Comentario a la Plática de Hip-Hop en el Centro Cultural la Pirámide

Comentario a la Plática de Hip-Hop en el Centro Cultural la Pirámide, o de cómo rapea uno en soledad sin ser MC.

Open Mic.

Curiosidad, interés y una encomienda al parecer propia de la cultura hip hopera de escuchar al otro y de expresar siempre la versión personal de los hechos reunió apenas a una decena de interesados y curiosos, involucrados la mayoría en la cultura del hip hop en la ciudad, en un pequeño salón del Centro Cultural la Pirámide en torno a la lectura del estudio “Ideología y Rap” (o algo así) del antropólogo y urbanita de rato Tiosha Bojórquez, en lo que fue una de las tantas actividades realizadas durante las Jornadas del lado del corazón, autonomía, autogestión: la otra campaña, el pasado 11 de noviembre. Maravillosa fue la participación certera, espontánea y lúcida de los asistentes, que, por lo que se vio y escucho, viven el hip hop hoy, aquí en la ciudad de México, con mucha conciencia de lo que ello significa. Sin embargo, lo que sigue son las ideas suscitadas y justo la respuesta que, sin haberse dado, generó una serie de reflexiones sobre un tema largamente cultivado por algunos de nosotros, como por el propio Tiocha —quien ha hecho de ello la razón de su existencia como profesional de las ciencias sociales— tal como es el hip hop y la capacidad de las culturas urbanas de materializar, fuera de las proposiciones de la política profesional, expresiones de transformación y resistencia social y cultural inéditas y poderosas.

Check… check… check one, check two:

We are tired of praying and marching and thinking and learning.
Brothers want to start cutting and shooting and stealing and burning.
-Gil Scott-Heron,
citado en el libro de Jeff Chang, Can’t Stop Won’t Stop

Siempre se agradece la osadía de hablar, escribir e investigar con rigor y posición política definida sobre estos fenómenos. Ni hablar. Sin embargo, la apreciación y drástica fijación a un vocabulario y una visión marxista tradicional como de pronto pareció ser la de Tiocha, pienso que impide ver la magnitud afirmativa de la propia cultura hip hopera, su potencial y, de hecho, su intervención ruidosa y ubicua en la vida y la cultura de todos los días. El hip hop es ya materialización política, irrupción concreta desde la marginalidad cultural y social que no debería redimir sus delirantes mundos y figuras en función de un discurso accesible y panfletario. Su guerra, la guerra inaugurada por el hip hop empieza ya por esa fundación de una Otra sociedad callejera, intergaláctica o submetropolitana; delirante reescritura de la vida urbana que hace saltar en pedazos cualquier plano de barrio. Trazos y rudimentos de un estilo de vida no separado de su expresión, disfrute y riesgos concretos que muestran cómo el campo de la cultura es, en la sociedad mercantil, uno de los lugares privilegiados de la batalla. Ya no distorsión de un mensaje contestatario que debiese ser enderezado por una concepción científica y una enmienda ideológica políticamente correcta, sino amplificación del carácter —su carácter— brutalmente creador y por tanto fundador de mundos y universos dentro de éste de explotación y miseria social. Afirmación alegre pero no menos combativa. Y pienso combativa no en virtud de la corrección política y la legibilidad de sus mensajes y consignas, de sus contenidos y temas políticos duros, escandalosos, color rojo sangre o amarillo escándalo. No mimesis realista sino audaz e incontestable capacidad para crear mundo, apropiarse mundos y devolverlos deformados y transfigurados en grotescas farsas sociales o excitantes alegorías socio-políticas. Lenguajes de culturas y comunidades nuevas, posibles, de hecho vivas, existentes, auténticas, nunca antes vistas y hoy vividas y experimentadas, ligadas vigorosamente a otras, anteriores, históricamente igual de poderosas como son las de los esclavos y explotados que hicieron de la música su medio de comunicación y su propedéutica de combate contra los opresores. Parábolas intragables para la estrechez de los conceptos académicos; inasimilables a la pobreza del lenguaje y el despotismo de las izquierdas de escritorio. El hip hop es ya intervención, irrupción, autonomía de la calle. Es la ficción científica de la autonomía callejera pues.

Keep it Real?

¿Qué no el hip hop es una realidad en sí misma? ¿Materialidad política. . . cultura? ¿Vale aquí la separación entre realidad y ficción, entre verdad y mentira, entre objetividad científica y deformación ideológica? Me pregunto. ¿Tiene de verdad sentido y no sería perder precisamente la posibilidad de comprender este nuevo lugar que la cultura pone como ámbito que no admite separación entre estas esferas, sino que justamente nos muestra un compuesto entreverado de relaciones que finalmente la constituyen? Ropa, tagging, graffiti, rap, mc’ing, deeying, scratching, etcétera. En pocas palabras estilo; un gesto que de lo aparentemente decorativo pasa, sin pedirle permiso a nadie, a lo profundamente político. Esto es ya una cultura y una Weltanschaung ¿que no? Sólo bastará citar a uno de los asistentes —que dijo venir de los barrios de Iztapalapa—que, luego de escuchar la enredada discusión sobre los límites entre la ficción y la realidad de la ultraviolenta lírica gangsta, cerró la sesión poniendo las cosas en su lugar con un lapidario comentario: “. . .pues serán o no violentos los raperos gangstas y habrá gente que piense cuando nos ven vestidos así y nos juzgan por la música que oímos que somos unas lacras…y la verdad es que no se equivocan, la neta somos unas lacras”. ¿Y qué amenaza serían para la sociedad si no lo fueran? Bien dijo Inti (compañero de la cooperativa) en una intervención que sutilmente sacó del círculo vicioso las fórmulas de interpretación que Tiocha había vertido en la charla sobre el asunto del keep it real en el hip hop: “¿No serán más bien estos raperos y Mc’s una especie de escritores, de juglares contemporáneos? ¿No valdrán más por lo que ellos representan y pueden representar que por lo que mantienen de real, de ‘verdadero’, entre su lírica y su vida?”

Del quienvive hip hopero a la cultura del antagonismo

La figura del antagonismo tiene una encarnación privilegiada en el hecho, siempre inminente, de la batalla entre Mc’s. No se trata sólo de estetizar la confrontación o de sobreritualizar el enfrentamiento al que, no se nos olvide, se ve inevitablemente arrojado todo MC, todo miembro de crew, todo tornamesista. Más que el discurso de pertenencia o la megalomanía galopante de muchos Mc’s, es la posibilidad de crear, inaugurar efímeramente un espacio de confrontación como cualidad latente y propia de la cultura callejera y de la ciudad en general entendida y refundada como campo heterogéneo de convivencia lo que importa y habría que destacar e investigar aún más. Corroboración de disimetrías sociales, económicas, étnicas, culturales, políticas que acechan virtualmente y se materializan en las batallas de Mc’s, tornamesistas o “grafos” y que nos habla de una intersubjetividad militante y activa que, como es de esperarse, resulta intolerable a la propuesta por la democracia formal de las sociedades liberales. La demanda permanente de respuesta que involucra la relación de los individuos dentro del mundo hip hopero abre el espacio de la responsabilidad y el posicionamiento de forma irreversible y en donde los asuntos de clase se transfiguran y adquieren nombres y caracterizaciones que condesan aspectos que una clasificación científico-social dejaría escapar. Contraejemplo permanente a la dialogicidad liberal que depura cualquier rastro de alusión histórica o contextual en función de una garantía objetiva de interpelación que neutralice cualquier conflicto; la cultura del micrófono abierto demanda, por el contrario, un diálogo concreto, inventivo, en donde lo inconmensurable se ponga frente a frente ¿Si no cuál sería el sentido y la efectividad de un diálogo? Lo que resulta chocante, pues, para muchos de esta actitud antagónica tan estetizada y central en el hip hop, es justamente que nos recuerda algo doloroso e irremediablemente cierto: que no somos un conjunto de medidas vacías unidas por un contrato ciudadano igualmente abstracto que nos hace uno con el Estado protector y que nos hace iguales frente al Mercado; sino que somos criaturas urbanas con historias, dolencias y placeres concretos, inmersos en una ciudad en perpetua lucha. Por otro lado, algo que también desquicia a los moderados de esta interpelación arbitraria y de la respuesta que demanda inevitablemente el juego y la batalla ritual del MC, es la alta capacidad que el discurso adquiere en este ámbito de combinar la digresión puramente verbal con la deriva permanente fonética que hace al lenguaje mutar en rimas, consonancias y fonemas que demuestran la cualidad del lenguaje en sí mismo de crear panoramas mentales propios, mundos en donde se juegan batallas descomunales; bizarros ardides o simples estratagemas verbales pueden demoler con la palabra lúdica y mutante la estrechez de la forma correcta del diálogo y la enunciación política, para dar pie a rutas inefables a otros mundos y significados, anclados en distintas formas de vida, de sobrevivencia. Finalmente nos parece muy certero y útil el rastreo que Tiocha realiza en su estudio en donde se desmenuza históricamente el importante rol del slang y los neologismos chicanos en la constitución de un léxico hip hopero iberoamericano que pasa tanto por España como por Colombia, Chile y Argentina y que se nutre del condensado lenguaje cholo, matriz idiomática del rap en español del que todos tomamos prestado y con el que, hasta hoy, seguimos constituyéndonos —en pequeña o gran medida— como criaturas urbanas translocales. ¿A poco no. . . socio?

Taggeando el córtex.

Es precisamente la capacidad de ser refractarios a cualquier codificación que resultan inquietantes e incómodos los “tags”. Molestos y hasta indigestos. Semen, kk, costra. Esa minúscula mancha en el insípido mantel urbano que viene a romper cualquier pretensión de una sociedad impecable, impoluta. Una “bomba” , por ejemplo, fácilmente puede volverse una imagen integrada al mundo y circuito visual del espectáculo publicitario y de la gestión mercantil de la cultura. Pero el “tag”… uyy el “tag”, ese sí que se mantiene huidizo, subversivo, hermético, en fuga constante, siempre ahí, indigesto para el ojo higienista de la urbe funcional y aséptica, comunicando nada más que el hecho deformador y ambiguo de la grafía que disemina y compone una nomenclatura repelente al poder y la autoridad del sistema de la lengua. Ideogramas desquiciantes que cubren la piel de concreto de la sociedad. La letra suelta y ensimismada, casi transfigurada en ideograma y cuya belleza reside, además de su factura, de su caligrafía inclasificable, en ese carácter intratable, inaprensible, que no da tregua. Me pregunto si, como sugería Tiocha, valdría la pena hacerla legible ¿porqué volverla una letra muerta en el código del panfletarismo de izquierdas, de derechas. . . who fucking cares? Trazo anárquico y preciso a la vez, insobornable. El “tag” habla de esa guerra de guerrillas de la urbe que no tiene autor, ni estructura organizativa con comisiones o delegados; no hay ni quiere misión redentora. El “tag” es único e irrepetible, es estilo personal que deja huella de su fuga permanente por los territorios urbanos. Excedencia del lenguaje por una parte y apuesta original propia de este mundo autónomo del hip hop, convertida en desarrollado estilo de la andanza metropolitana subdesarrollada. Expresión material de aquel que atraviesa la ciudad a lo largo y a lo ancho sin encontrar de verdad ese espacio público del que tanto habla la política. Firmándolo todo se abre camino la singularidad en el espacio público. El “tag” dice: “no digo nada que tú entiendas”, puro sinsentido o afrenta prosaica, tan material como contundente e imprevisible, difícil de borrar, por supuesto. Camafeos ideográficos de una aristocracia subalterna que vive en las sociedades industriales y sus inmediaciones conurbadas. El “tag” es ya signo de que hay otros mundos, códigos y constelaciones comunicativas, materiales y autónomas en la cultura urbana. Costra, semen, kosa. Ni el sociólogo, ni el urbanista, ni el semiólogo, ni el policía, ni el padre de familia, ni el maestro, mucho menos el juez o el político van a entender bien a bien lo que quiere decir este “tag”, lo que se quiere significar con este otro “tag”. Chupa, semen, kosa. Es ahí donde comienza su revolución y su autonomía. Y cómo bien dice el teórico italiano Paolo Virno acerca del tema de la charla o la cháchara y que encaja preciso aquí, por supuesto con matices y diferencias : “… en la medida que no se refiere a nada, puede producirlo todo.”


Kike Avilés: lejos del cantón, la patria es pura improvisación

Pocos fuimos los que pudimos ver y experimentar el show de Kike Avilés ese día. Entre los pocos de los que hablo estaban —oportunamente— los hip hoperos que habían asistido a la charla de Tiocha. Hay que aceptar que pocas veces se puede uno reír a gusto y a la vez quitarse el sombrero por el tratamiento de temas tan estereotipados como es el de los inmigrantes latinos en Estados Unidos. Como si hubiéramos visto una pelea de box donde el que sale victorioso es el latino condenado, el chicano, el inmigrante de manera nada sanguinaria pero brutal al fin.

La improvisación con el lenguaje —verbal y no verbal— es algo que requiere mucho tiempo y disciplina, además de capacidad de síntesis emocional y lingüistica. Afectos y palabras de una época que, todos comprendan y compartan y que, a su vez, hablen de algo muy concreto y particular. Esto es lo que hacen aquellos que, en el ánimo que entusiasmaba a Bertold Brecht, se arrojan a la calle a compartir y hacer socialmente útil las enseñanzas del oficio teatral en las metrópolis; los llamados artistas del spoken word, los raper’s, los poetas callejeros, los beat poets, los teatristas de la calle, en fin. Lo que esa tarde vimos y escuchamos fueron sketches políticos con contenido crítico sobre la situación del latino inmigrante, del bracero, del colombiano, del salvadoreño, del puertorriqueño y del mexicano que entran en ese proceso paulatino, doloroso de mutación, de transubstanciación cultural que nunca acaba y que hoy, según Kike Avilés (colombiano el señor), se sigue viviendo como un drama. Drama cotidiano transfigurado en chiste corrosivo de una factura por momentos suprema, cuasipoética y bilingüistica que pocas veces se ve en la capital del país que más inmigrantes exporta a Estados Unidos.

~ por 666ismocritico en marzo 2, 2007.

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