar a la nuestra de crisis demográfica, autoritarismo y desempleo. Estos fueron, pues, los motores de la reflexión conjunta.

Las películas y el texto de Francisco sobre la juventud de Marx ofrecían una serie de apretados nudos teóricos, en apariencia inofensivos pero centrales en la discusión contemporánea, acerca de las identidades revolucionarias. El asunto de la caducidad de la idea romántica de “juventud” usada en abstracto por todos los actores de la política institucional se hizo inevitable y, a partir de la lectura bienintencionada del joven Marx que hacía Francisco y del chabacano lado “humanista” que una asistente refirió en esa charla, no podían dejar de estimular la reflexión y la necesidad de pensar con rigor los contenidos de ideas tan ambiguas, tan usadas, tan enormes como son las ideas de “Revolución”, “Crítica” y “Juventud”. Más en una época de burdas identificaciones mediáticas, de fijaciones mercantiles, de cosificación a ultranza, de confusión general y de guerra civil disimulada; época, a su vez, llena de deseos legítimos de libertad a punto de estallar. Evidentemente el asunto de la espontaneidad afirmativa de la juventud y de la acción revolucionaria radical se hicieron, como ya dije, inevitables. La discusión desató la idea deliberada en todos los compañeros de revalorar a “la juventud” no tanto como un sector poblacional identificado con un rango biológico (la edad), sino como una capacidad de reinvención y arrojo espiritual que bien puede ser patrimonio, cualidad o facultad de un hombre de 40 años como de un niño de 14. A este respecto yo recordaba a Félix Guattari cuando le preguntaban en una entrevista qué pensaba sobre la adolescencia, a lo que él respondía: “La adolescencia es algo que sólo ocurre en la cabeza de los adultos, realmente no existe, es un invento de la disciplina médica, hay individuos que, estrictamente hablando, llegan a los 45 años sin haber sobrepasado su pubertad y que mueren sin nunca alcanzar la adolescencia. Hay también niños de 13 años con la capacidad de decisión de un hombre de 50 años.”

Finalmente en lo que me dejó pensando el texto de “El joven Marx. .” es en la dificultad de comprender lo espontáneo, lo dinámico, la voluntad indomable e insobornable por lo nuevo y libre fuera de la categoría no poco romántica, y en el fondo clínica y demoscópica, de “los jóvenes”, de “la juventud”. Categorías tan útiles y necesarias para los discursos y plataformas de los partidos e instituciones políticas en períodos electorales, pero tan vacías y tiránicas por reduccionistas y abstractas. Y desde un punto de vista revolucionario, hasta inservibles. Hasta qué punto la asociación de estas cualidades (“la espontaneidad, el dinamismo, el radicalismo”) al sector poblacional cuya edad no rebasa los 30 años proviene de toda una biopolítica, de toda una maquinaria que quiere controlar la vida y que gusta separar y mantener a raya, por un lado, el temple tesonero del “adulto experimentado” y, por otro, “la chispa incendiaria y vital de la juventud”. ¿Muy maniqueo no? Finalmente ¿quién se beneficia de que no haya fuego en los adultos ni voluntad de programa y disciplina en los jóvenes? Por supuesto quienes viven y hacen dinero de esta separación ¿no?, el Estado y el Mercado, definitivamente. Bien, pues esto por un lado. Por otra parte me pareció que existen muchas ambigüedades y problemas al momento de plantear la noción de “lo crítico, la crítica” fuera de la idea de “experiencia”, y como cualidad inherente de los jóvenes, tal como de pronto parece suceder en el texto de “El joven Marx. . .” en el que, tal vez involuntariamente, se establece una correlación natural entre la juventud de Marx y su radicalidad. Pienso que las tareas críticas del presente requieren de la conciencia de un continuum revolucionario, de una beligerancia histórica articulada, con cortes y fugas, desde luego, pero en diálogo e interacción, en transacción pues con el legado de luchas. La potencia revolucionaria, crítica o rebelde que representa “la infancia” o “la juventud” no están en duda, pero pienso que habría que dejar de tejer, a partir de lo biográfico, una imagen romántica del joven como non plus ultra revolucionario o, más terrible aún, como revolucionario per se. Basta con ver el promedio de edad de los ejércitos nazis o, para no ir tan lejos en el tiempo, el promedio de edad de los ejércitos de ocupación en Irak hoy día, para darnos cuenta de lo insostenible de esta idea que asocia indefectiblemente la rebeldía con la edad. La noción de “experiencia” implicaría justamente una cierta mediación crítica y una capacidad de acción surgidas del recuento, de la fenomenología pues, de contarnos la historia de lo que pasó, lo cual implica un tránsito y un transcurso crítico y autocrítico con la tradición, con la historia política y social y también con la acción —esa acción “pura” tan idealizada y peligrosa en política— Así, una idea de lo crítico que surja de la experiencia (entendida no sólo como revisión, sino con circunstancia y contexto concreto) viene a poner en problemas el puro espontaneísmo de los jóvenes, en caso de que estas dos expresiones (jóvenes y espontáneo) sean correlativas como al parecer se da por hecho. ¿Cómo habría crítica si todo fuera inmediatismo “juvenil”, puro furor, ebriedad por la vida, acción espontánea? ¿Qué vida sería esta, la de la pura acción sin mediación histórica, sin regreso y planteamiento de un programa o al menos, de una relación trans-generacional, de un diálogo con la tradición, de una revolución continua y continuada? Bronca que de metafísica se vuelve concreta y que bajo la estética de cómic japonés Manga de la película Battle Royale II se plantea como moraleja revolucionaria final. ¿No acaso todos los jóvenes estamos destinados a volvernos adultos, es decir envejecer, incrementar nuestra edad? ¿No acaso se necesita la transmisión de las estrategias de lucha y resistencia, el perfeccionamiento en la defensa? ¿No todo este romanticismo y esta nostalgia en torno a la infancia y
juventud han servido a los fines de separación? Forma propiamente burguesa y diabólica de instrumentalizar la vida para, en sectores cuantificables, exprimirla mejor en beneficio del capital? Jóvenes y adultos, compartimentos que imposibilitan los lugares y deseos comunes entre diferentes generaciones que bien podrían estar orientados hacia una misma acción política de resistencia u ofensiva social. ¿No es gracias a las enseñanzas del hacker experimentado que fue el hermano mayor de uno de los jóvenes perseguidos, en Battle Royale I, que los adolescentes logran intentar una contraofensiva concreta y efectiva al cuartel de los adultos? ¿No son tal vez otras cosas las que nos unen y separan y no la edad como se quiere? Tal vez tengamos que comenzar a pensar en “la juventud” como en una metáfora del deseo irrefrenable de libertad, de singularidad, y ya no más como ese sustantivo tan masticado por los políticos y los empresarios, como ese “divino tesoro” que hasta hoy ha sido el oscuro y privilegiado objeto de políticas públicas y privadas de izquierdas, centros y derechas por igual.

Carlos Prieto

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~ por 666ismocritico en marzo 2, 2007.

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