El desierto…

Serían unos días largos. Llegamos a la ciudad de Chihuahua en el primer vuelo un tanto cansadas, pues los días anteriores habíamos estado planeando el viaje, las entrevistas, los contactos, la metodología, todo…
Desde la ventanilla del avión, mientras se acercaba la hora de aterrizar, se veían la ciudad y sus alrededores, las montañas áridas, cafés en distintos tonos, desierto.
En tierra ya nos esperaban Lucha y Adriana, dos abogadas que llevan algunos de los tantos casos de mujeres asesinadas en ese estado. Las abogadas nos recibieron con sororidad y cariño, y en el centro de la ciudad ya nos esperaban más mujeres, más compañeras.
Por la tarde, en sus oficinas, en el lugar en donde las madres llegan día a día a dejar su corazón lleno de esperanza y ganas de justicia nos esperaban, listas para hablar sobre sus hijas, y aunque lo hacen todo el tiempo, las lágrimas no se acaban, se renuevan cada vez que aparece una mujer en el desierto.
Acompañadas las mamás, se encontraban algunos esposos y sus hijas, las que les quedan vivas y a las que protegen rabiosamente. Con aquellas mamás sólo conversamos, pues las entrevistas estaban destinadas a las mamás cuyas hijas habían sido encontradas asesinadas, pues la investigación así lo requería.
Al día siguiente muy temprano, de madrugada emprendimos el viaje hacia Ciudad Juárez, nuestro destino prioritario. En la carretera, mientras nos acercábamos hacia aquella ciudad durante algunas horas solo hubo oscuridad, y mientras la luz del día se abría camino, el desierto tomaba forma; parecía que mientras el autobús avanzaba, por las ventanas nos proyectaban una pantalla que se repetía una y otra vez, desierto y más desierto, la carretera larga, interminable, solitaria, y a los lados: arena, montañas de arena, solemnes y silenciosas.
Al llegar a Ciudad Juárez debíamos buscar al señor Esteban, quien recomendado por las compañeras de Chihuahua, nos podría trasladar en su coche por la ciudad sin peligro y a la hora que fuese.
El señor Esteban llegaría en un carro blanco y con una gorra negra en la cabeza, preguntaría por mí. El primer contacto con Ciudad Juárez fue su calor otoñal, eran las diez de la mañana y el sol brillaba en el asfalto del estacionamiento de la terminal.
Las personas entran y salen, van y viene, como el acento característico del norte, como si jalaran las palabras para hacerlas más largas. Había que esperar hasta que el carro blanco apareciera.
El carro blanco apareció, me hablaron. Por el ruido, no alcancé a distinguir las palabras que me dirigieron, avancé unos pasos para escuchar mejor y el hombre que viajaba en el carro se bajó y sin preguntar nada tomó mi maleta y caminó para alcanzar el coche, pues estaba estacionado en doble fila y debía avanzar para dejar pasar a los demás que venían detrás. Mis compañeras avanzaron delante de mí y le preguntaron -¿usted es el señor Esteban?- y el respondió -¿ustedes no son las mujeres que van “al paso”?- e inmediatamente respondimos que no; al instante dejó la maleta en el piso, se metió al carro y se fue lo más rápido posible.
Desconcertadas regresamos a la puerta de la estación. Ahí, sin saber como tomar aquel suceso hablamos dispersamente. Asustadas tratamos de analizar lo que nos había pasado. Después llegó el carro blanco esperado, el conductor portaba una gorra negra en la cabeza y con voz amable pero firme repitió mi nombre. Subimos las tres.
Dentro del vehículo hablamos seriamente sobre lo que nos ocurrió y descubrimos la magnitud del riesgo que se vive en esa ciudad fronteriza, en donde el narcotráfico, la prostitución, le comercio de personas, y la pobreza hacen la cotidianidad. Todo el día pensé e imaginé qué pudo haber pasado si alguno de esos hombres me hubiera obligado a entrar al auto, si hubiéramos subido -¿qué habría pasado?-. Pensé que quizá era una forma de plagiar a las mujeres, de desaparecerlas.
La primer entrevista. Fuimos a las afueras de la ciudad, a una colonia sin banquetas, sin pavimento, en donde los vientos de otoño levantaban pequeños polvorines, la arena revuelta con la basura. Una casa humilde. La madre, una señora alta, robusta, morena cabello corto y ojos tristes ocultos bajo los lentes. La foto –grande- de su niña en el centro de la sala.
Su hija desapareció en el 96, ella sabe que su hija está muerta, natural pensar tal cosa si hace más de diez años que la vio por última vez; pero ni las autoridades, ni ella, ni nadie la ha podido encontrar, ni siquiera los restos, -quizá nunca la encuentren, siempre viviré con ese dolor…-
De noche la ciudad se ve diferente. Nos trasladamos a un lugar aún más lejano que el anterior, aún más pobre y aún más adolorido. En esa colonia viven varias de las madres a las que sus hijas les hacen falta. Las calles son de arena, pareciera que el corazón de esta ciudad también es de arena -como las mujeres, que desaparecen como cuando la arena se escapa entre tus dedos-.
A casi una hora del centro -detrás de las vías del ferrocarril que va hacia la frontera- viven esas mujeres, hacinadas en un cuarto con el marido y los nietos, los nietos de las hijas que ya no están y a los que tiene que cuidar, alimentar, educar y amar entre el dolor y la incertidumbre. Apretadas en un cuarto que igual es dormitorio, cocina y estudio; en un cuarto que el gobierno les “regalo” más como un favor que como un derecho.
Entrevista tras entrevista el mismo dolor y la misma historia. “mi hija desapareció en el 99” “la mía en el 2002” “a mis hija la encontraron en el campo algodonero” “El cráneo de mi hija está perdido”
No saben que hacer y sin embargo ellas han llevado la mayor parte de las investigaciones, los datos con los que cuenta la Procuraduría se los han dado ellas. Preguntaron, buscaron, hablaron, viajaron, caminaron; tenían pistas que desaparecieron como sus hijas, en medio del desierto. Sabían que sus hijas estaban secuestradas en bodegas, en casas grandes, sabían que se las habían llevado del centro comercial el día de los novios, que las subieron a una camioneta sin placas, que las vieron en el autobús de la maquila, que no llegaron a la escuela, que dejaron hijas a quien proteger.
Historias de vida asesinadas junto con las hijas. La familia murió –literalmente- matan a la hija después de violarla y golpearla. La hermana es atropellada en la esquina de su casa y muere de camino al hospital. El abuelo muere de tristeza. El padre muere de tristeza, la abuela muere de tristeza…
La última entrevista del viaje igual de dolorosa. La niña-madre desaparece y deja a la abuela de más de 60 años a cargo del pequeño nieto. La abuela sola, sin trabajo y enferma; enferma de los nervios; enferma de dolor. Enferma ayuda a hacer la tarea al nieto, quien ya es su hijo pues ella lo ha cuidado desde que no está su madre. -…¿mañana?, pues no se que voy a hacer, porque no tengo gas, no tengo para darle para los pasajes de la escuela, no tengo para la leche, no tengo ni un centavo…ya no está hija para que me ayude…-
Todas con la misma historia y con el mismo final: su ausencia. Su cuerpo revuelto en una fosa llena de mujeres que eran como ellas y que ahora son huesos, que fueron huesos encontrados en el desierto y que sus madres no pudieron abrazarlas en la despedida final.

Omaira Ochoa

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~ por 666ismocritico en marzo 2, 2007.

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