El joven Marx y los Manuscritos del 44

Los que hablan de revolución y de lucha de clases, sin comprender lo que hay de subversivo en el amor, y de positivo en el rechazo del trabajo, tienen un cadáver en la boca.
Raoul Vaneingem. 1967

I
El año pasado se conmemoró el 260 aniversario de la redacción de los Manuscritos económico filosóficos de 1844 de Marx. En diversas instituciones se le realizaron coloquios y homenajes al autor del texto. Se expuso desde diversos ángulos sus contenidos: trabajo enajenado, crítica de la economía política, crítica de la filosofía de Hegel o la formulación de una alternativa a la modernidad capitalista: el comunismo. Sin embargo, pocos realizaron una reflexión acerca de la actualidad o inactualidad del pensamiento de Marx; pocos se molestaron en articular la crítica de los Manuscritos, que se ocupan de la realidad de su época, con la realidad actual; y casi ninguno se molestó en realizar un balance crítico de las desastrosas experiencias de lo que, a lo largo y ancho del siglo XX se conoció como marxismo, a la luz de las nuevas experiencias del movimiento alter mundista. A muchos, con sus honrosas excepciones, les resulta más cómodo conservar el estatus que el marxismo académico finalmente ha obtenido y que el estado mantiene como parte de la ilusión democrática.
Nosotros por nuestra parte, deseamos rendir homenaje a este gran revolucionario, en tanto que su pensamiento pondere la práctica revolucionaria. Pero no una práctica de sacrificio – aunque inevitablemente conlleve algún tipo de sacrificio – y nueva sumisión a las ideas; sino una práctica reflexiva que se esfuerza día a día en realizar las ideas.
II
Cuando Marx redactó los Manuscritos del 44 se encontraba exiliado en París, debido a los problemas que enfrentó con la censura y la represión del estado prusiano. Para entonces el joven Marx había ya tenido una larga y agitada trayectoria.
En 1835 ingresó a la Universidad de Bonn, la más próxima a su natal Tréveris. Allí, se hizo miembro de la asociación estudiantil local y asistía asiduamente a sus reuniones. También acostumbraba asistir al club de los poetas. En aquel entonces fue conocido por jaranero y alborotador, pues habituaba beber vino típico de la región, participó en riñas entre asociaciones estudiantiles e incluso una vez se le vio portando armas para batirse en duelo con un miembro de la asociación de Borrusia (grupo aristocrático al que Marx y sus amigos consideraban de corte provinciano); de hecho, una noche de junio de 1835 pasó un día en prisión preventiva por «embriaguez y escándalo perturbador de la noche».
Para 1836 el joven Marx se traslada a Berlín para continuar con sus estudios jurídicos. El ambiente intelectual estaba impregnado del pensamiento de uno de los más grandes filósofos alemanes: W. F. Hegel; el cual había muerto hacia sólo escasos cinco años. La tendencia dominante en la Universidad de Berlín era considerar la obra del maestro como definitiva; así que sus discípulos se dedicaban a publicar, desde 1832, las lecciones de Hegel e intentaban desarrollar las implicaciones de su doctrina en los diferentes campos del conocimiento humano: jurídico, político, histórico, etc.
Eduard Gans y F. K. Sauigny eran los dos principales herederos de Hegel, y con ellos toma cursos el joven Marx. Ambos profesores certifican el buen aprovechamiento de Marx a sus cursos, él en cambio, se siente insatisfecho con ellos y en una carta a su padre escribió no haber encontrado alguna fuente de inspiración en esos cursos que lo guiaran.
Fuera de la Universidad asistió a las discusiones sobre religión y política del Club de los Doctores (asociación de posgraduados mayores que él) y a las tertulias literarias románticas del Salón de Bettina von Armin. En el club de los doctores conoció a Bruno Bauer (guía de los llamados jóvenes hegelianos) y algunas otras figuras del medio intelectual berlinés. Este lugar le proporciona lo que la Universidad no le ofrecía: libertad crítica. En el club se cuestiona a la religión oficial, plenamente identificada con el estado y se manifiestan a favor de la conformación de un liberalismo constitucional, opuesto al absolutismo prusiano.
Estos años se caracterizan por la crisis que Marx experimenta entre su inclinación literaria y su vocación filosófica, la primera alimentada por su pasión por la poesía, la literatura y la distancia de su amor: Jenny Von Westphalen (su futura esposa); la segunda por su interés por los asuntos de su tiempo. Finalmente se decide por la filosofía, al percatarse que confundía pasión amorosa con vocación literaria; además reconoce que su lucha contra los epígonos de Hegel lo conducen muchas veces a las más profundas reflexiones del mismo Hegel. Marx expresa esta seducción con imagen tomada de la poesía satírica romántica de Heine: «Esta criatura mía predilecta, alimentada al claro de la luna, me arrastra como una sirena engañadora, a los brazos del enemigo».
En estos años universitarios escribió bastante literatura; tres cuadernos para un libro de amor, un libro de Cantos, una novela humorística llamada: Escorpión y Fénix, y un drama fantástico titulado: Oulanem. La mayor parte de sus poemas se han perdido; algunos, que aún se conservan, son poemas dedicados a su amada. Ya en su madurez Marx opinaba de su propia poesía: «Nada en ellos era natural, todo hecho de insensateces, las reflexiones teóricas ocupaban el lugar de los pensamientos poéticos.» La mayoría de las imágenes y motivos de su poesía procedían de la del romanticismo alemán, pero sin la fuerza y corazón de éste. Además, el joven Marx toma distancia del romanticismo, cuando éste pierde su espíritu rebelde y crítico hasta identificarse y defender al estado cristiano de la Prusia de Federico Guillermo IV.
En 1839 se inclina definitivamente por la filosofía y el periodismo político. Inicia con los preparativos para redactar su tesis doctoral, con la intención de obtener una venia docente y optar por una cátedra universitaria. Ello le aseguraría una posición desahogada para formar una familia con Jenny. La tesis versaría sobre Demócrito y Epicuro, lo que lo lleva a un estudio intenso de los clásicos y de la historia de la filosofía; al mismo tiempo, participaba en los debates de los jóvenes hegelianos, la mayoría de extracción burguesa, pero profundamente defraudados por la política oficial prusiana. Sin embargo, estaban convencidos de estar viviendo en una época de transición, pues veían a la historia desde la óptica hegeliana del incesante progreso. Tenían una fe ciega en la potencia de las ideas y magnificaban la crítica de lo existente y la función renovadora de la teoría, plenamente convencidos de que «el pensamiento precede a la acción, así como el relámpago precede al trueno».
En lo político se oponía al estado prusiano, y se sentía cerca de un movimiento liberal que enlazaba los intereses de las capas medias ilustradas de Alemania, de industriales y comerciantes progresistas, y se manifestaba a favor de una monarquía constitucional de corte liberal.
En cuanto a su trabajo de tesis, en él intenta fundamentar, desde una perspectiva filosófico materialista, la diferencia entre la filosofía materialista de Demócrito y Epicuro. En su trabajo, Marx expone la filosofía de Epicuro como una crítica radical de la idea que equipara filosofía y religión, y con ello, una crítica de la autoridad religiosa. Citando a Epicuro, afirma que: «no hay ninguna de necesidad de mantenerse en el reino de la necesidad», afirmando con ello una radical idea de libertad; y citando al mito de Prometeo, considera la rebelión del Titán como la lucha que deben dar los seres humanos contra los dioses.
En 1842, una vez concluida su tesis doctoral, Marx publica su primer artículo en la Gaceta Renana contra la censura prusiana – revista con la que mantendrá una asidua colaboración, hasta llegar a ser su director. Los artículos de Marx se caracterizan por ser una especie de periodismo filosófico mundanizado, un análisis de las realidades alemanas del momento. Considera que la filosofía debía dejar de ser interiorización teórica de las ideas filosóficas, dejar de ser un sistema abstracto que se enfrenta a otro sistema abstracto y debía convertirse en una reflexión del mundo actual para su transformación.
Esta concepción se puede observar en su artículo de 1842 acerca de los robos de leña, en el que, desde el derecho, defiende la antigua práctica de los campesinos de recoger los leños que caen del bosque, con ello defiende los bienes comunales contra la propiedad privada del capitalismo. Para Marx, la ley que prohibía recoger leños del bosque demostraba que, el estado al ponerse al servicio de los intereses privados pierde su carácter de mediador entre la sociedad civil, rasgo que Hegel le otorgaba en su Filosofía del derecho, y se convierte en el instrumento de la clase gobernante. Así, del análisis sociopolítico pasa a la crítica del estado prusiano ayudándose de la teoría filosófica.
De estas primeras reflexiones surgen sus dos primeras críticas a la filosofía de Hegel. En 1843 escribe su Crítica de la filosofía del derecho de Hegel y Introducción a la filosofía hegeliana del derecho; las cuales son publicadas en la revista que proyectaron cuando se trasladaron a París: Los anales franco-alemanes, una revista bilingüe de la que sólo salió un número. En París conoció a P. J. Proudhon, M. Bakunin e inicia su lectura de los clásicos de la economía política, además, se relaciona con el movimiento obrero y su posición política termina de radicalizarse. Del liberalismo pasa al republicanismo, luego a la democracia radical, hasta finalmente manifestarse a favor del comunismo; de esos años datan sus primeros escritos a favor del comunismo, al que antes se oponía. En París también conoció a F. Engels, él cual se convertirá en su compañero de viaje hasta los últimos días de su vida, y con el que Marx se familiariza con la situación de la clase obrera inglesa, pues Engels era hijo de un empresario alemán algodonero que tenía fabricas en Londres y Dusseldorf, y escribió algunos textos sobre La situación de la clase obrera en Inglaterra.
En aquel entonces Marx ya empezaba a emprender su propio camino, cuando con su crítica de la filosofía del derecho de Hegel inicia a conformar un pensamiento filosófico, aunado a una profunda reflexión política y una fuerte crítica del estado prusiano y la concepción moderna del estado. Con ello, se aleja cada vez más de los autores que más lo influyeron. De Hegel se separa por su idealismo, gracias a la influencia de Feuerbach; de Ruge y Bauer se aleja porque permanecen en el campo de la crítica de la religión, sin ocuparse la situación política social de su tiempo, y de Feuerbach, porque su filosofía no se ocupa de la dimensión política revolucionaria y ve en la filosofía hegeliana sólo una teología racionalizada.
Pero el texto más importante de ese período son los Manuscritos económicos filosóficos de 1844, que son el fruto de más de diez años de reflexiones, no sólo filosóficas, sino también histórico políticas y político económicas. Reflexiones que surgen de una intensa compenetración, como hemos expuesto más arriba, no sólo de la teoría filosófica de su tiempo, sino sobre todo de la experiencia y reflexión de los acontecimientos de su época; época a la que el joven Marx se acerca con la actitud que caracteriza a la juventud: la insatisfacción por lo que el mundo es y sus deseos insaciables de transformarlo.
Esa mirada y esa actitud ante el mundo de la juventud que, Walter Benjamin caracteriza como un estado del espíritu que se esfuerza y lucha por alcanzar sus sueños y anhelos de libertad. En 1909 Benjamin escribió (con 21 años de edad) un texto al que tituló: Experiencia. En él se vuelve contra la sociedad del bienestar que pasa por una supuesta estabilidad, pero que en lo profundo, no es más que una miseria del espíritu estabilizada. Entregado a los sueños de juventud, Benjamin se opone a la vivencia de los adultos, cuyo rasgo característico es el conformismo y lo rutinario, pero que ellos ocultan bajo una máscara de pretendida madurez y de gran sobriedad, haciendo pasar a la experiencia de los jóvenes y sus sueños como dulce idiotez, previos a la vida seria, a los «años de compromiso, de pobreza intelectual y de carencia de entusiasmo: así es la vida. Así nos hablan los adultos – dice Benjamin – así viven ellos».
Benjamín y Marx desenmascaran la actitud resignada de los adultos, cuyas vidas se encuentran entregadas a una actividad completamente rutinaria, fruto de la desilusión y el conformismo que se refugia en la pobre experiencia de lo cotidiano; que les sirve de consuelo ante los fracasos de su juventud. Esas personas envejecidas tienen sus herederos en la actualidad, y contra ellas también va dirigida nuestra lucha.
III

Hay un texto de Paco Ignacio Taibo II en el que escribió lo siguiente: «Nuestra generación, la generación del 68, hizo un pacto con el diablo. No fue un mal pacto. A cambio de sacar al PRI de Los Pinos abandonamos, guardábamos en el clóset a Ho Chi Minh, la revolución socialista, Flores Magón, Durruti y los consejos obreros, el programa de transición y la plusvalía… Sin embargo – dice más adelante – nunca leímos la letra pequeña del contrato. No teníamos mucha experiencia en eso de pactar con el diablo y no se nos ocurrió ver que abajo del documento en letra minúscula escondida, decía: “En el proceso de sacar a los ladrones del palacio, muchos de ustedes se volverán como ellos”».
El texto al que nos referimos fue escrito antes de que se conocieran públicamente los video-escándalos que, hicieron de la vergüenza algo más vergonzoso al poner al descubierto las miserias de la izquierda parlamentaria mexicana; pero lo que en verdad me interesa no es tanto el pobre espectáculo que ofrecen los políticos de nuestro tiempo, sino la primera reflexión que apunta Taibo II, y a la que desafortunadamente no vuelve a aludir en su artículo, me refiero al olvido intencionado que pactaron con el diablo.
Pertenezco a una generación que se formó durante la década de lo 90s, es decir, nos tocó vivir la caída del socialismo realmente inexistente, las desafortunadas derrotas de la izquierda latinoamericana: sus claudicaciones, traiciones y desilusiones. Muy pronto nos quedamos sin referentes, tanto teóricos como prácticos, que guiaran nuestra acción política. Sin embargo, eso no nos resto las ganas de continuar con nuestra lucha para sumarnos pasivamente al ciego curso de los acontecimientos. Nos incorporamos entusiastamente a las manifestaciones contra el quinto centenario, salimos a las calles durante el alzamiento zapatista y las ofensivas del ejercito federal, acudimos a la Convención Nacional Democrática, más tarde participamos en la conformación del FZLN, nos incorporamos a la huelga de los CCHs en el 97 asistimos a los Encuentros Intergalácticos y, por supuesto, participamos en la huelga universitaria del 99. Allí conocimos a muchos viejos trasnochados, pero también a muchos jóvenes envejecidos. Cometimos muchos errores, pero también aprendimos mucho.
Durante todas esas movilizaciones pronto nos dimos cuenta de que hacía ya mucho tiempo que la revolución, tal y como la habían pensado nuestros abuelos durante el siglo XIX y mediados del XX, había sido derrotada, cuando no traicionada, por aquéllos que decían defenderla. Pero también nos percatamos de que aquéllos que habían sido puestos en el clóset por los que pactaron con el diablo, nos habían legado un sueño, y que si teníamos ese sueño la vida aún valía la pena ser vivida. El sueño al que me refiero es el de una comunidad universal, más allá de los particularismos regionales o continentales, una sociedad de seres humanos autónomos, asociados libremente por el bien común.
Así que emprendimos la búsqueda de aquellas experiencias que estuvieran acordes con nuestras aspiraciones y anhelos de libertad. Esa búsqueda pronto se convirtió en una aventura, y la aventura en nuestra vida. En ella encontramos a una rica tradición que había sido puesta a la sombra, tanto los epígonos del liberalismo, como aquéllos que se dicen sus adversarios. Esa tradición de la ruptura, como caracterizaba Paz a las vanguardias artísticas, nos llevó por múltiples senderos a través de los cuales descubrimos los vínculos secretos, las afinidades electivas que acercaban a pensadores y movimientos aparentemente tan alejados en el espacio y en el tiempo, y que sin embargo, compartían un proyecto común, el esforzarse por materializar ese sueño y construir lo político, más allá de la política del estado y sus instituciones.
Dentro de la tradición a la que me refiero, nos encontramos con una rica gama de pensadores que fieles al espíritu crítico de Marx, no lo citaban como quien cita la Biblia, sino que se esforzaban por extender la crítica de Marx al modo de producción capitalista a todos los ámbitos de la cultura; autores como: K .Korsch o G. Lukacs, Henry Lefevbre o Conelius Catoriadis, Guy Debord o Raul Vaneingem, Daniel Guerin o Abraham Guillen, por mencionar algunos; y con ello, contribuyeron a mantener vivo ese sueño conformado en el siglo XIX, y del que sus supuestos herederos ya se han olvidado.
De allí la importancia de la revisión crítica de los Manuscritos del 44, un texto que se caracteriza por su actitud desafiante, subversiva y por supuesto crítica. Un texto que el joven Marx redactó con tan sólo 26 años de edad; como un esbozo de lo que sería uno de los análisis más lucidos y profundos de la ilusión capitalista de un mundo “libre” a través del mercado, ilusión que cada día se desvanece más y más, cuando los efectos negativos de la globalización del mercado se extienden a una velocidad vertiginosa.
IV
Tres consideraciones finales para nuestro texto:
Primero: reivindicar el pensamiento de Marx no puede significar hacerlo únicamente en conferencias y coloquios, como algo ya muerto y pasado; o considerar su obra como algo definitivo y acabado; sino actualizar su espíritu crítico reflexionando y comprometiéndose con los sucesos de nuestro tiempo.
Segundo: La actitud irreverente, irónica y subversiva es uno de los rasgos esenciales que caracteriza a la juventud, la cual debe liberarse de los dogmas, los miedos y el conformismo de nuestros antepasados; así como el joven Marx rompió con los suyos.
Finalmente, crítica se dice en muchos sentidos y en la actualidad la palabra parece haber perdido su significado y fuerza. En el pensamiento de Marx, crítica significa dos cosas fundamentalmente, inherentes la una a la otra: por una parte; crítica teórica, en primer instancia, frente al pensamiento filosófico especulativo alemán que, considera que basta con pensar el mundo para transformarlo; además, crítica de la crítica de los jóvenes hegelianos que se limitan al cuestionamiento de la enajenación religiosa sin abordar la enajenación del mundo real; por otra parte, crítica del pensamiento económico político que, se limita decirnos cómo es el mundo, como sí fuese la consecuencia lógica, natural del progreso histórico, pero también, crítica de quienes pretenden transformar el mundo, sin profundizar en la causa, en el fundamento de la enajenación de la realidad; En segundo lugar, crítica en el joven Marx significa simple y sencillamente: reflexión del mundo, y de uno mismo, para su transformación.

Mefistófeles libertario

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~ por 666ismocritico en marzo 2, 2007.

2 comentarios to “El joven Marx y los Manuscritos del 44”

  1. me parece interesante y nos puede servir como base para la realizaciòn de nuestro trabajo .Glo me cuentas luego

  2. está interesante el artículo, que pesar que el fondo de la página sea tan absurda mente estorboso para leer

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